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Crónica Nuestra de Todos los Días

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Crónica Nuestra de Todos los Días

Reviso algunos libros y hallo temas para comentar, hacer crónica. Los hay de todo tipo.

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La ciudad de los palacios: crónica de un patrimonio perdido, de Guillermo Tovar de Teresa. Obra valiosa donde las haya. Crónica de una ciudad conventual – ¡Y cómo no! ¿Acaso la México-Tenochtitlan no fue una ciudad religiosa? Los nuevos dioses – Sant Yago sobre un caballo blanco, apareciendo y desapareciendo, supremo capitán de las huestes cristianas combatiendo los terrenales ejércitos de indígenas – defenestrando a los dioses del pasado, a los pantanos y lago adjuntos que se perdieron para siempre.

Imágenes, grabados, litografías, relaciones, cartografía, planos de la megalópolis fragmentada y destruida – ¿por quién, por quiénes? – por todos, es la conclusión.

La ciudad de México como metáfora de la conciencia y cultura mexicana. Destruir para reconstruir. Demoler para reedificar. La ciudad azteca destruida por los conquistadores, la ciudad novohispana destruida y reedificada por los descendientes. Podríamos achacar luego la destrucción de los conventos e iglesias a los liberales y juaristas. Nada: los primeros destructores fueron las autoridades de las órdenes religiosas. Y cuando pensábamos que en pleno siglo veinte habría más conciencia para mantener los monumentos arquitectónicos de la ciudad, hubo más sistematización en la destrucción.

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Ello nos permite recordar que otras ciudades – La ciudad de La Habana- para gloria de sus autoridades y quizá procesos políticos para bien o para mal – guardaron y preservaron su ciudad. Así se puede recorrer la cartografía de la ciudad vieja. Post colonial. Decimonónica. La ciudad de la “pseudo república”, de la sacarocracia, la ciudad de mediados del siglo XIX. Bien lo ha citado Eusebio Leal Spengler, el historiador de la Ciudad de la Habana en “Regresar en el tiempo”: De La Habana “se puede seguir su huella arqueológica” y el Paseo del Prado es la “marca de la transición epocal.”

Visitar el libro La Ciudad de los palacios nos permite rescatar perlas. Dice Tovar y de Teresa que Cortés fue un bendito. Que fue santo protector del arte indígena, y que los enviados de sus majestades los que se encargaron de fundir el oro y remitirlo a la ciudad allende el mar ¿Para qué? Para pagar la deuda del descubrimiento y conquista. ¿A quiénes? A los hijos de Israel por supuesto que, expulsados de la Hispania, vivían en Holanda, según cita Carlos Fuentes en El Espejo enterrado. Por su parte, Héctor de Mauleón dice en el estupendo número de septiembre de 2016 de una revista de circulación nacional, en la crónica Los Muros de la ciudad, capítulo  Monte de Piedad 7, que donde hoy se levanta el edificio de la institución que fundó don Pedro Romero de Terreros, y donde antes estuvieron la casas Viejas de Moctezuma según el Códice Mendoza: “Ahí estaba el oro de los tlatoanis que Cortés mandó fundir y convertir en barras, antes de abandonar la ciudad y hundirse con sus hombres en la Noche Triste.” Cuestión de enfoques y posturas ante la historia. La ciudad de los palacios, crónica de un patrimonio perdido es una obra monumental. Pletórica de imágenes. Es un disfrute de historia y memoria.

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Otros ámbitos, otros lugares.

Leo Ciudad Blanca (O Ciudad de los blancos), de Edgar Rodríguez Cimé. Libro de crónicas, pero humanas. Y la ciudad como fondo. Aquí prevalece el factor humano. Tantas personas apreciadísimas, y quizá no tanto, que han transitado por esta ciudad. Ciudad albergue. Ciudad hospedaje que nos ha recibido y con quien quizá no hemos sido agradecidos, o retribuido con creces la cortesía. Ciudad que aún preserva algunos edificios donde se ejemplifica la dominación de unos sobre los otros. Palacios donde un día estuvieron cines. Salones de bailes. Espacio vital donde han transcurrido hechos, actos, algunos de las cuales son fechas históricas. Ciudad por donde se han gastado tanto huaraches y alpargatas.

El tiempo ha devastado una y otras fisonomías. En este libro, en su primera parte atravesamos la ciudad desde la óptica del autor. Una ciudad que a cada paso es una ofensa para todo aquel que no tenga la piel blanca, o lleve en su sangre perfiles de la raza autóctona. Una ciudad para héroes y triunfadores, para los exitosos, como se dice ahora. Parques, plazas, calles y avenidas honran la memoria de los vencedores y, de refilón, un nombre, la sombra casi vergonzosa de nuestra nación, de nuestra cultura, de nuestros abuelos. Se cuentan con los dedos de la mano los nombres mayas; Canek, Itzáes, Cupules. La cultura maya como el paisaje secundario de una ciudad que mira al norte, que se desparrama al norte. La plaza grande para los dzules. Los barrios para indígenas mayas, nahuas- mexicanos, de color. Como siempre, lo mejor para lo mejor.

Ciudad Blanca está apuntalada por una amplia bibliografía, identificable, generosa y éticamente citada. Libros que en este libro relucen e invitan a acometer su lectura con más calma, repasar pasajes, verificar palabras, fechas, sitios. Ese es precisamente el valor de este libro: que nos invita a aclarar dudas, a cotejar eventos; es un libro para lectores no inocentes o pasivos, lectores que no cuestionen este documento, sino que investiguen y amplíen su conocimiento sobre los hechos, personas, dimes y diretes del pasado, mirando siempre al futuro.

Juan José Caamal Canul

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