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Las pléyades

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José Inés Novelo

 

Pavorosa y penetrante

extendía la tiniebla denso tul;

ni una estrella fulgurante

suspendida en el azul.

En el hosco firmamento

la más triste y espantosa lobreguez

en la tierra rudo el viento

ruge y quéjase a la vez.

Cuatro cirios crepitaban

ante el túmulo de rosas y azahar;

y de los ojos brotaban

los raudales del pesar.

Sólo un garzón melenudo

el cadáver, desde un ángulo, de pie

contemplaba inmoble y mudo

como quien mira y no ve.

*

La casucha solitaria

el cortejo sollozante abandonó

cuando la última plegaria

por la virgen se elevó.

Tras el cortejo transido,

impasible y misterioso va el garzón,

cuando le hiere el oído

el eco de esta canción:

“Yo prefiero, niña hermosa,

a este triste y continuado malestar,

descansar bajo una fosa

que a la postre es descansar”.

“Ante tu cerrada reja

vengo en vano a levantarme y a gemir:

soy un muerto que se queja,

que no acaba de sufrir.”

El garzón siguió impasible

tras la muerta que su dicha se llevó,

y a la mansión apacible

con el cortejo llegó.

Era alta noche: luchaba

con el viento enfurecido, en cada cruz

una lámpara; graznaba

un búho en cada sauz.

El glacial sepulturero

a la niña primorosa va a enterrar,

y con su pico de acero

cava y cava sin cesar.

Con un rojo hachón que ciega,

que dibuja formas raras cien a cien,

acompáñale en su brega

angustiado cada quien.

A cada golpe en el hueco

se estremece dolorido el corazón:

cada golpe tiene un eco

en el alma del garzón.

Lejos de la ingrata faena,

cual fantasma, se le mira discurrir:

el garzón distrae su pena

explorando en el zafir…

Densa lobreguez, misterio,

pliegues hondos de errabundo nubarrón:

¡nunca sobre el cementerio

flotó más negro crespón!

Sobre el fondo entenebrido

su mirada, absorta y turbia, fija y ve…

–no es ilusión del sentido”

¡no es una ilusión a fe!

Ve que se yergue y perfila

sobre el lienzo tenebroso con vigor

algo que en aire oscila,

circundado de negror,

como columna truncada,

como un obelisco pardo… ¡Es un ciprés

cuya forma recortada

envuelve la lobreguez!

El garzón piensa y advierte

que Natura, que es regazo del vivir,

sobre aquel campo de muerte

su homenaje fue a erigir!

*

En el vértice borroso

de la rústica columna sepulcral

ve aclararse el seno umbroso

de una nube sepulcral.

Y surgir esplendorosas,

con los brazos extendido como en cruz,

a las Pléyades lluviosas

de aquel tétrico capuz.

De la cruz resplandeciente

es como ara el monumento sepulcral…

El garzón piensa, doliente,

viendo el celeste fanal:

“El Dios bueno y el Dios fuerte,

causa eterna del nacer y del morir,

sobre el campo de la muerte

su ofrenda viene a escribir.”

“Él en todas las negruras

vierte el lampo de su excelso resplandor;

y en las hondas desventuras

un consuelo bienhechor.”

“Sólo en mi alma hay noche eterna:

allí duerme mi esperanza que murió;

y la dicha casta tierna

que mi mente acarició.”

“En mis tristes sepulturas,

ni una lámpara de trémulo fulgor…

¡Sólo en mi alma no hay blancuras!

¡Sólo en mi alma no hay amor!”

“¡Oh, las pléyades radiosas,

de esta noche de la muerte clara luz!

¿Sobre mis obscuras losas

no brillará vuestra cruz?

Y dejaron sepultada

a la virgen que el cortejo acompañó…

Con la postrer paletada

de tierra, el garzón calló…

*

Desperté desesperado

de este sueño pavoroso y singular…

¡Yo era el garzón desolado!

¡Desperté para llorar!

 

El Salón Literario. Mérida, año I, núm. 3, 31 de marzo de 1898, pp. 117-118.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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