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Onírico Referencial

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Letras

JORGE PACHECO ZAVALA

Salté de un risco altísimo y caí parado sin podérmelo explicar; una serpiente trató de morderme, pero hábilmente me libré de ella; y justo al amanecer un hombre con el rostro pintado me hablaba en un idioma que yo jamás había escuchado, y, sin embargo, entablaba con él una conversación fluida y natural. Me di la vuelta con prisa y lo dejé con la palabra en la boca, debía salvar no sé qué cosa o no sé a qué persona, y para ello debía atravesar corriendo un hospital destruido por la guerra; en mi mano, un revólver 38 super que pesaba de tal forma que mientras corría por los pasillos en ruinas debía cambiar de mano, al hacerlo, en vez de un arma llevaba una antorcha. Ya oscurecía. Al fin salí de aquel espantoso lugar, solo para encontrarme con un sujeto que decía conocerme de mucho tiempo atrás. Yo le preguntaba: “¿De la escuela?” Pero él negó con la cabeza, al tiempo que se descubría las dos cuencas deshabitadas de sus ojos; yo metí un dedo en uno de los agujeros y le pregunté: “¿Recuerdas a Jesús?”

Para entonces ya era tarde, me di cuenta de que la habitación donde nos hallábamos era mi habitación de niño y estaba en llamas; quise gritar para pedir ayuda, pero el temporal de cielos cerrados color plomizo me recordó que en mi linaje había habido una princesa enclaustrada en un castillo; desde la lejanía del tiempo y del espacio podía escuchar gritos débiles que, a causa de todo el tiempo sin libertad, habían ido menguando en su fuerza. El tipo pintado de rojo me impedía salir de aquel lugar; yo intentaba caminar, pero su dedo índice me detenía, mientras displicentemente se tomaba un café en un lugar concurrido que solo estaba en su mente. En mi lucha por avanzar, el piso comenzó a desprenderse, capa tras capa; yo desfallecía  a causa de la preocupación por las capas más profundas y más calientes;  alguien me susurró al oído: “Deja de pretender,” y de inmediato todo quiso tener sentido; la atmósfera estresante había cambiado y ahora el que tomaba café era yo; pero en mi mente la imagen de la princesa seguía intacta, debía ir a… era el cruce de dos avenidas que desembocaban en una plaza; como siempre que soñaba este escenario, no tenía idea de dónde  me encontraba, pero las reminiscencias ayudan, y ese era un viejo y vago recuerdo onírico en el que me veía cruzando unos pórticos; de ahí, todo era más claro, tan claro que aún el sueño más funesto parecía tener esperanza de construir otra realidad…

Me pareció despertar del sueño como si hubiese trabajado toda la noche. Un cansancio exagerado me poseía. Me vi sentado en la orilla de mi cama. Contemplaba entre mis manos una daga antigua con grabados raros en un lenguaje extraño; no sé cómo, pero sabía que la daga había sido usada para sacrificar a mujeres vírgenes de color. Ahí, en la pequeña greca delicadamente tallada que rodeaba el mango, yacía una leve mancha de sangre seca; era un patente recordatorio de que yo, sentado al borde de la cama, aún no entendía nada de la realidad manifestada por medio de los sueños…

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