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Mery Yolanda Sánchez, la poesía como acto de memoria

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Rafael Quintana

Mery Yolanda SánchezGuamo, Tolima, 30 de junio de 1956– ha publicado los libros de poesía La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios Sobra, estorba (2006); la antología Un día maíz (2010), Gradaciones (2011), la selección de poemas Rostro de tierra y en la Antología Doble fondo El hombre que escupe mariposas.

En 2012, su novela El Atajo ocupó el segundo lugar en el II concurso de Novela Breve de la Universidad Javeriana y fue publicada en 2014; la reimprimió en 2019 Himpar Editores. En 2024, el Instituto Caro y Cuervo publica su Poesía completa, y el Fondo de Cultura Económica su libro de poemas Carta a Lucía.

Ha trabajado en libros de memoria de la Organización Femenina Popular, Vidas de historia, una memoria literaria, y Escritura del desarraigo, historias de Floridablanca. Obtuvo mención en concurso El cuentista Inédito, del Centro de Estudios Alejo Carpentier en 1987; en 1994, recibió una Mención en el V Concurso Nacional de cuento Germán Vargas.

Fue beneficiada con la Beca Nacional 1998 del Ministerio de Cultura por su proyecto Poesía en Escena (propuesta escénica para la presentación de lecturas de poesía que se realiza en Bogotá desde 1993). Ha orientado talleres de poesía para niños, jóvenes, población de internos en centros carcelarios y habitantes de la calle.

Dictó cursos de apreciación y creación literaria en la Universidad Nacional. Diseñó y ejecutó para el Comité de Derechos Humanos de la Personería de Bogotá el proyecto Puente Experimento Piloto (el teatro, la danza y la literatura como liberadores de la violencia intrafamiliar).

“Cuando tenía cuatro años y no había radio en casa, mis hermanos pintaron con carbón, en un poste de madera en el patio, un radio, lo prendían y bailaban. Yo los observaba. Entendí una imagen poética, aprendí a escuchar música, a ver el movimiento, frente a mí una escenografía natural. En su conjunto, la metáfora que definió en mí lo humano y los sin límites de la imaginación. Supe entonces que todo era posible y no tendría ninguna carencia en mi evolución.”

Estimada Mary, su vida y su obra parecen entrelazarse con la tierra del Tolima y con la memoria colectiva de su país. ¿Cómo dialoga su lugar de origen con la voz poética que la habita hoy?

Mi padre me contó su propia historia. Vivió persecución política porque el Tolima siempre ha sido un territorio conservador. Él alcanzó a ser llevado a un río donde a los liberales les daban el tiro de gracia. Mi madre, embarazada, cruzó las casas por los patios, para avisarle a un conocido lo que estaba a punto de ocurrir. Esto es solo uno de los tantos momentos difíciles que vivió mi familia.

Nací en el municipio del Guamo, Tolima, y tuve que crecer en una Colombia arrasada por los odios y la inequidad. Evolucionar entre noticias que se filtran en mi casa, recibiendo la sangre desde todos los puntos cardinales del país, me ha hecho comprender la realidad y tratar de hacer una poética para no colapsar.

Estábamos felices por una oportunidad de cambio, se está luchando contra un muro fuerte. Sin embargo, grandes logros se han dado y esperamos que sea el abono para seguir buscando cambios esenciales para que próximas generaciones tengan un lugar donde el terror desaparezca.  

En su poesía, la ciudad, el cuerpo y la memoria son presencias constantes. ¿Qué papel juega la memoria —personal y colectiva— en la construcción de su universo literario?

La piel casi se rompe cuando sé de masacres, persecuciones, desapariciones. Hemos sido arrancados de la tierra. El cuerpo duele y entonces siento todas las comunidades en mi alma. Construir un universo buscando la belleza a partir del cadáver hace que mi literatura sea un proyecto de vida que convoca a la reflexión.

Ha recorrido múltiples territorios del lenguaje: la poesía, la narrativa, la memoria social. ¿Qué la conduce a moverse entre estos géneros y qué encuentra en cada uno?

El lenguaje poético está en toda mi obra, no encuentro otra manera de comunicación. En estos géneros encontré la grieta que pretende luz para iluminar los caminos desolados. Tal vez haya quienes detengan su afán, y nos ayudemos a mirarnos desde adentro.

La narrativa me permite agregar la descripción cuando el horror ha sido más fuerte, como ocurre en mi novela El atajo. No hubiese podido escribir un libro de poesía que permitiera un fluir que, aunque denso, me diera descanso. La memoria social me ha permitido estar con las personas, interactuar con ellas, amarlas, ver las cicatrices más de cerca, como si fueran mías. Apropiarme del dolor y entender los caminos que nos cierran, la noche que permanece.

“Dios sobra, estorba” es un título que suena a declaración interior y a gesto de rebeldía. ¿Qué diálogos o conflictos espirituales nutren su escritura?

Intento llegar a Dios, provocarlo, hacerle un reclamo, entenderlo. Continúo en esos diálogos fallidos donde el espíritu designa los tránsitos de mi literatura, estar con otros seres humanos que sufren y que se sienten tan impotentes como yo.

Su trabajo con comunidades marginadas, mujeres, internos y habitantes de la calle revela una visión del arte como herramienta de transformación. ¿Cómo ha transformado a Mery Yolanda esa cercanía con la vulnerabilidad y la resistencia humanas?

En mí la mayor transformación es fortalecerme para tener el valor de decir desde las vísceras, sin miedo. Es el arte el que me mantiene, siendo cada día mejor persona; él  me enseña cientos de razones para no caer.

La poesía en escena fue un proyecto pionero en su tiempo. ¿Cómo nació esa idea de llevar el poema al cuerpo y al espacio público, y qué ha significado verla florecer a lo largo de los años?

Los recitales eran fríos: el público escuchaba y era inactivo, los poetas leían y salían. Quise que la difusión de la poesía fuera un momento bello y que se diera un verdadero encuentro, que el autor fuera mirado más allá del texto, que el público se atreviera a desmitificarlo. Por eso el último momento de Poesía en escena era un conversatorio donde los asistentes entraban en diálogo con los expositores.

Me siento satisfecha. Es una pequeña contribución para acercarnos a las Artes Literarias de una manera amena, así como unir otros lenguajes artísticos.  

Su novela El atajo y sus antologías poéticas han sido reconocidas y reeditadas. Cuando relee sus obras pasadas, ¿qué siente al encontrarse con esa versión de usted misma que escribió entonces?

Agradecimiento profundo por quienes se han ocupado del estudio y valoraciones. Me siento extraña cuando personas muy jóvenes me dicen que en sus búsquedas consideran la lectura de mi obra. Me releo y siento que no lo he hecho suficiente bien, me avergüenzo de haber tenido que tomar como insumos una realidad tan dura como la que hemos vivido.

¿Qué lugar ocupa el silencio en su proceso creativo?, ¿es un punto de partida, una frontera o una morada?

Desde muy niña he estado en silencio para escuchar y palpar mejor. Dejo que todo entre en mi ser para transformar y así lograr una propuesta poética. Hago silencio siempre para evitar que el ruido distorsione los hechos. El silencio es el lugar fundamental para alcanzar el tacto con la mano que está al otro lado de mi casa. 

“Haber consolidado mi obra poética en una ciudad viniendo de la provincia, he tenido el honor de que mi obra sea reconocida por los grandes poetas y escritores de mi país. Eso me hace sentir orgullosa y pensar que valió la pena. Sin títulos, sin ayudas extras y siendo una obrera calificada en diferentes actividades como auxiliar de contabilidad, productora de eventos masivos y de sala, librera, entre otros”.

 En 2024 se publicó su Poesía completa, un hito en cualquier vida literaria. ¿Cómo experimenta el acto de verse reunida en la totalidad de la palabra, contemplar su propia historia escrita?

Me impresioné, me parecía algo imposible, no sabía si lo merecía. Pero luego, de a poco, fui entendiendo. Sí, estaba entregando casi un compilado de la historia de mi país, que es la mía propia, lejos de estadísticas. Ahora, de manera más racional siento que lo logré, porque algunas personas se identifican con mi apuesta.   

Su escritura ha explorado el desarraigo, el cuerpo femenino, la violencia y la esperanza. ¿Hay un hilo secreto que una todos esos temas, una pulsión que sostenga su decir?

En mi creación están las esencias de muchas cosas, mi interior, mi relación con los sucesos, mi amor por los otros, hombres y mujeres, pero también un tanto de misterio y de magia. Con las vivencias y la lectura de buena literatura, y al mirar con los ojos y los oídos abiertos, he logrado mayor consistencia en mi puesta en común.

Hablo de un país donde hay cuerpos quebrados y una grieta donde la ilusión resplandezca sobre el dolor. El hilo secreto es hacer que las partituras que contenga la esencialidad de lo que quiero decir llegue a un ejecutante, al gran concierto, aunque se sangre cuando un violín explote con los destellos de la esperanza.

El tiempo pasa y, sin embargo, la poesía persiste. ¿Qué ha aprendido de la vida a través del poema, y qué cree que aún le falta por decir?

Mostrar el poema es compartir el alma. La imagen me ayuda a apoyar a otros. La vida no alcanza para todo lo que se quiere leer, escribir.

Me gustaría seguir en la indagación para interactuar con muchas personas en territorios asolados y darles voz por medio de mi escritura, o tratar de que ellos tengan voz en mis textos, que me permitan que la poesía comience a nombrar con determinación la paz en mi país.  

Si tuviera que ofrecerle un poema al futuro —a una niña, a un país, a la humanidad—, ¿qué imagen o palabra elegiría?

Mi niña, mi niño, confío en la inteligencia de ustedes. Ustedes nos enseñarán los gestos de los ríos cristalinos donde la sed dé forma a todas las maravillas del universo.

¿Qué opina de la literatura de México, Colombia y Nicaragua? ¿Guarda relaciones particulares? ¿Qué referencias le son importantes?

Siempre he estado enamorada de Juan Rulfo, de Elena Garro. Me atrevo a trabajar con niños Luvina, de Juan Rulfo; logro mostrarles qué tan cerca de nosotros están esos parajes, como los de Elena Garro. Les oriento a que reconozcan sus poéticas.

Rubén Darío estuvo en mis primeras lecturas y lo sigue estando. Me gusta saber de las vidas de los autores, en México tanto Rulfo como Garro; en Nicaragua, Rubén Darío, Carlos Martínez Rivas, son autores esenciales, como los anteriores, porque nos ayudan a entender lo histórico y humano de sus países.

¿Cuál es su mensaje para el público lector de Nicaragua?

Es necesario leernos más, hacer lo posible porque no haya distancias entre nosotros. Que las artes y la cultura sean puentes importantes para que en América Latina se funden motivaciones que borren las fronteras.  

¿Su mensaje final al público lector…?

Una inmensa gratitud. Leernos es el más grande y vital contacto que podemos tener entre humanos.

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