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Beatriz Rodríguez Guillermo
Es otro el país del verano, no este de cristales inútiles en donde se suicida la esperanza y las sombras corrompen a los sueños.
Sé que hay un árbol y una puerta custodiando el acceso a la luz, pero la sombra es el salvoconducto y se retrasa por todos los siglos que llegó a tiempo sin que nadie le echara encima una palabra.
Cómo nosotros pretendemos reinventar el agua si en la memoria están inscritos los signos, las señales exactas. Creo que los ángeles no son tan inocentes como cuentan las crónicas que nos heredaron en la sangre los abuelos silenciosos… Porque los ángeles llenaron de mentiras nuestros oídos nos atrevimos a construir ciudades, a escribir libros, a levantar espadas y a creer en las profecías que inventamos. Por eso también nos atrevimos a contar los astros, a llamar en el insomnio a los fantasmas y a relevar en la historia a nuestros muertos.
Recuerdo el mar, ningún barco zarpa de mis manos, sólo la arena se levanta y cae en el papel para que la pronuncie limpiamente sin recurrir a la lluvia.
Otra vez la calle aguarda, por sus cuatro costados el aire derrumba la nostalgia, en algún sitio muchachos reivindican el oficio del fuego y niños le ponen alas a la noche, una tonada antigua escala la pared del tiempo y defiende la risa para que todos podamos andar de nueva cuenta hacia el verano.
El Juglar núm. 473. Suplemento del Diario del Sureste. Mérida, 15 de junio de 2000, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























