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Letras

V
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Cuando llegué a la Ciudad de México para iniciar mi maestría en la UNAM, no conocía a nadie. Todos los parientes de mi madre se habían regresado a Michoacán después del terremoto de 1985. En ese entonces todavía estaba en el closet, aunque en realidad no sabía lo que quería.
En la Universidad me hice amiga de Addy Pech, una yucateca chaparrita súper simpática, e inmediatamente hicimos clic. Ya estaba por terminar sus créditos e iba muy avanzada con la tesis. Fue con ella que empecé a frecuentar otros estudiantes de diferentes carreras, pues siempre fue muy amiguera y todo mundo la tenía de confidente.
Al principio, extrañaba mucho mi tierra y a mis padres, pero poco a poco me fui acostumbrando a vivir en la ciudad donde todo me parecía interesante. Sentía que aquí podría ser yo misma, libre de la mirada de mis papás y sus prejuicios. En la capital, estaba segura de que viviría de una manera que aún no conocía pero que me obsesionaba desde hacía años. Creo que en realidad, mi deseo por las mujeres había estado en mí siempre, pero no lo concientizaba. En la prepa estuve enamorada de mi mejor amiga, pero yo lo confundía con cariño y amistad; después, en la Universidad anduve de novia –aunque no me lo crean– y tenía bastante suerte para que me invitaran los muchachos, pero cuando llegaba a intimar con alguno de ellos, lo único que me dejaba era un terrible vacío porque mi cuerpo no sentía nada. Así, después de numerosas sesiones de terapia, pude aceptar que lo que en verdad me pasaba era que la falta de placer con los hombres se debía a la secreta atracción que sentía por las mujeres. Poder decirlo me liberó, pero no estaba segura de que pudiera aceptarlo, sobre todo en Morelia, donde todo mundo conocía a mi familia y veía muy difícil encontrar la oportunidad. Parte de eso fue lo que me incitó a salir para continuar mis estudios en la capital. Me dije que estando lejos de mi familia, donde a nadie le importara, podría encontrar mi verdadera forma de ser feliz. Estaba decidida a probar si en verdad era lesbiana o no.
Con Addy recorrí todos los antros que estaban cerca de la Universidad, sus amigos se hicieron mis amigos. Con el pretexto de irme adaptando a la ciudad, mis estudios avanzaban despacio, pero eso nunca lo supieron mis padres y me enviaban dinero suficiente para pagar el pequeño departamento que encontré y cubrir mis gastos, hasta que pude conseguir la beca que me sirvió para seguir en la maestría.
Al mediodía, comíamos en el restaurante universitario; fue ahí donde conocí a Gina, y cuando Addy me la presentó tuve el presentimiento de que podría ser ella a quien yo estaba buscando. Gina, me contó mi amiga, había llegado del Norte para hacer una licenciatura, ya que había dejado truncados sus estudios en el Tec. Su madre viuda le mandaba dinero para sus gastos y con eso la iba pasando bien. Los estudios regulares le parecieron pesados y sólo tomaba las clases que le gustaban. Addy la calificó de depresiva porque pasaba días enteros encerrada en su departamento y tenía un conflicto no resuelto con su madre de la que, según ella, venía huyendo. A mí, en un principio no me pareció rara ni nada: en lo único que me fijé fue en esos hermosos ojos verdes y su piel de leche. Desde que la vi me gustó y no desaprovechaba la oportunidad para sentarme a su lado y hacerle plática. En las fiestas a las que nos invitaban, me quedaba embelesada viéndola bailar, me encantaba verla mover las caderas al ritmo de la música tropical. Recuerdo una vez que fuimos a la despedida de soltera de la hermana de Rita, una de las chicas del grupo de amigas, y tuve la oportunidad de bailar con ella; estaba yo tan emocionada y excitada que tenía miedo de que todas lo notaran, pero en especial que ella se diera cuenta. En otra ocasión, en una cantina donde nos llevó Nora, estuvimos tan juntas que sus senos rozaban mi espalda y me pasé gran parte de la noche con los pezones erectos: el delirio. Esa vez cantamos y tomamos hasta desfallecer, bueno, hasta que nos corrieron por viejas escandalosas.
En una de esas raras ocasiones en que traen exposiciones del extranjero, llegó al Museo de Antropología una colección muy valiosa de China. Siempre me ha gustado todo lo oriental, ya saben, y la exposición me atraía mucho, pero no encontré quién quisiera ir conmigo. Esa tarde, comimos en el restaurante universitario y me encontré con Gina, a quien la idea le pareció interesante porque acababa de ver una película en la Cineteca de un director chino muy famoso. La exposición me encantó, pero tenía la cualidad de haber sido montada con poca luz y sólo pequeñas lámparas iluminaban las piezas. A pesar de que había poca gente, Gina se acercaba a mí para ver las vitrinas por encima de mi hombro. Yo no me apartaba, seguía allí, pegada a su cuerpo, testigo de su respiración, de su aliento en mi cuello. Después avanzaba para ver otra pieza y ella me seguía para repetir la escena una y otra vez. Sentía en esos momentos que era suficiente con voltear para poder besarla, pero no me atrevía porque no estaba segura de que ella respondería a mis besos.
Algo cambió esa tarde, de eso estaba segura. Días después lo comprobé cuando me invitó a ver una película hindú a la Cineteca; las protagonistas, esposas de dos hermanos, se enamoran y deciden abandonarlos. Me contó que había visto la película siete veces porque le gustaba la muchacha. Ya no fue necesario seguir especulando si era o no lesbiana: todo estaba claro.
En el cumpleaños de Addy, organizamos una fiesta increíble que duró toda la noche. Estábamos tan borrachos que subimos a la azotea a ver el amanecer y varios quedaron tendidos al sol toda la mañana hasta que las lavanderas, escandalizadas, los corrieron a escobazos. Nos fuimos a almorzar al mercado y después seguimos la parranda viendo películas en el departamento de Addy, hasta que se quedó dormida, Gina y yo éramos de las pocas sobrevivientes de la fiesta y la invité a mi departamento.
Ya en casa, saqué unas cervezas y seguimos bebiendo, entonces le pregunté de sus experiencias homosexuales. A grandes rasgos conocí un pasado difícil y una compañera de colegio de la que siempre estuvo enamorada. Después fue su estancia en México y el encuentro con una joven coreana, con la que tuvo una relación breve y tormentosa. Entonces reconocí por primera vez que siempre había tenido esa inquietud, y que mi pasado heterosexual sólo me dejó desencantos y frustraciones, pero que ahora estaba dispuesta a hacer una vida diferente. Mi único problema, le confié, era que no sabía cómo atraer a una mujer, ni siquiera cómo reconocer si era o no lesbiana, Gina sonrió y dijo que no se me notaba. Me preguntó si acaso sabía qué es lo que podía hacer con una mujer en la cama, y le contesté que eso lo sabría cuando la tuviera ahí conmigo, y nuevamente sonrió.
Para ganar lugar en mi minúsculo departamento, tenía una pequeña cama individual que también me servía de sofá. Así que, al momento de acostarnos, le ofrecí para dormir el lado opuesto de mi cabecera. Antes de meterme a la cama me puse un piyama de franela que mi madre me había puesto en la maleta, pero que nunca usaba. A ella le presté una camiseta para dormir. Nerviosa como estaba, dejé encendida la luz del baño, con lo que podía seguir viéndola y continuar con nuestra conversación.
Se hizo el silencio y le di las buenas noches. Entonces ella me preguntó si me gustaría probar, pues solo así sabría si en verdad era o no lesbiana. Casi se me paralizó el corazón, y aunque lo deseaba, no pensé que fuera a pedírmelo en ese momento. Le contesté que no. Entonces se incorporó un poco y me preguntó por qué, a lo que no supe contestar. Insistió un buen rato mientras yo, aterrada, me negaba a pensar que deseaba lo contrario, hasta que finalmente un débil sí salió de mi boca. Se acercó y me preguntó si podía besarme, respondí que sí y me besó, pero apreté mi boca. Riendo, me preguntó si no sabía besar y nuevamente dije que sí; fue cuando acercó sus labios y tocó mi lengua con la punta de su lengua. Se levantó y de rodillas se quitó la camiseta. Vi por primera vez sus senos puntiagudos, lechosos, vírgenes. Estaba tan impresionada por esa aparición tan delicada, que borré a la Gina carente de feminidad que yo conocía, y me encontré con una mujer sensual que comenzó a quitarme la ropa y a tocarme los pechos con la punta de los dedos. No hacía falta más excitación que la que ya recorría mi cuerpo; cuando se metió entre mis muslos, buscando mi sexo con su boca, experimenté lo que no había sentido con ninguno de los con los que había estado antes, un fuego que abrazaba mi pubis y penetraba mi vientre. Gina me poseyó como nunca nadie. Tuve orgasmos prolongados que se iban acumulando entre mis jadeos y la punta de mis dedos que buscaban sus senos, los vellos de su pubis, su clítoris.
Me hizo el amor muchas veces, hasta que escuchamos ruido en la calle, hasta que el hambre nos hizo salir a comer pizza y regresar para seguir explorando ese territorio ignoto para mí que me llevaba a un placer desconocido y que no quería abandonar jamás.
Desde ese día, Gina se fue a vivir conmigo a mi depa, sin dejar el que tenía en el centro. Seguimos frecuentando a nuestras amigas y yo la relacioné con la gente que conocía en la Universidad. Salíamos con frecuencia a conocer la ciudad. Era una aventura maravillosa tener a alguien a mi lado con quién disfrutar todos esos descubrimientos.
Nuestros encuentros sexuales se hicieron cada día más intensos. Ella encontró la mejor manera de seducirme y provocarme el placer que se perdía en sus labios. Yo admiraba su belleza y quería perderme también en su cuerpo, pero no me dejaba. Pensé que eso iba a ser temporal, que con el paso del tiempo dejaría que penetrara en su vientre con mis dedos, que rozara su clítoris con mi lengua, pero no fue así, no dejaba que la tocara. Supe entonces que era virgen, pero también que no sentía placer ante las manos de otra, solo ante sus propias caricias. Me contó que muchos días se pasaba encerrada en su departamento, tocándose hasta caer desfallecida del cansancio. Yo no comprendía por qué no me dejaba convencerla de lo contrario, pero se negaba sistemáticamente. Me sentía entonces frustrada porque no era eso lo que yo quería: ansiaba tener su cuerpo, hacerla vibrar como ella lo hacía conmigo, pero todo era inútil.
Yo seguía con mis clases y poco a poco nos fuimos alejando de nuestros amigos. Se me acumulaban los trabajos y la tesis no tomaba forma. Mientras tanto, las cosas iban empeorando con Gina. Estar con ella empezó a dejar de ser apasionante y caímos en la rutina de días de clases y tardes de televisión. Cuando llegaba a casa, las ventanas estaban aún cerradas y ella dormía. Absorbía mi espacio y mi tiempo, no me perdonaba que no le pusiera atención, era yo quien tenía que compartir sus pasiones y sus deseos. Poco a poco fui perdiendo el interés y sus amenazas de irse no provocaban ya nada en mí. Así, tomaba sus cosas y se iba al metro, esperando que la detuviera, lo cual hice las primeras veces; después sólo esperaba, sabiendo que regresaría, aunque en el fondo deseaba no volver a verla.
En sus arranques de cólera, destruía todo lo que me regalaba. Una vez salió por la ventana un pequeño cactus que me compró, la única planta del departamento. Fue a caer en el techo del vecino, donde lo vi crecer con el tiempo. Gina sabía que me había perdido y no soportaba no ser importante para mí. Sus cambios bruscos de carácter comenzaron a cansarme y me dejó de importar, cada día se hacía más agresiva. Entonces comenzaron sus presiones psicológicas que le funcionaron un tiempo, pero después ya no causaron efecto en mí.
Abiertamente nadie sabía de nuestra relación sentimental, aunque Addy comenzaba a sospechar y sin más me lo preguntó: «Bertha, ¿eres lesbiana?» Nunca le había confesado eso a nadie y me sentí extraña haciéndolo con ella, que para mi sorpresa se mostró bastante liberal. Hablé con ella no sólo de mi homosexualidad sino también de los problemas que tenía con Gina. A mi amiga no le extrañó lo que le conté, pues para ella Gina era una neurótica que justificaba todo con el trauma que le causó su madre castradora. Era mejor, me aconsejó, que la dejara. Yo no necesitaba que me lo dijeran, ya que estaba convencida de que no era ella a quien yo necesitaba; era alguien a quien no podía hacerle el amor ni se dejaba tampoco amar.
Ya decidida, hablé con Gina cuando estuvo calmada. Le dije que lo nuestro no podía seguir así, que era mejor que sólo fuéramos amigas. Al fin, ella no sentía amor por mí y yo ya no podía seguir engañándome. Se enojó y me gritó que yo no comprendía lo que significaba para ella, que me quería. Yo era la que tenía que aceptar que sólo eso podía darme y yo estaba empecinada en que me amara. Le dije que me daba por vencida, que si no podía amarme como mujer, entonces era mejor separarnos, eso era más sano para ambas. Como respuesta tuve empujones y gritos que yo no entendía. Me sacudió de los brazos gritando que yo no la iba a dejar, que no podía hacerlo. Estaba muy asustada con su reacción y traté de tranquilizarla, lo cual fue bastante difícil, pero lo logré. Ya no quería que estuviera en mi casa, pero tenía que encontrar la mejor manera de lograrlo. La vi dormir, agotada por la pelea. Lo único que yo quería era huir lejos de ella
A la mañana siguiente, le dije que me iba a la Universidad y que la vería al mediodía en el restaurante universitario para comer. Fui a buscar a Addy y le platiqué lo que pasó, pidiéndole que me ayudara a sacar de mi casa las cosas de Gina, y que se las quedara mientras ella iba a buscarlas. Al principio no accedió porque no quería meterse en complicaciones; pero, como no tenía yo en quien confiar, insistí hasta que la convencí. Calculé la hora en que ella saldría de la casa para dirigirse a Ciudad Universitaria, y nos fuimos Addy y yo a esperar que se fuera. Cuando la vimos pasar hacia el metro, trajimos un cerrajero para cambiar rápidamente la chapa de la puerta, mientras juntábamos sus cosas, que llenaban apenas dos maletas. Tomé ropa para una semana, mi computadora portable y mis libros, abordamos un taxi y fuimos a dejar las maletas a casa de Addy. Después me fui a la casa de unos amigos a los que Gina no conocía, a quienes había yo abandonado un poco desde que empezamos a andar juntas.
Esa noche no dormí, pensando en lo que habría pasado. Al día siguiente, llamé a Addy para saber si tenía noticias y me comentó que había ido Gina muy enojada a preguntarle por mí, aunque en realidad no le dio detalles de nosotras. No se quiso llevar sus cosas y dijo que antes me buscaría para aclarar las cosas porque la había echado de mi casa a la mala, sin ninguna justificación. Addy no dijo nada, no se quiso meter, pero me aconsejó que no me apareciera por la facultad unos días. Así lo hice.
Pasó el fin de semana y no regresé a mi casa, pues quería que pasara otro par de días antes de ir a ver cómo estaban mis cosas. El lunes, Addy me llamó alterada, ya que unos amigos le dijeron que Gina estaba en la facultad, encerrada en el cubículo de un profesor con una pistola. Había pasado todo el fin de semana ahí y esa mañana la habían descubierto. Tenía que ir a verla porque estaba encerrada y no dejaba que nadie se acercara, amenazando con darse un tiro. Me vestí y me fui rápido a la Universidad. No sabía qué hacer y tenía mucho miedo de que a quien quisiera matar fuera a mí. Cuando llegué, había mucha gente amontonada viendo lo que estaba pasando. Encontré a Addy y me dijo que la policía había entrado a la zona de cubículos para intentar sacarla a la fuerza. Quise ir a su lado, pero mi amiga me detuvo. Los policías salieron finalmente con Gina esposada. Se veía sucia, vestía unos pantalones de mezclilla y una camiseta negra que se ponía para dormir. Me dio mucha pena verla así y no pude dejar de sentirme culpable. Me acerqué a ella para ayudarla; cuando me vio, me insultó y me dijo que me largara de una vez por todas, que ella no me importaba y nunca había entendido nada. Addy me pidió que mejor me fuera, que ella me informaría después. Cuando la policía se llevó a Gina, se fue a la Delegación para ver si podía hacer algo por ella.
Regresé a casa. Me pasé toda la tarde llorando por el miedo que tenía por ella y por mí. Temía que regresara en cualquier momento y quisiera hacerme algo, pero también que le echaran cargos y la tuvieran presa. Addy me llamó ya de noche, había pasado todo el día en la Delegación y contactó a la mamá de Gina para que fuera a buscarla. Estuvo ahí hasta que llegó la señora y la puso al tanto, evitando mencionar nuestra relación. La señora, que tenía familiares muy influyentes, logró que soltaran a Gina al día siguiente con la condición de que se la llevara a su tierra, y así fue. Addy las acompañó al aeropuerto y se encargó de enviarle todas sus pertenencias por paquetería.
Después de todo eso, yo me sentía muy mal; ya no quería ni estudiar y pensaba regresarme a Morelia. Fue entonces que salió la oportunidad de irme a Londres a terminar mi maestría y comenzar el doctorado. Tenía todas las recomendaciones de mis maestros, y mi tema de tesis sobre los derechos de la mujer en México podía pasar a ser parte de una investigación mayor sobre los derechos de las mujeres a nivel internacional. Por un momento dudé en irme, pero me ofrecieron incrementar mi beca y trabajar en la Universidad cuando regresara. Así, me fui a Inglaterra hace ya cinco años.
Patricia Gorostieta
Continuará la próxima semana…





























