Inicio Nuestras Raíces El limpiabotas que no va a la escuela

El limpiabotas que no va a la escuela

32
0

Visitas: 8

Caminando por las calles

EPSON MFP image

Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

Frente a La Tacita de Oro, bajo los laureles abuelos de nuestra Plaza de la Independencia, en ese lugar clásico en que se juntan los trovadores de la ciudad, en los primeros minutos de la madrugada el limpiabotas ha venido a acurrucarse, atraído por el afinar de guitarras con que comienzan un ensayo de canción recién aprendida. Chucho Herrera habla de box, con el calor de un profesional de los puños. Pepe Domínguez, alma lírica de bohemio, dice un chiste de intención aviesa y luego suelta su risa franca, abierta, contaminadora… Hablamos, entre tono y tono de canción, de cosa pasadas, de proyectos, de visiones, de viajes.

–¿Qué quieres aquí?

Alguien ha interpelado al limpiabotas que permanece arrobado, flexionado sobre sí mismo como un fetiche budista.

–¿Que qué quieres?

–¡Estoy oyendo que canten!

–¿Quieres ser trovador?, le pregunto.

–¡No sé si puedo!

–¿Por qué?

–¡Porque no sé leer!

No sabe leer y tiene, según me dice, nueve años. Un niño en la brega, en el centro de la ciudad, casi desarrapado, metida ya la madrugada.

–¿Y qué esperas que no vas a tu casa?

–¡Voy a dar todavía una vuelta por…!

Me deja perplejo. Vuelvo a preguntar y me ratifica.

–¿Y qué vas a hacer por allí?

–¡A ver…!

A donde van los hombres es a donde va este niño con la misma curiosidad con que viene a acurrucarse junto a los trovadores a escuchar la canción que brota en tono menor, se dirigirá luego a la zona del amor que se vende. Lo ha dicho todo: va “A ver…” ¿A ver qué…?

–Deme usted un cigarro.

Me saca de mis meditaciones. Acaricio su cabeza de cabello suave que se amotina con gracia. Sus ojos vivos y negros reflejan su espíritu en que hay una zarabanda de sujetos y cosas.

–¿Y vas todas las noches?

–¡Casi siempre! ¡Voy cuando tengo ganas de enamorarme!

Dolor del mundo y de la injusticia social, ¿qué has hecho de este niño? ¡Cuando tiene ganas de enamorarse! ¿Qué querrá decir de ese modo su alma infantil? ¡Alguien seguramente amontonó en su vida abierta en el arroyo quién sabe qué palabras absurdas y locas…!

Ya las canciones que francamente cantan a mi lado, con toda libertad, me suenan a miserere. Pregunto, otra vez, con una protesta en los labios, que no sale. Me dice que su papá es su tío. Comprendo la mentira, dulce al principio y después cruenta para los niños que vinieron al azar y después se hacen hombres. Es el cuento de las pobres madres a sus hijos que preguntan por el papá “que no tienen como lo tienen los otros niños”. Comprendo. Por eso el papá de este niño “es su tío”. ¡Dolorosa y amarga y complicada mentira para el alma infantil! ¡Chorrea piedad y amargura y desamparo y orfandad!

El reloj del municipio suelta un sonido. Es la primera hora del día. Quiero irme, pero Pepe Domínguez se opone. Pretende llevarme a una serenata. No sabe que han brotado en mi alma sinfonías extrañas y hondas. Arguyo mi cansancio, mi sueño, no sé qué malestar… Y me retiro. Pero antes contemplo al limpiabotas que no va a la escuela.

Marcho hacia el poniente, dejando atrás la plaza.

Hierve mi corazón y hierve mi cerebro. Sociólogos, psicoanalistas ¿es así como se inicia el delincuente, como se prepara el reo, como se pone la piedra inicial del malvado, como se comienza la personalidad del lombrosiano, del vicioso, del infortunado? Parece mentira que en las ciudades existan todavía niños que se enfrenten a la vida y que no vayan a la escuela; que no sepan leer, y que sepan “ir a ver” por lugares de infortunio embadurnado y de juventud vendida. ¡Precocidades de monstruosidad florecerán sin duda, terriblemente, en ese niño que es copia exacta, calca fiel de otros! ¡La aberración se expresa maldita, y en el fondo de la sombra Onán sonreirá mientras sople su aliento de perversión! Savia prometedora ese niño, tronco en germen de otros hombres, dará al delito, a la enfermedad y a la tragedia final su vida.

Que los que puedan hacerlo, controlen y salven a los niños que no van a la escuela, que se inician prematuramente en el morbo, que se inclinan dolorosamente sobre los códigos, que están preparando su celda, tejiendo su mortaja en la caja de un hospital. ¡Salvemos a los niños en desamparo de instrucción y de educación que andan por nuestras calles, como este limpiabotas de nueve años, y que no van a la escuela! ¡Esa es obra de frutos positivos, de resultados de ciudadanía, de cosechas que alcanzan a todos…!

Mérida, 11 de enero de 1935.

 

Diario del Sureste. Mérida, 20 de enero de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.