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CAPÍTULO 30
El Avispero
Así como el pueblo se iba transformando a pasos agigantados, cambiando o perdiendo muchas cosas físicas y materiales que conocimos en nuestra niñez, así también cambió en otros sentidos y otros aspectos. En ese cambio también habían desaparecido, como era lógico y natural, algunas de las costumbres de aquel entonces, las costumbres de los abuelos y de los padres, nacidas en un ambiente de quietud apacible, en un ambiente de tranquilidad, costumbres que se rompían antes de llegar a la nueva generación de hijos, a quienes les tocaba presenciar el cambio.
Una de aquellas viejas y bonitas costumbres desaparecidas, y que por tantos años había perdurado en el pueblo, era la infalible reunión que noche a noche, después de la cena con el espumoso chocolate casero y el rico pan provinciano, tenía su asiento en una de las esquinas de la plaza principal, precisamente en la esquina donde se hallaba situada la casa de mis abuelos paternos, Indalecio Lara Toraya (hijo de Benigno Lara y Juana Toraya) y María Concepción Barrera Lara (hija de Demetrio Barrera Cámara y Dolores Exiquia Lara Sánchez).
Era la reunión de las personas mayores. La reunión de nuestros padres y los que todavía quedaban de las generaciones anteriores a nuestros padres, que fueron probablemente los iniciadores. Era una costumbre de varias generaciones. Así que, desde que la tarde entraba a su ocaso, que era más o menos cuando las faenas de la casa habían quedado listas, uno a uno iban llegando los tertuliantes a la ya citada esquina, donde ya cómodamente instalados en sus sillas los esperaban los hermanos de mi padre (Demetrio), Benigno, Indalecio y Rodolfo Lara Barrera. Eran ellos los que vivían en aquella casona en compañía de nuestra abuela y de sus familias. Así quedaba reunido el numeroso grupo.
En la amplia pieza que formaba la esquina, mi abuelo había tenido una tienda que fue cerrada a su muerte. Allí quedaron mostradores, anaqueles, sillas y todo cuando formó parte de la propia tienda. Era ya una pieza que prácticamente no se utilizaba, y de esa pieza iban saliendo las sillas y las bancas, a medida que el grupo se iba incrementando.
Una de las puertas se abría desde temprano, así que cada contertulio, a su llegada, y sin tener que pedir permiso alguno, porque ya era la costumbre, se encargaba de sacar personalmente su asiento y lo instalaba donde mejor le acomodase. Bien pronto aquella reunión quedaba convertida en un amplio círculo, ocupando no sólo la acera, sino también buena parte de la calle.
Nuestro pueblito carecía de tráfico motorizado que pudiese causar algún problema a los que andaban en el arroyo. Así que se conversaba libremente. Se comentaba de la política, de las finanzas del pueblo, y de cualquier tema de actualidad, escuchado a través de las noticias radiofónicas. En ese entonces, era el único medio de comunicación con que contaban para ese tipo de noticias. Todavía andábamos bastante incomunicados para que pudiesen llegar en forma oportuna periódicos y revistas informativas, o solo llegaban a muy contados suscriptores, que solían recibirlos con algunas semanas de retraso. Más o menos de la misma forma en que se recibía la esporádica correspondencia.
Por fortuna, los contertulios de aquella esquina no necesitaban de los periódicos ni de la correspondencia para gozar de sus reuniones noche con noche: todos los días podían obtener noticias de fuera para sus comentarios. Eran abundantes los temas locales para proporcionarles largas y sabrosas horas de plática. Se hablaba de faenas campestres, de ganado, de las siembras en los campos y en las milpas y de mil pequeñas cosas más que, aunque quizá insignificantes en apariencia, resultaban de mucho interés para aquellos que las conocían a fondo, para aquellos que no solo las conocían, sino que las consideraban parte de su propia vida. Eso era más o menos “El avispero”.

Raúl Emiliano Lara Baqueiro
[Continuará la próxima semana…]





























