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Rocío Prieto Valdivia
Antier por la mañana descubrí la magia de la distancia.
El maestro hablaba y su voz se dispersaba en las cuatro esquinas del aula, como si el mar se volcara lentamente sobre nosotras. Él navegaba en ese oleaje de conceptos y sedimentos, tranquilo, midiendo las palabras como quien mide corrientes invisibles.
—Entonces el agua no es solo agua —dijo, señalando la pantalla—. Es memoria.
Sentí el chispazo.
Recordé el primer día, cuando llegamos a la puerta de la preparatoria sin conocernos, temerosas, con el cansancio colgado de los hombros. Aquella primera clase nos irritó su voz, la lentitud del reloj. Fue hasta la cuarta semana, durante un examen, cuando empecé a mirarlo distinto. Descubrí la magia del aprendizaje. Sabía que era un investigador notable, pero jamás imaginé que el biólogo de mis cuentos estaría frente a mí.
El cabello le caía de lado y sonreía con una apacibilidad de altamar. A veces parecía observarnos como si midiéramos la talla de las totoabas, y luego regresaba a su bitácora invisible.
—¿Qué piensan ustedes? —preguntó una vez.
Nadie respondió de inmediato. Cuando comenzaron a surgir opiniones, él escuchó con atención genuina, como si también aprendiera. Esa densidad de ideas lo enriquecía, mientras yo me internaba en el dolor: treinta años desde la muerte de mi Alex.
La salmuera se me adhería al cuerpo cuando explicó la integración de las moléculas del agua y el ADN. Solo su tono de voz, el movimiento de sus manos y la luz del proyector abrían un paréntesis, un instante donde cada una de mis células volvía a conectarse.
—¿Está bien? —me preguntó al notar mi silencio.
—Sí —mentí—. Solo estaba entendiendo.
Durante el semestre intenté canalizar el aprendizaje a mi manera, no enfermar de admiración, no caer en ese síndrome del enamoramiento de los maestros. Pero mis compañeras ya lo notaban: yo seguía cada gesto, cada movimiento de manos frente al pizarrón. Era como si el biólogo de mis historias, o el muso de mis poemas marinos, hubiera decidido existir al fin.
Una semana antes de terminar el curso, fui a clase con una sola tarea: verlo sonreír. Esperaba que su voz me sacara del pozo donde cada diciembre caigo, cargando el peso del dolor de los hijos que perdí y de los años que se acumulan.
—El aprendizaje también es una forma de energía —dijo ese día—. Y toda energía transforma.
Comprendí entonces que los hombres a veces son ancla y ternura. Que yo era como una vaquita marina esperando protección, y que este nuevo biólogo no era promesa ni salvación, sino fuerza cinética: paz en movimiento.
Ayer, en la última clase del semestre, aprendí a medir la distancia. Admirar sin tocar. Guardar la sonrisa como un rayo de sol para sobrevivir al cansancio.
Porque entender la interacción del átomo —lo supe entonces— puede ser el poema de amor más honesto.





























