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Alma arremolinada en el limbo

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Remolino_1

Juan José Caamal Canul

Clausuraba un momento la vista. Qué más podría ver en aquel mar de penumbras que era la habitación del baño. En tanto el agua humedecía sus cabellos, y se derramaba por su rostro, percibía simultáneamente la irrupción de una violenta claridad, un destello como un disparo de flash, y una puerta que se abría para mostrar que, del lado de allá, solo había una efervescente, lechosa luminosidad.

Entonces los abría nuevamente y se preguntaba estremecida qué significaba todo aquello: la vida, la muerte, una premonición, las ascuas de un recuerdo extraviado en los laberintos de la memoria. Algo debía significar, o representar, en esos momentos en que se daba una ducha.

El apartamento estaba por los alrededores de la estación del Metro, en un sexto piso de un edificio que por delante solo mostraba cinco grandes ventanales alineados verticalmente. Era el frontis de un amplio y largo edificio, con filas de diez en fondo, que se encajaba en el conglomerado de otros edificios, patios interiores, bodegas de tiendas departamentales y talleres casi clandestinos, desde donde se desprendía el rumor de labores indefinidas.

Le enseñaron, pues fue lo que le indicaron los amigos, que pidiera le enseñaran las condiciones de las habitaciones disponibles y la calidad de los servicios. En unos, los que iban del dos al diez de cada planta, solo había un tragaluz que dejaba pasar cierta claridad a los costados de la habitación principal, la estancia y el baño. Quizá por eso eran mucho más económicos. Los que vio tenían maneras democráticas: las mismas comodidades, espacios para que una pareja sola pudiera hacer su vida.

El portero la recibió y le enseñó el apartamento libre que daba a la calle. Había una diferencia muy grande en los precios de la renta. Se enamoró del apartamento con vista a la calle, la luz fuerte, mejor dicho, las distintas tonalidades, los matices del gris; las que se podían percibir en la ciudad, el eco del paso de las personas, el movimiento comercial de la esquina. Era agradable, y sobre todo el frondoso andador que estaba enfrente. Imaginó, y lo comprobó en los siguientes días, que había un intenso trinar de pájaros por las mañanas y las tardes, que se apresuraba para alcanzar, porque casi siempre las salidas eran ya cuando la noche había envuelto a la ciudad.

Se decantó y seleccionó el del sexto piso que daba a la calle. El amplio ventanal, en su opinión el alma de una habitación, le permitía mirar y percibir por encima el minúsculo y esbelto andador lateral.

Todos los días, antes de dormir, le hablaba a mamá.

Desde el extremo sureste, a casi cuarenta grados, le relataba y refería, casi durante una hora, todas las cosas que acontecían en la calle, en la casa, en su interior: si el hermano pasó y además estaba bebido; si la nieta terminó con el novio y ya le había presentado otro; los eventos del vecindario; si la vecina había cambiado de fe religiosa; el matrimonio desigual en edades que ahora vivía recluido en la casa de la esquina; y un sinnúmero de novedades.

Mamá quería estar sola, en tanto ella regresaba de esa comisión de viaje laboral. Quizá dos años, o a lo mucho tres, hasta que la volvieran a transferir a su ciudad natal. Aunque ella había pensado también en estar fuera de casa, de su ciudad, tres años, como mínimo dos, Mamá le había dicho que era su deseo que ella cuidara de su vejez y que los ahorros, sus ahorros, de una vida de trabajo serían para ella. Pero que no la dejara sola, que volviera para prepararla y ayudarla.

En su ciudad caminaba mucho, caminaba y pensaba en su porvenir. Pensaba en el tiempo, su tiempo inmediato. Ahora, cuando viaja en el Metro, piensa en su pasado. En Manuel, pero Manuel no quiso venir y los mensajes se habían ido espaciando, o ya no los recibía. Algunas veces se escribían, y para finalizar le decía estamos en contacto o te hablo más tarde, mensajes de un significado especial del que ya entendía la peculiar temporalidad, por demás.

Muy temprano salía y tomaba el Metro. Apretujada entre cientos de personas, al principio no supo, pero no faltó alguien que le dijera: “Señito, si lo prefiere usted, puede subir a los vagones rosa.” Ahí nadie le daría el tan citado arrimón, deporte de la macrópolis, pensó. Medio apenada, medio molesta, aceptó la propuesta, neófita como era: en adelante, optaría por los vagones rosa.

Pero el problema no era abordar esos vagones, sino llegar a ellos, abordarlos. Ya desde la entrada, en las escaleras de ascenso y andenes, las personas ya estaban formadas, sin hablar, sin darse los buenos días, acaso sin mirarse ni reconocerse habitantes de una misma ciudad. Le recordaban los milenarios soldados de terracota de cierto emperador, que le defendían desde y para la eternidad. Ahora, cuando se detuviera delante o el vagón mas cercano, la lucha sería para meterse a como diera lugar, sin importar el daño que pudiera ocasionar.

Aquí no había espacio para los remilgos religiosos, éticos o buenos modales de que inconscientemente o no había hecho el mal. Aquí se obraba en la lucidez de la conciencia y sin ella, para alcanzar un espacio dentro, para cumplir la agenda del día, conservar el trabajo y el plan general de la existencia.

El apartamento fue bueno hasta los seis meses de ocupación, luego comenzaron los problemas con las instalaciones del baño. Primero, el tanque del inodoro no alcanzaba a llenarse, luego la llave de pico se rompió y solo obtenía agua de la regadera. Adquirió un balde para reunir el agua que luego vertía al inodoro. El encargado le dijo que, en tanto se reparaban los desperfectos, le haría un descuento a fin de mes pero especificó, en plan de confidencia, que esos detalles eran inusuales y dañaban la reputación del edificio. Pensó mejor en el descuento y lo agradeció.

Luego se dañó el apagador de la lámpara de baño. De inmediato se lo repararon, pero había veces que la lámpara simplemente no encendía, así que por las noches se duchaba en la oscuridad, o metía una veladora aromática. Para entonces también comenzó a sentir que, mientras se duchaba, al cerrar los ojos percibía sutiles presencias, tanto si estaba totalmente a oscuras o de espaldas a la luz de la veladora, propiciadora y portadora de elementos a su desconcierto, con suspicaces danzas de sombras.

La vez primera se asustó. Luego le incomodaron muchísimo estas sensaciones. Quizá alguien la espiaba. Le comentaría al conserje, un tipo que al paso de los días y los meses se le hacía más desagradable, dado que sospechaba a su paso las inocultables miradas. Escuchaba suspiros. Cada vez que incursionaba al departamento –ya iban tres ocasiones– se le extraviaba ropa, mínimas prendas de uso personal. Ahora tenía que ocultar todo.

Cada vez que podía le buscaba plática, un monólogo para hacerse notar, por cualquier cosa insustancial. Oiga señito, aquí usted como me ve llegué a la universidad. Leo mucho, uhhh muchísimo, cuando quiera leer algo yo le facilito el libro que a usted se le antoje. Tengo unos bien chidos, que la alejen de esta realidad, ya basta de tanta indiada y herencia psicosocial de mucho hijo de la… Malinche.

Y se seguía de largo con que en el último trabajo el pinche Flores, me dijo ‘Noooo, mi estimado, aún tenemos que valorar su perfil para ver si da para la chamba.’ Uuuuhhhh, pensé, mi perfil está menos retorcido que muchos espíritus que presumen de rectitud o sueñan con un día rodar por las altas esferas del poder, sin ofenderle, Señito.

Entonces, solo hasta entonces, descubrió la nariz corva, los labios inflados, unos bigotes que no terminaban de salir o talados y que ya blanqueaban, las cejas en despoblamiento, y unas ojeras como cráteres apagados e inundados de cenizas.

“Ya ni modo”, se dijo a sí misma, se armó de valor y, con el derecho que le asistía, se acercó para increparle, pensando lo que le diría, palabras más palabras menos: si no había colocado cámaras escondidas en las habitaciones. No, Señito, le respondió extrañado, haciéndose el ofendido. Aquí somos re decentes, estos cuartos son algo antiguo, art decó, son vigilados por patrimonio nacional y el gobierno de la ciudad, no podemos poner un clavo a las paredes, por decir algo, y enseguida nos caen para multarnos. Ah, bueno. Ya no pensó decirle más en ese dialogo fantasmal, no fuera a tomarla por loca o consumidora de enervantes. Pero esas molestias, esos pensamientos, dudas y sensaciones la tenían en continuo desasosiego.

Ese día, como otros, bajó al Metro. Sintió en repetidas ocasiones una corriente de aire tibio, como cuando se está acercando el convoy de vagones. Era agradable, dado el permanente clima de todo el valle. Escuchaba una voz, sentía que ese hilo de voz venía desde cierta distancia y le hablaba bajito, le susurraba en los oídos palabras que no entendía, pero que eran rítmicas y rimaban. “¿Qué podían ser esas lisuras auditivas?”, se preguntaba.

Lo raro de esos días era que no había persona alguna en los andenes siempre desbordados. Quizá por hechos personales que se suscitaban en las llamadas horas pico, tanto en las circunvalaciones, ejes viales y avenidas, como bajo la superficie, laguna silente en la que no hallaba explicación al vacío de las áreas de espera del tren subterráneo.

Otras veces se asomaban remolinos pequeños, correteaban por aquí y por allá, y pensaba en niños, infantes traviesos, pero solo eran bolsas de aire que se formaban y se desvanecían en el mismo elemento de la que estaban constituidos; otras veces eran grandes, de las que arrastran papeles, bolsas, boletos, inclusos ramitas y pétalos de flores acuáticas, giraban por los andadores y luego desaparecían en la espesura de la nocturnidad del túnel.

Corrientes de aire semejantes había visto en casas y calles de su ciudad natal y en la memoria distante de un pueblo, pero en aquellos recuerdos eran impresionantes tolvaneras que se levantaban y se corporizaban con pasto agreste, polvo rojo, tierra negra de una gran plazuela en el mayo de soles intensos y temperaturas de cuarenta grados que rebotaban en las paredes para multiplicar luz y calor.

Un impulso motivado por la curiosidad, por la invitación recurrente y la aventura, le hizo andar en pos de aquellas voces y aquellos remolinos.

En el arco del túnel parpadeaba un letrero con las letras características del servicio de trasporte: Estación Pantitlán. Entró a la oscuridad y, tímidamente, una línea vertical y luego dos horizontales aparecieron hasta conformar los contornos de una puerta que se fue abriendo, dejando ver una tenue luminosidad, semejante a las visiones que tenía.

Empujó y pasó por el umbral. En él había un pasadizo excavado, no podría decir si bajo un edificio, o de un montículo de tierra y roca. Caminó por un muelle de maderas vetustas, pero solo fueron unos cuantos pasos. Atado a un madero halló una canoa. No realizó movimiento consciente alguno para cambiar del muelle al vehículo, pero tuvo la conciencia de que en un instante impreciso estaba dentro de aquella barca simple y se deslizaba hacia el exterior, hacia la claridad…

Su mirada se abrió ante una inmensa laguna y se vio rodeada de edificios, templos religiosos prehispánicos, con figuras monstruosas policromadas o tintas en sangre.

Le acuciaba la duda.

Por la izquierda se levantaba un edificio mucho más grande del cual partía o arribaba un intenso tráfico de canoas con carga o personas. Poco a poco se acercó a un lugar donde había dos señalamientos juntos; el ojo acuático de un remolino se hizo visible.

El fenómeno atrajo barca y pasajera, sumándolos al baile circular. Alguien le gritaba a lo lejos en una lengua extraña, que ni antes ni ahora lograría desentrañar. Este no le tendía las manos, sino que las mantenía en alto, sosteniendo con fuerza contenida una piedra afilada y oscura. Manos y piedra descendieron y, al mismo tiempo, se sumergió con todo y barca. Comenzó a hundirse.

Sintió un dolor intenso en el pecho y del mismo lugar sangraba. Tuvo el impulso de tocarse, pero las fuerzas solo le alcanzaron para mirar que tenía un agujero descarnado entre las costillas por donde se le escapaba la vida y penetraba la laguna. Esa mirada tuvo la duración de una eternidad instantánea. De su entendimiento se fue apoderando lentamente una oscuridad, penumbras mensajeras de las tinieblas que se ceñían sobre ella y el relajamiento total de su cuerpo.

Despertó sobresaltada, cayendo de lado de la cama, vomitando sobre el piso. Quiso incorporarse, pero resbaló en su propio vómito. Se levantó como pudo y se dirigió al baño. Se miró, o creyó mirarse, en la luz tenue de su seminconsciencia, húmeda completamente, el rostro grisáceo. Se lavó y se cambió de ropa. Regresó al cuarto para cambiar las sábanas mojadas de lo que suponía era sudor.

Sintió frío y halló la razón: el paño de cristal estaba abierto, y las cortinas estaban corridas. No recordaba haberlas apartado, no recordaba con precisión muchas cosas, no distinguía si todo cuanto le aconteció había sido una pesadilla o lo había vivido realmente. Tan solo retenía el recuerdo lejano de que estuvo en el Metro.

Se acercó lentamente a la ventana y corrió el paño de cristal para cerrarlo, dándose de bruces con la nada.

La oscuridad más absoluta estaba delante de ella: no había calle, luces, autos, ni andador. Todo era una densa oscuridad. La ventana se desprendió lentamente del marco, cayendo al vacío, y ella también comenzó a caer.

Vio la luna menguante, vio las estrellas. Flotaba en algo que parecía ser el cosmos. Miraba pasar a Leda, poseída, unida eternamente al cisne; un trasatlántico vagaba a la deriva por el océano insondable y siniestro; avistó una isla donde había una azotea que dolía, y un pachuco sin rostro acodado sobre un tinaco en lo alto de un edificio de ventanas como cuencas vacías; macetas con oídos marchitos; suicidas insustanciales frustrados que reclamaban un cuello tangible; dos dioses se enfrentaban y comparaban sus consistencias; piedra y madera, pero se disputaban las conciencias, la sobrepuesta y la oculta de una nación negada.

Una fuerza tiró de ella queriéndola llevar a la esquina, hacia un ángulo de la oscuridad en un punto donde percibía salía una luz que se diluía en la oscuridad, que de alguna manera la hacía comprender que era producto de algo que se creaba o recreaba.

Tuvo un último ímpetu para concebir una mínima idea, un pensamiento, antes de sentirse otra vez atraída hacia el remolino.

Así debía ser La vida en el limbo.

27 de diciembre de 2017

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