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Armada, de Ernest Cline

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Armada, de Ernest Cline

Ya habíamos hablado de Ernest Cline cuando reseñamos su opera prima Ready Player One. Ahora toca el turno de platicar sobre su segundo libro – Armada – que, francamente, es mucho mejor que el primero, mucho más emocionante, con mayor involucramiento con los protagonistas, y una historia muy inteligente que toma elementos de Arthur C. Clarke y de la saga que inició con 2001, mezclándolos con personajes de nuestros días, y con un videojuego – en realidad dos: Terra Firma y Armada – para entregarnos una emocionante y entretenidísima fábula sobre los problemas asociados a la Comunicación.

Tal vez será porque en esta ocasión todas las referencias en el libro son de mi conocimiento, o acaso porque la mezcla de música, películas, referencias históricas y elementos que enriquecen la trama me resultan muy cercanas, el caso es que me resultó muy agradable desvelarme mientras devoraba capítulo tras capítulo de este nuevo trabajo. Pero, sin duda, a quien tiene más sorprendido el éxito de sus historias es al propio autor: Ready Player One está entre los proyectos fílmicos de Steven Spielberg, y ahora Armada está entre los del mismísimo George Lucas, dos personajes a los cuales Ernest Cline ha admirado toda su vida, como abiertamente reconoce en los agradecimientos finales de su libro.

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Zack Lightman es un joven de 18 años, cuyo padre falleció cuando Zack aún era un bebé. Tiene un severo problema de administración de la ira, además de que no tolera la injusticia que en forma de bullying observa en algunos de sus compañeros; la unión de ambos elementos lo han hecho particularmente solitario, y vigilado por las autoridades escolares. Pasa su tiempo en una tienda de videojuegos, medio trabajando, y su tiempo libre lo ha ocupado escalando a la posición número cinco en un juego de estrategia militar llamado Armada, recibiendo el grado de Teniente.

Un día como cualquier otro, detecta una singular nave que pasa por enfrente del ventanal de la escuela: es una nave Sobrukai, idéntica a las del enemigo en el videojuego y, por lo tanto, alienígena. ¿Se lo estará imaginando? Pronto su pregunta será respondida cuando una nave de la Alianza para la Defensa de la Tierra aterriza en el estacionamiento de la escuela y se lo lleva para que participe en la defensa de nuestro planeta ante una invasión de naves que provienen de Europa, una de las lunas de Júpiter, que desean destruirnos. Su talento como piloto de videojuegos en realidad ha sido un entrenamiento para participar en esta batalla de cuyo resultado dependerá nuestra supervivencia como especie.

A lo largo del libro, Zack va conociendo a otras personas, y las preguntas acerca del origen del conflicto también se verán respondidas, aunque nuevas incógnitas asomarán, preguntas cuya respuesta – y las acciones asociadas – pudieran acabar con el conflicto, aunque el precio por pagar fuera muy alto. La acción fluye, y los detalles – siempre son los detalles – nos hacen adentrarnos en ese mundo en el que viven Zack y sus compañeros de guerra. La solidaridad, la valentía, y los mejores valores de nuestra raza aparecen al enfrentar la desigual batalla contra los invasores, justo en la cara del desastre.

Todo ocurre en el lapso de dos días, y hasta aquí daré detalles de la historia, invitándoles a que adquieran un ejemplar y se sumerjan en una emocionante aventura de ciencia ficción – ¿o acaso un vistazo al futuro? – que en su desarrollo hasta pareciera fue escrita para el cine, de tan lineal y detallada que resulta.

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Ernest Cline lo hace de nuevo: nos demuestra que ser un nerd no tiene nada de malo, que esta característica permite adaptarse más rápidamente a las más descabelladas situaciones, y que incluso pudiera servir para defender a nuestro mundo ante eventos con visos de catástrofes.

Armada nos permite darnos un nuevo chapuzón en la historia de los videojuegos, y del mundo en el que abrevamos muchos de nosotros en nuestros años mozos – y al que aún retornamos ocasionalmente –, y que ahora compartimos con nuestros hijos. La compartición y hallazgo de elementos comunes, que además son culturales, siempre es en beneficio de lo que nunca debiera faltar en nuestros hogares, en nuestras familias y en nuestro mundo: la Comunicación.

Gerardo Saviola

gerardo.saviola@gmail.com

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