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Contemplada profundidad de la inmediatez

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Bordes y precipicios.
Bordes y precipicios.

Al borde del precipicio observa la Creación.

Contempla quizá cuatrocientos años de una continua creación. Los primeros habitantes, el trazo de la plaza, la edificación paulatina de las casas de palma, bajareque y embarro, luego sustituidos por los edificios de mampostería; muros fortificados y las casas tradicionales que en algunos casos se van alejando a la periferia; solo algunos abuelos conscientes de sus orígenes insisten, se entercan en continuar habitando esas viviendas que solo supervivirán algunos años, hasta que la construcción colapse y la floresta, el monte, vuelva a la tierra y sea cuna y polvo que haga fructificar un nuevo monte.

Mira los ensayos militares en la plaza, la arquería del cuartel que devino en mercado, los puestos de madera, la edificación y la deconstrucción de tantas veces del coso taurino rudimentario, símbolo de una dualidad no autóctona, pero aclimatada al medio y nuestro ser.

Mira el desfile de personas que traen por delante al dios sacrificado en el altar del génesis ante el dios creador para la subsistencia de este mundo tal cual conocemos. Toda mística exige ofrendas y sacrificios, y esta presentó y ejemplificó el máximo don, el hijo primogénito.  Imágenes y símbolos de otra religión suplantada.

Cree ver a alguien conocido y quizá piensa en los cientos de historias de personas contenidas por un cuerpo, por una mirada, por los sentidos y emociones implícitas. La marcha avanza como la historia. Dios, o quien nos haya puesto, ¿nos verá de la misma manera?

Mira el cielo y la tierra.

Mira la orilla de la luz, del precipicio, la historia y sus consecuencias buenas o malas. Clepsidra del tiempo, postura ante la descomposición de los minutos y segundos que se desvanecen y precipitan, estos sí, en la nada. Depende de quién los observe y sopese, tiempo incontenible.

Piensa para sí mismo, piensa  en esos momentos en que las tinieblas de los pensamientos o ideas tenebrosas acuden a su mente, esas ideas que no son buenas para la convivencia en una comunidad, pensamientos que son más oscuros que la noches y que traen dentro los peores sentimientos y delirios, pensamientos densos y pesados que entiende no son buenos y debe evitar, convocar, pensamientos que le brotan de alguna parte del cuerpo e inundan su mente, que le suben con la sangre o será que se revelan cuando la sangre buena abandona los cauces y es que surge ese humus, ese limo hediondo e irrespirable de los tenebrosos pensamientos que le hacen caer a la base de la pirámide del reino.

Piensa en su familia, piensa en un beso como una inesperada despedida, en la casualidad, esos extraños momentos en que te hacen coincidir con las personas y que no se sabe será la última vez.

Y miles de recuerdos; espejos cubiertos con sábanas en señal de duelo y como respeto a la presencia de la muerte, y en cómo esos recuerdos, como las palabras, dan la idea de la conformación física y sentimental de una persona.

Pero esta conciencia es desde siempre, porque ambos comparten sangre y pide perdón por no estar en la hora definitiva y los momentos definitivos y cumbres que pueden ser también las más bajas para la familia.

Piensa, piensa en su padre y sus abuelos, piensa en los amigos que están de paso y que se regresarán a donde hoy viven, piensa en los amigos de aquellos años que hoy están desperdigados por el mundo, piensa en el rumor de un solitario tambor batiente en medio de una descomunal plaza y que rebota en las paredes decimonónicas, y en la escolta de niños y niñas que lucen con gallardía una bandera durante un desfile de septiembre.

Recuerda la luz del sol, viento tenue del cosmos, que hace ondear la bandera; en aquella frase que se agita desde los siglos en el pasillo de la escuela: Los valientes no asesinan, frase dibujada con pintura evanescente pero grabada con fuego en la memoria y que es real, que sucedió en la Historia y no nada más una luz de artificio que se apaga al siguiente minuto.

Piensa en que el mundo es reciente y en que posiblemente en el futuro todo cambiará y alguien más observará y quizá se hará otras, distintas, semejantes, preguntas, en otras palabras.

Está a algunos metros del borde, es decir, sus intenciones están más que lejos del precipicio y el sacrificio, pero no por ello de los impulsos y la locura, que están a escasos metros y al otro extremo, pasando aquella orilla.

El olor a pintura de cal asciende a sus fosas nasales, pintura fresca y reciente, pintura que rememora los tiempos.

Los contrastes remarcan su presencia con la combinación de los colores ficticios, espejismo de lo que nos proponemos creer es el cielo.

Observa con distancia un cuadro, un momento de la vida en su vida. Los palos y piedras están ahí por casualidad y no como símbolo de la guerra mundial del futuro, el retorno a las cavernas y a la vida de las catacumbas de donde un día salió la imagen de los que traen el símbolo del joven sacrificado hasta el terraplén, pirámide devastada de dioses lejanos y ajenos que aún están escondidos en la sangre y los montes. La esencia y espíritus de hombres y mujeres que están bien en libros y fotos contenidos entre el papel que un día será mohoso entre costuras, libros de lujo, pero que muy pocos, por no decir nadie, son capaces de aceptar como seres humanos con sueños y necesidades, como personas…

La mirada vaga como ave y no haya lugar preciso para posarse. Solo obtiene descanso y desasosiego si mira para dentro. Este instante que se abre a los pensamientos que se desvanecen en la inmediatez de la impalpable realidad…

9 de diciembre de 2017

Texto y foto: Juan José Caamal Canul

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