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Caminos del Cristo de la Exaltación

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Caminos del Cristo de la Exaltación

En otro momento nos hemos referido a los cendales, también llamados dentro de la indumentaria litúrgica como mantos de pureza, que son lo que popularmente llamamos sudarios. Es decir, ese pedazo de seda que envuelve la cintura de las imágenes de los crucificados.

Es la señora Juana Margarita Canul May, valor de nuestra cultura municipal, una cuidadosa y especializada artesana que por casi cuarenta años se ha dedicado a la elaboración y bordado de ropa típica, hipiles los cuales, para el infortunio de la cultura, ya no hace. Ahora su arte se centra y especializa en la elaboración de los sudarios, es una convicción, un acto de fe, una promesa de su vida para con la imagen de Cristo y, eso sí, asegura continuará haciéndoles por muchos años.

También nos hemos referido al personal que se encarga de cuidar y limpiar la imagen, que no es algo espontáneo, sino que tiene una larga tradición familiar, porque son las hermanas Martin Doporto quienes tiene la encomienda de velar por la continuidad de este aspecto. Nos hemos ocupado de ello en Cristo Negro de la Exaltación: Ser y trascendencia de una comunidad.

Así mismo, no nos imaginamos la organización que se desarrolla alrededor de la presencia de la imagen del Cristo de la Exaltación, que es una combinación de logística de protección civil local, tradición vecinal, legado y sugerencia de los custodios de la imagen de la vecina localidad de Citilcum.

Hay tantas cosas que decir del Cristo de la Exaltación, tantos elementos que considerar, tantos datos que acopiar, para comprender mejor su paso por los caminos de la tradición, por la historia, por la memoria colectiva. En esta ocasión nos referiremos precisamente al camino por donde transita y es traído para su fiesta, “novenario”.

Antes, pero mucho antes que la carretera Tekanto-Citilcum fuera la carretera intermunicipal 125, fue un camino de terracería, un camino solo transitado a pie, a caballo o en carreta.

Por este camino se salía para alcanzar el transporte de la época que nos conducía a Mérida. Esto fue mucho antes de los años cincuenta. Apenas nacía el siglo, mucho antes de que pasara por aquí el ferrocarril, mucho antes de que las personas tuvieran la necesidad de salir del pueblo, porque la comunidad era autosuficiente y solo algunas personas, por necesidades del intercambio comercial, se aventuraban más allá de El Cabo.

No tengo los datos a la mano, documentos, registros o testimonios. Escribo por intuición y quizá acierte. Solo cuento con alguna noticia, referencia, que en su momento compartiré. Pero también escribo lo que pienso porque así, palabras más, palabras menos, ha sido la historia de los pueblos y de las sociedades y sus economías.

En anteriores colaboraciones comentamos que este camino es un ramal, o una antigua vía que se separaba de lo que era el antiguo camino maya, sacbé, que comunicaba a Izamal con Aké, pero que conforma un tramo mucho más extenso, y que en su totalidad comprende de Puerto Morelos, en el estado de Quintana Roo, hasta la ciudad de Mérida. Otro detalle: la calle que se vuelve la carretera intermunicipal o interestatal número 125, tanto en Citilcum como en Tekantó, es la número 20, una referencia que hay que analizar y comparar, por si es casualidad o referencia lógica sobre las  nomenclaturas.

Pues bien, este es un camino antiguo y nos apegamos a la referencia más conocida: el libro que dictó el Comisario General de la Orden de San Francisco, el padre Fray Alonso Ponce, quien cita y menciona que, después de su salida de Izamal, un grupo de indígenas a caballo lo salió a recibir a un cuarto de legua antes de llegar al pueblo, es decir a un kilómetro del pueblo. Era el 7 de agosto de 1588.

De manera destacada, señala que estas personas, estos naturales, montaban a caballo, cuando sabemos que en la capital del virreinato estaba prohibido para los naturales la utilización de esta bestia. El documento al cual nos referimos es la Relación Breve y Verdadera de Algunas Cosas de las Muchas que Sucedieron al Padre Fray Alonso Ponce en la Provincia de la Nueva España, obra comentada por Miguel Civeira Taboada en un libro que editó la Universidad de Yucatán en 1977 intitulado Yucatán visto por Fray Alonso Ponce, 1588-1589.

Entonces surge la visión de los caminos y brechas que a su vez se desprenden de este camino, sendas que no tienen mayores señalamientos, que se internan en los montes, y que nos conducen a lugares donde las personas desarrollan diversos trabajos.

Nadie guarda o lleva cuenta de los años y las veces en que el Cristo se detuvo ante estos caminos y se celebraba una misa, una oración, para pedir por la bendición, el rendimiento de los humanos esfuerzos diarios, o recoger los frutos de la modesta empresa familiar.

Quizá haya personas que todos los años acompañen el Cristo en su recorrido y aun no sepan por qué se continúa, en algunos casos, o a qué se debe, esta tradición.

El Cristo hoy en día se detiene en la planta desfibradora “Manuel Villamor”. Luego, ante un pequeño oratorio rústico de mampostería y palmas de huano, Xcatzin, que es aún de la familia Avilés, en donde perdura el recuerdo de celebraciones donde se armaba un kaxbiche, es decir un ruedo de toros provisional para el baxal toro, una especie de sano e inocente juego juvenil y corrida.

Revisando las distancias, nos encontramos con que siempre nos han dicho que de Tekanto a Citilcum hay siete kilómetros, y realmente no sabemos dónde inicia y donde concluye esta medición: si de las respectivas salidas-entradas de los pueblos, o cuál es la referencia o punto de partida y final. Pero, sorprendentemente, haciendo la respectiva medición, los siete kilómetros caben de puerta a puerta de los sendos templos de San Agustín y del Cristo de la Exaltación. Puede ser este un antiguo modo de medición. Nadie dudaría en este momento que los templos son referencias culturales para nuestros pueblos y la humanidad.

El Cristo continua su recorrido y sus portadores se detienen ante una brecha que conduce a la ex hacienda San Diego Rodríguez; luego, ante otra entrada que corresponde a los planteles de la finca Santa María, y últimamente en un antiguo anexo, San Pedro, que muchos recordamos porque alguna vez lo visitamos y entonces existía una construcción abandonada, canales de riego de mampostería y un pozo.

Todo lo anterior nos parece significativo, aunque para algunos no indique más nada, o es imperceptible. Es decir, un detenerse, un alto en el camino, nos puede parecer un simple descanso o una sustitución de portador, pero tiene una razón de ser, aunque quizá solo para el interesado.

Todo estos movimientos y altos en el camino, y principalmente la estancia en el pueblo, sus salidas a las capillas y procesiones, quedan pactados y registrados en el acta que se elabora el día en que se acude a pedir al Cristo, que es un mes ante del Recibimiento de la imagen, es decir a mediados de octubre. Coincidentemente, en Izamal por esta fecha se recibe la imagen del Cristo de Sitilpech.

El Cristo llega a la entrada del pueblo, donde reposa y ello nos permite reflexionar, dada la historia y las leyendas que se cuentan, acerca de la ceiba de El Cabo que es y fue, pues en el transcurso de los tiempos ha mudado: árbol símbolo, árbol guardián, centinela, patíbulo, árbol de horca y cuchillo.

Quizá todo ello se pierde en el cómputo de los años incalculables, o del tiempo sin memoria, o del tiempo que se ha perdido y del cual no hay registro.

Recordemos que a la entrada de las comunidades se plantaban ceibas. Aquí no fue la excepción; quizá la que hoy vemos es muy joven, pero antes hubo otras. Quizá donde hubo otra, hoy se levanta la capilla de San Román; esa murió o fue cortada para erigir el adoratorio.

Nos parece también simbólico que la carretera divida y al mismo tiempo, en direcciones encontradas, se encuentren dos emblemas: uno el espacio consagrado al culto católico y cristiano, y otro el árbol, residencia y paraíso, lugar donde los espíritus mayas van a descansar de los días y los trabajos de este mundo. Espacio cargado de religiosidad y sincretismo sin par.

Recuerdo una conversación con un joven que me indicaba que, cuando piensa en este camino, recuerda un sueño recurrente, un sueño en la cual se mezclan caminos, sendas misteriosas con un cementerio a la vera, caminos que descienden a hondonadas y terrenos accidentados, quizá un camino paralelo y mágico a este camino del cual no hay vuelta o retorno. Así lo recordaba.

“Algo, algo” -le comenté- “ha de significar ese sueño, no tiene desperdicio.” Quizá son las visiones de las palabras de los abuelos, o la memoria que se ha quedado en la sangre y que cada determinado tiempo vuelve.

Releer, repensar, reflexionar sobre toda esta tradición comunitaria nos ayudará a desentrañar el significado y la profunda importancia de esta fecha en el corazón de los vecinos.

Finalmente, el próximo día 15 de noviembre nos reuniremos y recibiremos, seremos testigos visuales y sentimentales de un hecho que se repite pero que nunca es igual porque – estamos convencidos – estamos ante lo que es nuestro patrimonio cultural, en todo el sentido de la palabra.

Juan José Caamal Canul

Nota:

Las fotografías que acompañan este reportaje, salvo donde se indique lo contrario, provienen de la revista “Diario de campo. Boletín interno de los investigadores del área de antropología, del INAH. No. 48”, de octubre de 2002 y son imágenes captadas por Carlos Cáceres Navarrete.

La citada revista menciona en una nota que “estas fotografías son una parte importante de la actividad académica y humana. Estos materiales están en una gaveta cerca de su mesa de trabajo. El material gráfico ha sido tomado por el maestro Navarrete a lo largo de sus andanzas arqueológicas y etnográficas, y refleja parte de su trabajo publicado, en proceso o inédito, tanto en México como en Guatemala.”

Firman dicha nota Gati Navarrete Hernández y Elsa Hernández Pons.

¿Quién es el autor de las fotografías? Citamos una reseña biográfica redactada por Sofía Mireles Gavito, cronista de Tonalá, Chiapas:

Carlos Alberto Navarrete Cáceres es arqueólogo, antropólogo, historiador y escritor guatemalteco, radicado en México desde 1952. Nació en Quetzaltenango el 29 de enero de 1931. Se trasladó a la Ciudad de México e ingresó a la Escuela Nacional de Antropología e Historia para estudiar arqueología durante el periodo de 1952 a 1957, luego realizó estudios de maestría en Ciencias Antropológicas en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en 1965 y en esa misma facultad concluyó el doctorado en Antropología en 1976.

Se ha destacado como un gran estudioso de la cultura maya y zoque, en particular de la arqueología e historia antigua de los pueblos de Chiapas y Guatemala.

Ha desarrollado su carrera profesional en México, siendo investigador en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Estudioso de la cultura popular chiapaneca y guatemalteca, ha escrito varios ensayos importantes al respecto, de especial interés se destacan sus investigaciones sobre el Cristo Negro de Esquipulas, El Cristo Negro de Tila; San Pascualito Rey y el Culto a la Muerte en Chiapas (UNAM, 1982).

Lo anterior nos permite inferir que Carlos Navarrete es un estudioso del culto a los Cristos negros, que en Mesoamérica se han difundido.

Estas fotografías forman parte de su trabajo de investigación en el sitio de los hechos. Acudió un 15 de noviembre de finales de los años ochenta y captó las imágenes, pensamos, para enriquecer su trabajo, para documentar este culto entre mexicanos, yucatecos y tekantoeños para más señas, y encontrar puntos de coincidencia y variación entre los distintos pueblos y comunidades que guardan este valor cultural. Este trabajo formó o forma parte de algún trabajo de investigación. Todo aquel que emprenda el estudio y explicación de esta tradición de los Cristos negros, necesariamente tiene que recurrir a las obras de este autor. A nosotros nos causa grata sorpresa, y compartimos las imágenes de una tradición de nuestro pueblo [JJCC].

La entrada de un camino a alguna parte. Estas sendas concluyen en una finca o plantación. Los vecinos acostumbran pedir que la imagen del Cristo se detenga, como una manera de que la presencia, colme de bendiciones el lugar de trabajo, fuente de subsistencia de una familia o un grupo de campesinos. (Foto de Juan José Caamal Canul)

La entrada de un camino a alguna parte. Estas sendas concluyen en una finca o plantación. Los vecinos acostumbran pedir que la imagen del Cristo se detenga, como una manera de que la presencia, colme de bendiciones el lugar de trabajo, fuente de subsistencia de una familia o un grupo de campesinos. (Foto de Juan José Caamal Canul)

El Cristo de la Exaltación, a la salida de su capilla en Citilcum, comienza una marcha de siete kilómetros. La comunidad de Tekanto le acompaña en estas cinco horas de alegría y tradición ancestral (Fotografías de Carlos Cáceres Navarrete, opus citatus)
El Cristo de la Exaltación, a la salida de su capilla en Citilcum, comienza una marcha de siete kilómetros. La comunidad de Tekanto le acompaña en estas cinco horas de alegría y tradición ancestral (Fotografías de Carlos Cáceres Navarrete, opus citatus)
Los vecinos observan a los portadores y custodios colocar la imagen del Cristo a su base. La imagen fue captada en las inmediaciones de El Cabo, en la cercana finca de san Pedro. En unos minutos más la fe desbordará los corazones de la comunidad cristiana y creyente. (Fotografía de Carlos Cáceres Navarrete, op. cit.)
Los vecinos observan a los portadores y custodios colocar la imagen del Cristo a su base. La imagen fue captada en las inmediaciones de El Cabo, en la cercana finca de san Pedro. En unos minutos más la fe desbordará los corazones de la comunidad cristiana y creyente. (Fotografía de Carlos Cáceres Navarrete, op. cit.)
En primer plano el Cristo de la Exaltación. Los vecinos esperan antes de levantarlo y llevarlo hasta la capilla de san Román, una tradición que ha permanecido por muchos años y que continúa fortaleciéndose en la comunidad. (Fotografía de Carlos Cáceres Navarrete, op. cit.)
En primer plano el Cristo de la Exaltación. Los vecinos esperan antes de levantarlo y llevarlo hasta la capilla de san Román, una tradición que ha permanecido por muchos años y que continúa fortaleciéndose en la comunidad. (Fotografía de Carlos Cáceres Navarrete, op. cit.)

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