Inicio Cultura Lapiplu, donde las lecturas nos encuentran

Lapiplu, donde las lecturas nos encuentran

18
0

Visitas: 3

Dr. Adán W. Echeverría-García

Todo estaba preparado para las vacaciones. Mientras cerraba la maleta aquel verano para viajar a la verde Chiapas, sonó mi teléfono móvil. Ella se presentó como Margarita, me dijo que del instituto de cultura le habían hablado de mí, que si quería que alguien le revisara sus escritos debía acercarse a mi sala de lectura, que también funcionaba como Taller de Apreciación y Creación Literaria.

Le comenté de mi viaje, que apenas regresara me comunicaría con ella. Así lo hice. Apenas volví, la invité a la primera reunión.

Poco a poco, la sala se fue llenando, los talleristas ocuparon sus espacios. Desde el inicio, lo que hicimos fue hablar justamente sobre las vacaciones de verano. Les conté de mi viaje, que para ser escritor había que usar todo aquello que nos rodea, que lo primero, el primer paso, consistía en ser un gran lector, eso era indispensable. Necesitábamos leer, leer mucho, leer todo lo que cayera en nuestras manos, con lo que cada quien se sintiera cómodo.

Como había viajado a Chiapas, aproveché para comentarles de algunos autores chiapanecos que conocía. Hablamos de Rosario Castellanos, de Jaime Sabines, de Eraclio Zepeda. Les hablé también de Balam Rodrigo, ese gran poeta mexicano de nuestra generación, de su “Libro centroamericano de los muertos” en el que habla de la paternidad, y de la migración a través del río Suchiate. Había una anécdota con esta historia. Alguna tarde ya hace varios años –relaté a los compañeros–, Balam se presentó en una cafetería en donde todos los sábados había micrófono abierto y los asistentes podían leer textos propios o simplemente compartir lecturas de autores ya publicados. Lo importante era tener el valor de querer leer para los otros.

Balam Rodrigo decidió tomar el micrófono. Su lectura fue espectacular, sentado en un banco alto, nos leyó sus hojas blancas impresas que dijo era el borrador de un poemario que estaba apenas trabajando. En el texto, el hablante lírico cantaba cómo era pasar mercancías a través del río Suchiate. El tono del poema era una total apropiación del cuento “Hombre de la esquina rosada”. Balam Rodrigo hizo una lectura intensa, profunda, que conmovió a los que ahí nos encontramos. ¡Cuál sería mi regocijo cuando, años después de dicha lectura, ese poema, parte de su trabajo poético, recibió uno de los premios más importantes en México para la poesía hecha en México!

Los compañeros y Margarita, que no perdía oído a la anécdota, se entusiasmaron con el suceso. Luego leímos La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Pedí a los asistentes que pensaran en una ciudad similar, en una vida de autoritarismo y disciplina sobre los jóvenes como en aquella novela, que recordaran y pensaran en los migrantes, en el fenómeno de la migración que se suscita en tantas ciudades de nuestro país.

Entonces, entre todos y después de mucho discutir, inventamos un lugar llamado Lapiplu, un lugar para el resguardo de los libros, un sitio en donde éramos habitantes y constructores, en el que los personajes y las historias cobraban vida, a donde se peregrinaba en algún momento de la existencia, donde lectores se volvían parte de las historias de la población. ¿Cómo sería recibido un migrante en ese país de los libros y las lecturas, en esa ciudad, en ese territorio que habíamos inventado?

“La sesión estuvo fabulosa,” me dijo Margarita al terminar aquel viaje por la imaginación.

Durante dos años ella comenzó a traer a más y más jóvenes, compañeros suyos primero de la preparatoria, después de la universidad, a nuestro taller, a nuestra sala de lectura. Con ellos, este club de lectores creció. Cada uno de los chicos decidió pronto crecer su propio espacio de lectura. A ese cúmulo de lugares que fueron abriendo por diversos puntos de la ciudad lo nombraron Red Lapiplu, espacio donde las lecturas y los viajes siempre son fantásticos, donde se puede resguardar de las tragedias cotidianas.

Tuve que mudarme de nuevo de ciudad. Mi trabajo siempre me ha traído a salto de rama, de hoja en hoja, de un sitio para otro, por acá y por ahí. Siempre me voy cargando mis libros y mis lecturas para compartir con todos los interesados.

Me despedí de mis hermanos de letras y seguí mi camino. Continuamente tengo noticias de Lapiplu, de los eventos en los que convocan a nuevos interesados en la lectura y los libros, sobre todo por la revista que con el tiempo lanzaron.

Ahora, en mis talleres, Margarita y Lapiplu son una más de las anécdotas que cuento a los que asisten. Todo comenzó con aquella llamada de Margarita al inicio del verano, que luego la hizo dedicarse en forma a la promoción de la lectura, que la hizo desde aquel momento dedicarse con disciplina a este oficio de las letras, la lectura, la escritura, y al resguardo de los libros.

Sé que en esta nueva etapa habrá muchas más Margaritas que seguirán trascendiendo el tiempo, las historias de un punto a otro del vasto espacio que habitamos y donde nos encontramos los lectores.

Yo seguiré metido entre las páginas de algún libro, esperando el momento exacto para volver a aparecer y abrir la sala de lectura.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.