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Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Como emergiendo de una tumba: sonando a hueco de caverna y esparciendo un hálito de humedad contaminadora, la voz de los vencidos por la vida llega a los oídos de los jóvenes y filtra en ellos desconciertos y desconfianzas que debilitan sus arrestos y ponen en peligro lo que están obligados a conquistar por designio de época y por adelanto de generación. Lo que se ha querido denominar experiencia no es el fondo más que asentado sarro de derrumbes de ilusión, rezago de derrotas y trastazos en las salidas de la tierra. No es lo mismo prevenir sin desilusionar, que volcar en la conciencia de los jóvenes el resultado de los fracasos propios, de los descalabros recogidos cuando se creyó ir en pos de ese algo indefinible que siempre llama y siempre atrae, y que cuanto más lejano parece adquiere más fuerza para arrancarnos de la vida plácida y llevarnos al peregrinaje de la conquista ideal.
Andan por las vías de la lucha vencidos amargados que llaman a los jóvenes que se dirigen a los torneos entusiastas y valerosos y les dicen del dolor del combate, con insinuación de que vuelvan las espaldas y no se expongan. ¡Qué mal, qué inmenso e irreparable mal el de los vencidos, en el alma de los jóvenes! Sí, hay que decir a los mozos garridos de la zanja que hace resbalar al pie y se traga la vida; hay que hablarles de la intemperie que hace tiritar de frío, torciendo las articulaciones y pegando diente con diente; es preciso señalarles el cabezal de espinas de los zarzales; y predecirles de la herida sin bálsamo y de la ruptura sin punto de cirugía y de la cicatriz reventada sin venda, pero no hay que decirles que retrocedan sino que continúen, que sigan, el rostro al sol y el pecho al coraje, indicándoles que así únicamente han cristalizado los avances; que las cosas que se arrancaron al arcano se mostraron conquistadas en el hueco de las manos que se ensangrentaron en la lucha; y que, muchas veces, los que consiguen luz para los otros quedan ciegos en la demanda… Eso sí cabe soplarlo al oído y al corazón de los jóvenes, y decirles que es preciso padecer así porque no es otro el molde de la gesta. Pero que jóvenes sin esperanza, perdidos en rebaños por culpa de ellos o por culpa exclusiva de la vida, dejen que su desgano moral y su desilusión definitiva se filtren en las almas nuevas, es distinto. ¡Y es mortal!
Debemos exigir, sí, vocación. La juventud, por lo que tiene de respuesta a su imperativo, constituye, propiamente, una vocación. Porque no se es joven siéndolo, sino queriéndolo. De tal modo, con vocación se vence todo. Si el paso de los heridos; si el espectáculo de los muertos, si el paisaje desolado por el combate hiciera volver la espalda a los combatientes, ninguna batalla más se hubiera librado ni tampoco un palmo de terreno mayor se hubiese conquistado. Y es que la orden natural es esta: ¡adelante!
Dejemos en las laterales del sendero a los vencidos y desoigamos su voz que nos habla de sus palomas sacrificadas, de sus cicatrices imborrables, de sus cuitas sin cuento que, acaso, han podido rehabilitar o reponer y no han querido y, mirando nuestra juventud, sintiendo nuestro corazón curado de desengaño y perfumado de tentativa, avancemos resueltamente hacia la línea del horizonte en que aguardan las trincheras y, una vez en ellas, demos la batalla contra la sombra y en cada empuje juvenil pongamos el alma, el ensueño, la radiante esperanza de la victoria, la visión del retorno con la corona de los vencedores, mientras nos aguarda y nos besa una boca de mujer, no importa que sea madre, o novia, o esposa o hija, que agradece con su beso en nombre de otras bocas de mujer que no pueden hacerlo que vengamos consumidos, anhelantes, sucios, feos, de la jornada que dará a todos un poco de la paz que perdimos y algo de la felicidad que truncamos al marchar a la conquista…
Mérida, 8 de febrero, 1935.
Diario del Sureste. Mérida, 14 de febrero de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























