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El Método del Torturador
(Parte VII)
El antropólogo Carlos Villanueva era uno de los pocos que estaba preparado para entender la hecatombe que se aproximaba. Experto en cultura maya, azteca, y muchas más, era un individuo que vivió estudiando acerca de otras alternativas, de posibles dimensiones alternas, sucesos paranormales, ovnis, vida después de la muerte, sincronicidad, etcétera.
El yucateco, de ascendencia europea, investigaba la relación de las culturas más antiguas con el origen de la vida, de los inicios de los seres humanos, de otras civilizaciones que llegaron del espacio interviniendo en el origen de todo.
Se encontraba en Chichen Itzá, pues ahí se reuniría con Danielle Sinclair, colega antropóloga, especialista en astronomía, en especies submarinas e investigadora francesa, quien compartía con Carlos varias teorías acerca de la relación extraterrestre con las culturas más antiguas del planeta. Ella decidió cruzar el Atlántico para cotejar información con el mexicano, ya que estaba convencida que los resultados de su trabajo convergían con los suyos acerca de una fecha fatídica.
La reunión con Danielle resultó prolongada: hospedados en un modesto hotel, ambos especialistas compararon sus argumentos y comprendieron que el asunto era realmente serio. Villanueva había sido informado por sus contactos en la frontera de Guatemala del hallazgo de una antigua caverna donde, esculpida sobre la piedra, se señalaba una fecha crucial: el del retorno de los padres creadores de la vida en la Tierra. Por su parte la mujer gala, recopilando datos astronómicos, había descubierto una relación directa entre el cinturón de Orión y fechas claves en las diferentes culturas antiguas que marcaban sin lugar a dudas el acontecimiento señalado a través de centurias: que los creadores del mundo retornarían.
Los dos decidieron que al día siguiente viajarían a Guatemala para llegar hasta aquellas cavernas todavía ocultas en plena selva, y cuyo paradero solamente sabían unos pocos nativos de aquella zona, amigos de Carlos, compañeros de anteriores excavaciones paleontólogas.
Cerca de la media noche, ambos despertaron sobresaltados al escuchar el sonido de diversos helicópteros y otro tipo de vehículos que comenzaron a llegar en gran número a la zona. Todo Chichen Itzá fue invadido por una especie de comando armado, todos vestidos de color negro, con armas largas, que comenzaron a ingresar a todos los edificios de la zona, al mando de los cuales estaba un siniestro personaje: el Torturador, quien gritaba dando instrucciones precisas.
“Reúnan a todas las personas y métanlas en los contenedores. Nadie debe quedar fuera en las siguientes horas. Cooper, usted y sus hombres vayan y capturen a los policías y personal de la armada. Aseguraremos la zona en un radio de 20 kilómetros. Usen la fuerza necesaria, capturen a quien se rinda y a quien se intente rebelar, reviéntenlo a tiros. Obren sin piedad, sin clemencia. Esta es una invasión, no un puto paseo por el campo. ¡Obedezcan!”
Los gritos de la gente se unieron al sonido de disparos aislados. Los comandos rápidamente tomaron el control de la zona, instalando su base usando maquinaria pesada y decenas de trabajadores que con orden y disciplina fueron dando forma a los requerimientos del oscuro líder.
“Por aquí saldrán los amos para iniciar su conquista. Chichen Itzá será la puerta a través de la cual hordas de reptilianos iniciarán su reclamo de poder y dominio sobre el ser humano. Este día será recordado como el que dio inicio a una nueva era en la corta historia de este planeta… ¡Un nuevo orden inicia hoy!”
En medio del caos reinante, Carlos y Danielle lograron escabullirse para escapar, corriendo a través del monte, evitando las carreteras principales donde los hombres armados detenían a todos los que encontraban a su paso.
Fue así que encontraron a Chela, quien se dirigía a Aké: entre la selva, agazapada y escondiéndose entre las sombras, mientras observaba al comando.
De un vistazo, Chela evaluó a Carlos y a Danielle, identificándolos como aliados en su travesía.
Dirigiéndose a ambos les dijo: “Debemos irnos. Pronto nos descubrirán si no nos movemos. No es necesario que vayamos a las cavernas de Guatemala. Debemos ir lo más pronto posible a Ake´.”
Llenos de dudas ante las palabras de Chela, una mujer blanca que apareció en medio de la selva y que sabía perfectamente sus planes, los antropólogos inicialmente no se movieron.
Chela posó sus manos sobre los hombros de Carlos y Danielle, musitó unas palabras, y eso los tranquilizó.
“Vamos”, les dijo, “les contaré en el camino…”
(Continuará)
RICARDO PAT y GERARDO SAVIOLA





























