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El Método del Torturador I

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El Método del Torturador

(Primera Parte)

En lo más profundo de la maldad trabajaba el torturador. Se decía que tenía 92 años, aunque aparentaba menos.  Su presencia era requerida cuando los prisioneros resistían los métodos tradicionales para hacerlos confesar cualquier información vital.

Su origen étnico era desconocido, aunque se rumoraba que con tan solo 10 años aprendió el oficio de su padre en los campos de prisioneros de Auschwitz, en la Polonia ocupada, durante la Segunda Guerra Mundial. Fue partícipe del inicio de la dictadura militar en Brasil en 1965; estuvo en México en 1968, aunque simplemente como observador. En Vietnam se graduó en su campo, experimentando con cientos de ‘pacientes’ por años, hasta la desocupación norteamericana en 1975, pasando de inmediato a Argentina donde laboró de 1976 a 1983, dándose pausas para trabajar en Chile, Uruguay, Bolivia y Paraguay.

Durante los ochentas se mantuvo muy activo en Afganistán (‘atendiendo’ a miembros del ejército soviético), Irak, Beirut, así como en Centro y Sudamérica (principalmente El Salvador, Guatemala y Nicaragua) donde estuvo al servicio de diversos dictadores. Su rol fue fundamental para conseguir información clasificada que resultó vital en la derrota de guerrillas, revoluciones e intentos armados de pueblos organizados. Monstruos como el argentino Jorge Rafael Videla, el chileno Augusto Pinochet y el nicaragüense Anastasio Somoza lo consideraban un ídolo.

Aquella extensa lista marcaba su horrendo currículo de servicios en todo tipo de guerras y conflictos armados a través de las décadas, sobresaliendo su trabajo clave para encontrar a Osama Bin Laden y otros dirigentes de Al Qaeda, siendo esa su última aparición registrada.

Sin embargo, mucho del contenido de su oficio se basaba en rumores, leyendas urbanas y retazos de información que impedían afirmar con certeza que todas, algunas o ninguna  fueran ciertas.

Había además un elemento adicional que complementaba de manera todavía más sobrecogedora su naturaleza y precisamente era su propia persona: era alto, delgado e intensamente pálido, tanto que en conjunto con sus cabellos blancos y largos más bien parecía albino.

Los pocos que pudieron presenciar su método murieron antes de revelar qué tipo de atrocidades cometía para obtener las confesiones. Esto cambió durante una incursión en África que salió particularmente mal. Atendí a un herido del comando que resultó testigo de una intervención del torturador. Quizá agradecido por haberle ayudado, este soldado me contó que en Irak un comandante enemigo soportó castigo por dos semanas antes de recibir la visita del viejo.

El sujeto estaba colgado de cadenas, completamente desnudo, cuando el monstruo apareció. Simplemente caminó hasta el prisionero y susurró algo al oído de este, quien comenzó a pegar de gritos. Sus bramidos descomunales cesaron cuando el anciano le ordenó callar. Entonces tan solo acercó su oído para escuchar la confesión.

Transmitida la información al alto mando, el personaje salió de la cámara y caminó el pasillo de regreso al helicóptero que lo transportaría de regreso a su cubil.

[Continuará]

RICARDO PAT y GERARDO SAVIOLA

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