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Tal vez sea porque el algoritmo de las redes sociales ha detectado que somos de repostear y republicar todas las alertas de desaparecidos que todos los días nos presenta nuevas fichas, cubriendo muchos estados, todas solicitando apoyo para localizar niños, adolescentes y adultos de edades varias, de ambos sexos.
Tan solo podemos imaginarnos el miedo y el dolor que sufren las familias de todos aquellos que aún no han sido localizados; cómo la sorpresa y shock iniciales se ven sustituidos por la esperanza de encontrarlos; hasta llegar la desesperanza y finalmente aparente resignación ante la confirmación a través del hallazgo de un cuerpo, o del transcurrir del tiempo sin tener evidencia alguna de vida.
En México, donde la impunidad se regodea en niveles que superan al 98% de los casos que llegan al final de su proceso judicial, los criminales se sirven lo que quieren, cuando quieren, y donde se les pegue la gana. No es difícil imaginarlos transitando por las calles, los caminos, observando lo que quieren hacer suyo, para inmediatamente despojar de su bien o de su libertad a su víctima.
Nuestra juventud es la más afectada, según los boletines que compartimos en nuestras redes. Hombres y mujeres jóvenes, por igual, desaparecen todos los días; la mayoría de ellos salieron a buscar una fuente de ingreso, para encontrarse en el peor escenario de sus noveles vidas.
Con evidencias como el Rancho Izaguirre, testimonios de otros jóvenes, y los hallazgos de las madres buscadoras se define un pavoroso escenario: quien no acepte las condiciones de los sicarios de la muerte –cualesquiera que sean–, jamás regresarán; aquellos que las acepten, sacrificarán su humanidad en aras de la supervivencia.
Aún recordamos con pena infinita la “competencia” por su vida de un grupo de amigos que, para diversión de sus siniestros captores, tuvieron que matarse unos a otros; o los mensajes póstumos que envían otros cautivos, advirtiendo lo que sucederá con aquellos que se opongan al grupo que los usa como voceros en la antesala de la muerte.
Los que somos padres sabemos perfectamente cuánta preocupación nos causan nuestros hijos cada vez que salen a divertirse. En estos días, los encomendamos, les proporcionamos toda clase de recomendaciones, y luego oramos porque regresen con bien.
Ante la indolencia de las autoridades de todos los niveles para confrontar a estos malditos generadores de inseguridad, ante el evidente contubernio de muchos de ellos con estos mercaderes de la muerte, únicamente nos queda como contrapeso nuestro sentido de la ética y de la justicia, aunado a todas las medidas de prevención que podamos implementar en nuestras casas y con los nuestros.
Pan y circo, junto con cada vez más complejas cortinas de humo, suplen las acciones que deberían emprender las autoridades para devolvernos la tranquilidad.
Desaparecerlos de las cifras oficiales, presumiendo de mejoras basadas en otros datos, es una vileza y un nuevo crimen contra los padres de todos aquellos desaparecidos.





























