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Los desertores de la jornada

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Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

Huir del torneo del vivir en el que hay que poner a prueba la validez constituye, para muchos, sueño de oro. Emigrar de la ciudad, del poblado, aislarse, vivir una vida contemplativa, sin exponerse, sin asomarse a las ansias comunes que exponen todo en bien de todos, parece que constituye todo su afán. Parece mentira, pero es así. En nuestra época en que hay tantos clarines llamando a justas inaplazables, muchos espíritus reptan gozosamente el “qué descansada vida…” de Luis de León. Piensan en la inutilidad de su sacrificio por los hombres y estiman que uno menos en la contienda no va a hacer variar el curso o el resultado de los sucesos. Quieren vivir para su alma, estar serenos para meditar… ¡Nada más para meditar! Leonardo de Vinci parece decirle al oído: “Si estás solo, serás todo tuyo”. Por eso quieren alejarse, aislarse, dejar que los demás se encarguen de la suerte del mundo. Además, con desilusión de observación, estiman que distinguirse en la lucha es llamar sobre la vida a buenos y a malos, a altos y a bajos, porque el discutido autor de Las rosas de la tarde les inoculó que “asomar la cabeza por encima de la mediocridad es exponerla al hacha de los de arriba y al insulto de los de abajo”. Sienten piedad por su cabeza y no quieren exponerla. Son prófugos virtuales de la humanidad. Ni siquiera responden a su ímpetu biológico. La iniciación de vida animal es cátedra. Se comienza a luchar para poder vivir. La ley cruel del más fuerte hace caer a la gacela en las garras del tigre. La fiera busca, exponiéndose también –espino que se hunde en la planta o serpiente que se desliza desde el árbol de la selva hasta el cuello– su presa. Es el pan bárbaro y sanguinario del reino de la ferocidad y de la fuerza.

Los hombres tienen otro pan por qué luchar: no el pan de su boca, sino el pan de su alma. En la conquista de este pan hay una ley magnífica y llena de luz: no puede conquistarse para uno solo, ¡hay que conquistarlo para todos! Es el pan de ideal hacia el que marcha, desde el fondo de los siglos, la humanidad entera… ¡Hay huesos, regueros de cal de huesos, en los caminos recorridos! ¡Son los muertos de la jornada, de la caravana incansable que no se desorienta! ¡No es solamente un movimiento de plantas, un caminar mecánico! ¡Es una labor constante durante la marcha! ¡Es un trabajo que abarca todos los trabajos! ¿Cómo sustraerse, descarriarse, alejarse, sentándose a contemplar mientras otros pugnan, batallan, edifican, piensan, curan, escriben, cantan, que todo es menester en la gama del ejército que no diezman ni enfermedad ni muerte, ni desconsuelo, ni hambre ni sed? Es imposible desertar cuando faltan manos para los afanes, cuando a pesar de la hilera de los caminantes el campo es tan ancho que se necesita encender fogatas para calentar los fríos de la caravana, cuando en los lapsos de la marcha los montes son tan intrincados que urge que millones de brazos multiplicados se dediquen a abrir brechas por las que se precipiten hombres y mujeres: mujeres que llevan en los brazos a niños que necesitan cuidados y a los que siguen viejos trabajosos que dieron sus mejores años, sus arrestos más pujantes, sus bríos más decisivos, sus ideas más frescas, sus sentimientos más puros…

De día y de noche, los clarines no dejan de llamar. Hay que pensar en que se necesita de nosotros, de todos nosotros, y hay que tener presente que este éxodo se verificará por todos; que se busca felicidad, pan ideal para el alma de todos los hombres, y que la más alta justicia y la equidad más alta del reparto viven en el aliento mismo de la conquista…

Mérida, Yucatán.

 

Diario del Sureste. Mérida, 14 de junio de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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