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¡A Santiago!
Si alguien me dice que Santiago es el ombligo del mundo, yo le respondo que La Jardinera es el tuch de Santiago.
Felipe Andrés Escalante Ceballos
“¡Nos vamos a vivir a Santiago!”, me dijo mi madre un día de 1949 en nuestra modesta casita de la esquina de El Cedro, enclavada en las calles 52 y 47, cerca del parque de Santa Ana.
En ese entonces yo tenía escasos cuatro años, y vagamente sabía que en ese barrio meridano vivían mis tías Gertrudis e Isabel, hermanas de mi padre, que hacían funciones de mis abuelitas. Ellas, aparte de carecer de descendencia, eran mucho mayores que mi progenitor y, siendo este último el benjamín de la familia, entre unas y otro había una gran diferencia de edades.
Además, no conocí a mis abuelos, pues José Asunción Ceballos y Emilia Alcocer se ausentaron de este mundo en la niñez de mi mamá. Conchita Ruz, madre de mi papá, falleció cuando él tenía dieciséis años, y mi abuelo José Matilde Escalante emprendió el camino sin retorno cuando yo todavía andaba en el primer año de mi existencia.
El traslado de los enseres domésticos de una a otra vivienda constituyó toda una hazaña, por los curiosos que espontáneamente intervinieron. La subida de nuestras escasas pertenencias al desvencijado camión de mudanzas fue presenciada por numerosos vecinos, quienes salieron a las puertas de sus casas a contemplar el espectáculo – casi siempre mal intencionados – respecto a los muebles de los que emigraban del rumbo.
Cuando el poderoso automotor, con trebejos y cargadores a bordo, así como los niños de la familia –mi hermana mayor Hilda y yo – hizo su arribo a la esquina de La Jardinera, otro grupo de vecinos desocupados nos dio la bienvenida. Los chismosos de entonces, ante la falta de las noticias y comunicaciones nacionales e internacionales que ahora tenemos, se mantenían al día en las circunstancias de su vecindario.
Nuestro nuevo hogar, cuyo alquiler había contratado mi padre por un año con opción a otro más, era una construcción angosta ubicada en la calle 65, casi en su cruzamiento con la 72, cuya característica era que sobresalía de la línea de edificación de los demás predios. Por ello, nuestra morada era conocida por el rumbo como la “casa saltada” y así permaneció muchos años hasta que, por algún motivo, su propietario destruyó parte del frente para alinearla con las otras edificaciones.
La nueva estancia distaba a sólo dos viviendas de mis tías Gertrudis (Tulita) e Isabelita (Chabela), y apenas cuatro del domicilio de mi tío Alfonso, quien de joven fue conocido beisbolista con el sobrenombre de “El Pato” Escalante e hizo una formidable pareja tanto en el deporte como en la vida diaria con su compadre Gerónides Ordoñez, don Gerón, el mejor pelotero que ha tenido Santiago.
A partir de ese día mi infancia y primera juventud transcurrieron en el populoso suburbio y quedé ligado a él por el resto de mi vida, como ocurrió con el gatito de la canción de Francisco Gabilondo Soler, “Cri-Cri”. Aún cuando más adelante he residido en otros rumbos, siempre he estado en contacto con Santiago.
Cumplidos los setenta años mi padre, que vivía en una colonia alejada del centro de la ciudad, emuló a los elefantes y volvió a la barriada de sus amores. Pronto estableció su residencia en la calle 61, frente al paredón del Colegio Americano, a pocos pasos de la esquina de El Naranjo (61 por 72).
Por mi parte, hasta hoy, cuando ya se avizora el final de mi existencia, sigo visitando el barrio de Santiago. Ocasionalmente formo tertulia en un café del rumbo y, como uno más de sus vecinos chismosos, continúo enterándome del ir y venir de sus habitantes.
Santiago tiene magia, un encanto muy particular y vida propia. Es uno de los arrabales más antiguos de Mérida, el más pintoresco y donde vive gente modesta dedicada al trabajo. Por su animación, historia y tradiciones, así como por su forma de ser, se distingue de todos los demás suburbios meridanos.
Evocar a Santiago me llena de ALEGRIA y a la vez de NOSTALGIA por los tiempos que, como las golondrinas del poeta español Gustavo Adolfo Bécker, no volverán.
A ese noble y mágico barrio dedico estas páginas.
Felipe Andrés Escalante Ceballos
Mérida, Yucatán, junio de 2009
Continuará la próxima semana…





























