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Fin de Curso y…

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Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

VivenciasXVII_1

Fin de Curso y…

Bien. El fin de año escolar llegó, decía. Mi auxiliar, la maestra Soledad García –Chole– se lució con su habilidad con el estambre y los hilos, e hicimos una ceremonia de clausura muy bonita.

Había ahora que entregar la documentación final. Los maestros rurales jóvenes sufríamos con la engorrosa documentación y, faltos de orientación, cometíamos muchos errores. Creo que yo era de los que menos errores tenía, porque cuidaba mucho de mantener al día mis datos estadísticos, y todo mi archivo escolar ordenado. Nos reuníamos en un cuarto del hotel México y, entre risas y majaderías, los paisanos yucatecos sufríamos con ese trabajo.

Recuerdo a uno del estado de Colima, cuyo nombre no diré, muy inteligente, por cierto; era buen amigo de la pandilla yucateca. Llegó al cuarto muy tranquilo; bromeó un rato y se puso en un rincón. Sacó una máquina portátil de escribir, sacó sus papeles, y resultó que todo estaba en blanco. Solo llevaba algunas listas.

–“¿Y tus borradores?” le pregunté

–“¿Para qué? Ahorita lo invento todo.” Y diciendo y haciendo, empezó su documentación con aproximaciones y datos que inventaba.

Él fue de los que más pronto terminó, de los que más limpio tuvo su trabajo, y de los que primero entregó sus papeles. Le dieron su constancia y se fue a su tierra.

Recibida yo también mi constancia de entrega de documentación, me regresé a El Ahijadero, en donde me quedé todo julio y parte de agosto. Di clase a los niños rezagados, y seguí yendo al cerro por leña con mi cuate Abel Martínez.

También me iba a la milpa con don Modesto Martínez, quien me hacía reír a rabiar con sus ocurrencias. Él montaba en un burro ciego pero muy mañoso.

Uno de estos días, en una distracción de don Mode, como le decía, el canijo burro estiró la cabeza y hábilmente arrancó una mazorca de las pobres milpas del camino. La lluvia de palos y de improperios que recibía lo tenían a él sin cuidado, y a mí doblándome de la risa. Le dijo una vez: “¡Ah méndigo burro desgraciado! ¡Sabandija! ¡Engendro del averno! ¡Sierpe maldita! ¡¿No que no ves?!”

Después de esto, cuando nos veíamos, estallábamos en carcajadas de solo recordar.

Por cierto, un día regresábamos él y yo de una comisión, y la sed nos turbaba. Al pasar por un pueblito de nombre Chupaderos, me llevó a una casita humilde como todas, y muy oscura. Cuando se me aclaró la vista, vi en el suelo de tierra, sobre un petate, a una vieja mujer que era atendida por un hombre muy delgado –casi todos los campesinos de allá lo son– más viejo que ella, de pelo abundante y muy blanco. Cuando se incorporó, resultó que era altísimo. Otro señor estaba agachado en un rincón. Colegí que era el marido.

Don Mode nos presentó, y el de pelo blanco me preguntó de dónde era yo. Le respondí que de Yucatán, y él esbozó una sonrisa de mucho agrado.

–“Yo estuve en esa tierra muy de muchacho,” dijo. “Me llevaron con un grupo de indios yaquis a trabajar el henequén en una hacienda cercana a unas grutas –creo que era por Maxcanú–. Recuerdo a la gente de allá. Gente buena. Los indios mayas son grandes y fuertes. Había un ingeniero que tenía un fonógrafo y los fines de semana, después de la comida, oíamos música en su casa. Había un indio que nunca hablaba, siempre se paraba en la puerta y observaba fascinado el aparato del ingeniero. Era exacto. Sólo que no tenía la batería, la aguja era una espina, el disco era uno que el ingeniero había tirado y, naturalmente, sólo lo había reproducido por fuera.”

Luego, el hombre de pelo blanco se me quedó viendo, y muy serio me dijo: “Sólo que usted ya no regresará. Usted se va a quedar en Zacatecas…”

Nos sirvió dos vasos de algo que yo creí que era limonada. Resultó un agua que ellos llaman “zarca”, que aprecian mucho y que para mí era agua sucia. Temiendo enfermarme, con toda pena me quedé con mi sed.

Alguien me platicó después que don Mode y él eran más que amigos, pues los dos eran algo así como curanderos, o medio brujos, o qué sé yo.

Conservo algunos hechos como extrañas anécdotas. No sé por qué mi memoria aún las registra y no resisto la tentación de contarles que un día, muy de madrugada, si no es que a la medianoche, íbamos don Mode y yo, él en su burro y yo a caballo, cuando le dije: –Qué raro, ¿vio cómo se iluminó ese huizache por el relámpago?

–¿Cuál relámpago profe si ni nubes hay?

Y era cierto, pero al llegar a la alambrada que limitaba los terrenos de El Ahijadero, estando junto al huizache, veo alborotarse al burro, y a don Mode caer al suelo. Mi caballo también se inquietó.

Don Modesto se levantó maldiciendo y dijo: “Ah, caray, se reventó la retranca” – es una pieza tejida que pasa por debajo de la cola del animal–.

Se puso a repararla y agregó: “¿Está viendo esa piedra grande, profe? Allá mataron a la Manuela – o Lola, o algo así–.

MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE

Continuará la próxima semana…

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