Visitas: 27

Cierto es que Nicolás Maduro fue arrebatado de Venezuela por fuerzas armadas de Estados Unidos que seguían una orden de su comandante supremo: el presidente Trump, contra todo protocolo de no intervención entre países, tan solo apoyados por la ley del más fuerte.
Cierto es que esta acción también generó beneficios al país de las barras y las estrellas: la presidenta Delcy Rodríguez que reemplazó a Maduro acordó enviar billones de dólares en petróleo a Trump, acaso lo más sorprendente que fuera sin pedir a cambio que lo liberara. Ante aquellas opiniones que dicen que este es el verdadero motivo detrás de la intervención, un alegre venezolano expresó: “¿y ustedes creen que Rusia y China apoyaban a Maduro para obtener la receta de las arepas?”.
Cierto es que Maduro bravuconeó mucho tiempo, llamando cobarde al presidente norteamericano, invitándolo a que fuera por él, “para que viera cómo lo defenderían los venezolanos”. Se lo cumplieron y nadie movió un dedo; salvo la guardia de cubanos, que no venezolanos, que pretendió evitar que se lo llevaran simplemente fue borrada.
Cierto es que Maduro se negó a reconocer los resultados de la votación que masivamente (más del 70% de los votantes) eligió a Edmundo González, quien recibió el espaldarazo de María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz 2025; Maduro no solo se negó a reconocerlo, sino que jamás mostró las actas que mostraron los seguidores de González y Machado, evidenciando la “voluntad del pueblo”, asumiéndose presidente de nuevo.
Cierto es que las condiciones de vida del pueblo venezolano se fueron deteriorando durante las más de dos décadas de chavismo, algo que ellos mismos encumbraron, obligando a más de ocho millones de habitantes a emigrar/huir de su patria, para poder sobrevivir. A cambio, la fortuna de la hija de Chávez, y la misma fortuna de Maduro, se calcula en miles de millones de dólares.
Cierto es que los únicos que pueden decir cuánto alivio les ha causado la remoción de Maduro son los mismos venezolanos; que aquellos que se rasgan las vestiduras y condenan la acción, lo hacen desde la comodidad de sus hogares, allende la atribulada Venezuela, y que no tienen idea de lo que los ciudadanos venezolanos han tenido que soportar.
Cierto es que la mejor oportunidad de defenderse en el inminente juicio que enfrentará Maduro, acusado de narcotráfico y otros crímenes, es que éste sea en los Estados Unidos, donde, dada la notoriedad del caso, todo lo que se use para indiciarlo deberá ser revisado, escudriñado, y deberá convencer al jurado.
Cierto es que muchos políticos y líderes mexicanos están temerosos de que sus arreglos y contubernios con el acusado Maduro y sus compinches los impacten, desnudándolos como ídolos con pies de barro tropical; y también lo es que lo que se haga del conocimiento público puede dar al traste con los afanes de inmortalidad de algunos de esos advenedizos.
Cierto es que nos vamos a enterar, tal vez comprobaremos, cuán embarrados en todo esto están aquellos cuyo plumaje presumían nunca se manchó.
Cierto es que, como muchos, esperamos que a Venezuela le vaya bien con todos estos cambios, que mejoren sus condiciones de vida, y que reviertan esa inercia negativa que los arrastró a partir de la adopción del chavismo.
Festejen, pues, los venezolanos que deseen hacerlo.





























