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Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

Mi Respeto Hacia Los Demás
Después de aquella asamblea, conseguí un instructivo de volibol que leí con atención. Pero, al platicar a mis alumnos sobre las competencias, no logré entusiasmar a uno solo. No estuvieron de acuerdo. Exploré la posibilidad de conseguir un balón nuevo y uniforme para los niños, pero tampoco entre los papás encontré eco. Estaba claro que no había dinero, y yo no podía insistir, conociendo de sobra la situación, y cuando yo lo que quería era dar y no pedir; pero también estaba claro que no querían ser humillados, conociendo su desventaja manifiesta. Al fin, a todos los hice saber que era un compromiso que no podíamos eludir y, dadas nuestras relaciones y el cariño que nos teníamos, aceptaron callados, aunque la resistencia de los niños era evidente.
Me propuse practicar todas las tardes después de clase, y lo hice hasta cuando sólo uno se quedaba. A veces logré una práctica en forma y no quise cambiar su manera de “sacar”. Mi idea era entrenar bien a diez chamaquitos para después escoger a los mejores, pero tuve que conformarme con mucho menos.
El día se acercaba. Yo era víctima de una angustia permanente y, aunque me decía a mí mismo que no estábamos obligados a ganar, siendo esto imposible, cuando menos había que dar la batalla para obtener un lugar siquiera medianamente decoroso.
En el inter, algunos problemas dignos de mención se presentaron.
Había una familia de apellido Limones de la que todos se mantenían a distancia. A ella pertenecía el niño que nos arrojó el “torito” en el cerro de La Daga. Éste era mi alumno en primero y una hermana suya –Braulia, como de 13 años – estaba en tercero. Gente brava y temida en serio.
Un día se presentó a mi salón la maestra Chole de tercero, y me dijo que Braulia se negaba a tirar su chicle como le había ordenado. Entonces me dijo que, o lo tiraba, o ella misma se lo sacaría de la boca. Que la muchachita le había contestado: “¿Usted y cuántos más?” Entonces optó por decirle que llamaría al director y eso hizo. No me pareció correcto hacer un drama de algo tan sin importancia, pero ni modo: había que apoyar a la maestra aún a riesgo de hacer el ridículo. Fui a ella, y de la manera más amistosa posible, poniendo una mano en su hombro, le pedí: “Por favor, tira tu chicle.” Dudó un momento y se levantó, fue hacia la puerta, lo escupió y regresó a sentarse. Otra vez con mi mano en su hombro, le dije muy sinceramente “Gracias”, y ella, como respuesta, casi hasta sonrió.
Cuántos problemas podríamos evitarnos si aprendiéramos que el respeto hacia nosotros depende del que nosotros demostremos a los alumnos.
Pues estos dos niños tenían entre sus hermanos mayores a uno de aproximadamente 18 años que era un problema más grande.
Una mañana de lunes, llegué más temprano a la escuela para el saludo a la bandera como hacíamos cada semana, y me encontré que nuestro lindo y nuevo “monumento” al lábaro patrio estaba pintarrajeado como suelen hacer los adolescentes, para vergüenza de nosotros los “educadores”. Los pelos se me pusieron de punta. En mi acostumbrado discurso – por cierto, que a la gente le gustaba, quizá por mi acento tan diferente al hablar, y siempre tenía público extraescolar – expresé mi indignación por el hecho. Alguien me dijo después que el autor había sido Luis Limones. Quise interesar a las autoridades del ejido, pero se mostraron muy cautelosas y prefirieron esperar a estar seguros de que él había sido antes de actuar. Con mis alumnitos borré los garabatos hasta donde se pudo, pero entonces el muchacho aquel, sabedor de que estaba señalado, se empezó a aparecer frente mí con una actitud desafiante y provocadora que yo ignoraba.
Un día, regresando de poner una inyección en El Tecolotillo, antes de la clase de la tarde, 4 o 5 niños que iban a la escuela se me pegaron para caminar juntos. Tomé con la mano que me quedaba libre – en la izquierda tenía el estuche con mis agujas – al más pequeño, cuando detrás de nosotros se oyó de pronto el ruido de una bicicleta que se acercaba a toda velocidad; los niños que pudieron se hicieron a un lado, pero el que iba conmigo se soltó, mas no alcanzó a salir del camino y fue arrollado, no obstante que Luis, con gran destreza, intentó eludirlo frenando violentamente. Eso y yo prenderlo de las solapas de su chamarra de mezclilla y arrojarlo contra la barda fue todo en uno. Quizá porque se sintió culpable no reaccionó contra mí. Ya en la escuela limpié las raspaduras y golpes del niño que aún lloraba levemente.
Terminada la clase me fui derecho a la casa de Luis Limones. Encontré a su mamá, quien me recibió extrañada y alerta. Controlado ya, pero con firmeza, le hablé de lo del monumento, de sus provocaciones y del incidente de horas antes, y le dije que estaba dispuesto a demandar a su hijo si su actitud persistía.
Rato después me visitó el Sr. Limones, muy serio y muy atento, para pedirme disculpas y ofrecerme que no sucedería nada más, pero que por favor no demandara a su hijo, porque con uno en la cárcel era suficiente. Después supe por qué otro hijo suyo estaba preso, pero esa es una historia tan dura que prefiero no contarla.
MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE
Continuará la próxima semana…





























