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Preámbulo
La actuación revolucionaria del Gral. Salvador Alvarado en Yucatán suscitó conmociones sociales y cristalizó algunos de los postulados de D. Francisco I. Madero. Sirvió de abono para la toma de conciencia de clase de los campesinos y obreros peninsulares y, en grado profundo y amplio también, avivó la sensibilidad y la esperanza de los hombres de todo el sureste mexicano quienes años después recibieron la ascendencia de los propagandistas fervorosos del Partido Socialista de Yucatán que, brioso por su programa político de aliento popular y transformado con el trabajo asiduo, fecundo, y proyectivo de su líder Felipe Carrillo Puerto, fue el primero de neta orientación social y de intención nacional que fusionó política e ideológicamente a las entidades campechana y quintanarroense, e influyó en los Estados de Tabasco, Veracruz, Tamaulipas y San Luis Potosí.
Los gobiernos de Alvarado y de Castro Morales dieron oportunidad de estudio y trazo de una estrategia de reacomodo en la situación reciente al poderoso, pero cerrado, grupo económico que regenteó la vida total de Yucatán por algo más de veinte años; al que cortó de esa posición, en su tiempo, el militar sinaloense tildado de “cirujano de hierro.”
Realista y sagaz, Alvarado jamás aceptó ni creyó que aquella oligarquía millonaria trabajara sinceramente para desmantelar su mundo y colaborara a la construcción de la sociedad igualitaria que preconizaba la joven Revolución Mexicana; porque perspicazmente entendió las artimañas que empleó para domeñar a los gobiernos precedentes al suyo, y constató lo untuoso y presto de esa plutocracia para “humanizarlo” con regalos de lujo y ostentación, o delicadas viandas importadas, que pretendió obsequiar al “ogro” para saciar su gula. Así la exhibe y lo denuncia en su famoso documento de defensa a su administración y actuación en Yucatán.
Salvador Alvarado defendió y resguardó a la Revolución con su carácter, su moral a toda prueba, su equipo yucateco de intelectuales y sus mesnadas guerreras. No contó entonces con la masa campesina mayoritaria ni la mínima obrera, porque apenas les había desbrozado su camino con decretos y leyes inusitados en el país. Acaso, por estar formado en la tendencia pequeño burguesa del norte, ataca pero no aniquila al hacendado yucateco, al que vuelve peón de brega de su política agraria para eliminar a los intermediarios. Hay que agregar también que, ante el rigor de la autoridad omnímoda porfirista del medio, y la profunda servidumbre en que se les mantenía, los descendientes de los combativos mayas de 1847 habían trocado su belicosidad en mansedumbre; vivían carentes de conciencia de clase por el trato que se les daba y, además, por escuchar con temor la palabra Libertad (aunque ya eran libres), porque estaban muy recientes en sus espaldas y pies las huellas de los azotes y del cepo con los que sus “amos” les recordaban que en forma peor los Canek, los Ay, los Pat y los Chí – indios como ellos – habían pagado muy caro sus ansias y luchas por la libertad y la renovación. En cuanto a los obreros, que solo los había en Mérida, y artesanos, aún “formaban una fracción mínima que ya daba señales de inquietud y de ansia de lucha”, pero completamente excluidos de poder político, nos dice F. Quintal, “y a pesar de su falta de madurez política, dieron su apoyo a los elementos opuestos al régimen prevaleciente y fueron la base de ulteriores movimientos revolucionarios.”
La entrada de la República en un nuevo orden jurídico constitucional –5 de febrero de 1917– requiere que Salvador Alvarado salga de Yucatán y, con él, sus fuerzas castrenses. Quedará al tiempo y a los hombres de la entidad consolidar a la revolución y a la obra recién nacida de ese estadista: haber resuelto la situación de las fincas henequeneras hipotecadas; elevado el precio de la fibra de henequén; eliminado a los hacendados de su función manipuladora de la economía básica estatal y de agentes de las firmas norteamericanas; manumitido a los peones de las haciendas y aumentado sus salarios; planeado el primer desarrollo integral del sureste de México; y haber llevado la escuela al campo, que sirvió de levadura a los principios regeneradores. Sumó a todo eso un código moderno de derechos acorde con la reconstrucción, que contempla principalmente cinco leyes: “Revolucionaron tres de ellas la organización interna del Estado y las relaciones ciudadanas con las del poder público desde los puntos de vista agrario, hacendario y laboral, ocupándose los restantes del catastro y del municipio libre, materias las tres primeras de singular importancia constitucional, y todas de apreciables proyecciones en el Derecho Mexicano; ello obedeció a los benéficos frutos que en Yucatán rindió dicha obra, mismos que los constituyentes yucatecos difundieron y defendieron con ardor y denuedo. Alvarado,” concluye el Lic. A. Cervera Espejo, “tocó los resortes habidos para la total modificación legal, haciéndola más congruente y operante respecto al nuevo régimen implantado por la Revolución.”
Lo grandioso y vasto de la acción alvaradista inició verdaderamente el proceso de liberación del indio productor; posteriormente, nuevos hombres revolucionarios añadirían conquistas consubstanciales a la vida plena de los mayas. Uno de ellos, de primera magnitud, fue don Felipe Carrillo Puerto.
JOSE ADONAY CETINA SIERRA
[Continuará la próxima semana…]





























