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Estas mis fronteras de púas
Casi nunca pierdo la calma ni el control de la mente. He vivido ensimismado por más de 20 años. Escribo y leo en mi cuarto, y las publicaciones que logro son las que me permiten el dinero que paga la comida y los servicios necesarios. Por Internet envío mis columnas. Los periódicos y las revistas me depositan el pago por mi trabajo. Compro en línea y me llevan a la puerta de la casa las cosas que requiero.
Pueden pasar días sin que me bañe. A veces no me rasuro uno o dos años. Me quedo en pijamas si se me ocurre, y en muy contadas ocasiones he recibido amistades. No me gusta la compañía humana. Mis conversaciones, entrevistas y conferencias las dicto en línea, y he sido galardonado en innumerables ocasiones.
Las únicas personas que entran a mi hogar son las prostitutas. Es triste en lo que se han convertido. Ahora no requiero darles más que apretones y mi preciado semen. El dinero de su servicio se lo pago a su agencia vía Internet.
Por ello, la noche que aquel niño golpeó a la puerta, mi ser huraño tuvo un sacudón innoble para alguien de mi talante. Al verlo, no sé si fueron sus rizos, sus ojos de caracol, su voz aflautada y llena de confianza, o quizá su olor, los que me hicieron jalarlo hacia dentro. Concienzudo como soy, me percaté que no había nadie cuidándolo.
Cuando comenzaron a buscarlo y tocaron a mi puerta, llamé a la policía, me puse en contacto con mi editor, y vinieron a verme para proteger mi soledad, mi estilo de vida. Aun así, les permití revisar la casa. No hallaron ningún indicio de que niño alguno hubiera pasado por acá. Lo había escondido tan bien.
Después me divertí experimentando con el pequeño. Cerré su boca con hule espuma y cinta canela. Pude observar y redactar páginas enteras al dejarlo morir de hambre. Pasaron varias semanas para que eso ocurriera. Suplicaba lloroso y se aporreaba en el suelo. Cuando tomaba valor, corría por los cuartos e intentaba esconderse. Pero con las manos atadas en su espalda y la boca clausurada, desistía. Suplicaba el alimento que frente a él consumía, y pudo parecerme terrible verlo en ese estado. Sus ojos iban del terror a la súplica de manera intermitente y desencajada. Eran maravillosos, no podía creerlo.
Han pasado más de cinco años. Jamás volvió a tocar algún otro niño la puerta, pero aún conservo la esperanza. El blanco luminoso de su osamenta sigue en la memoria. Cada que recuerdo, vuelven los olores de su muerte y descomposición. Del incienso, el amoniaco y la acetona que tuve que rociar y quemar para abatir los aromas. Fue cuando comencé a fumar de nuevo.
ADÁN ECHEVERRÍA





























