Inicio Cultura Cuando la suerte te sigue los pasos

Cuando la suerte te sigue los pasos

49
0

Visitas: 1

Letras – Desde Nicaragua

Marvin Calero

La mañana transcurría bajo una niebla semidensa cerca de la antigua mina de La Esmeralda. Más de cincuenta años después que Alfonsino Duarte abandonara la Casa Blanca para ir hacer vida en la Comarca La Gorra, Zelaya Central, en el Caribe de Nicaragua, el paisaje era otro: cincuenta años de «Chontaleñización» cambiaron los bosques vírgenes en potreros, y muchos de los cerros existentes habían sido digeridos por la minería y la demanda mundial de oro.

En la lejanía, la maquinaria de una trasnacional extraía, a velocidad de una bestia de acero, broza con contenido de alta calidad aurífera. Los mineros, a partir de los años 80, se habían organizado en cooperativas para obtener beneficios comunes en las tierras que, bajo acuerdo, les eran cedidas para continuar con más de ciento cincuenta años de tradición minera en la Libertad, Chontales.

Armando Lazo pasó los primeros años de su vida, como hijo de los peones, en una de las fincas ganaderas que se ubican al este del pueblo, en la comarca Zapote de oriente, mejor conocida como San Miguel, que lleva el mismo nombre del río; la zona es rica en oro y plata. De niño, Armando no fue a la escuela porque este era privilegio exclusivo de los hijos de los patrones. Aprendió a usar eficazmente el machete, a ordeñar incluso las vacas de tetas más duras, a trabajar animales tercos en las ferradas. De muchacho, nunca llamó la atención. En los pueblos se tiene la costumbre de nombrar a los trabajadores como propiedad de los patrones; Armando simplemente era conocido como el hijo del trabajador de Miguel Lazo González.  Los muchachos en estos pueblos mineros aprenden —desde temprana edad— además de trabajar con el ganado, a trabajar como ayudantes en los túneles de la pequeña minería.

Al pasar los años, llegó a ser ayudante de minería por ciento cincuenta pesos, sin seguro social, ni aguinaldo ni vacaciones, y sin sindicato que defendiera sus derechos laborales. A lo largo de sus años como trabajador minero, miró a muchos de sus amigos y conocidos morir en los túneles por los derrumbes, consecuencias de la inestabilidad del suelo.

Uno de ellos fue Fernando Aguilar.

—Traigan la retro —dijo Ernesto a los muchachos que laboraban en la zompopera, un sitio exclusivo para los cooperados donde libremente pueden hacer sus túneles y jugar su suerte.

Al rato, se miró la retroexcavadora asomarse por la carretera nueva que atraviesa perpendicularmente con dirección a Santo Domingo.

—¿Dónde fue el derrumbe? —preguntó el conductor de la retroexcavadora.

Al instante, los cooperados unieron esfuerzo por sacar el cuerpo sin vida de Fernando Aguilar, la víctima número cinco del año que dejaba en la orfandad dos niños menores de cinco años, sin el cobijo de un seguro que les permitiera un mejor futuro. Dejaba en la viudez a una mujer de 24 años que apenas logró promocionarse de sexto grado.

Luego de unir esfuerzos, sacaron el cuerpo asfixiado de la víctima del derrumbe. Armando Lazo, de 36 años, llevó por una de las piernas al ahora occiso, mientras los demás compañeros los sostenían por los demás miembros.

+++++

Esa noche, acostado en la tijera, después de la vela comunal y el llanto tristísimo de los niños motitos, la esposa de Armando Lazo, la Cándida, se abrazó al pecho de su marido.

—Armando…

—Qué, Cándida.

—¿Ya te dormiste?

—Pues no, ¿para qué preguntas?

—Quería hablar con vos.

—¿Sobre qué, Cándida?

En la rancha humilde de Armando y la Cándida, forrada con ripios de Palo de agua de lo que sobra de la madera de las galerías, una ráfaga de viento entró y sacudió la vela que estaba a un costado de la tijera donde dormían.

—Armando, es que me da miedo ese trabajo que vos tenés.

—¿Miedo de qué, Cándida?

—Pues de que estirés la pata como el pobre Nando, ya ves que dejó dos motitos, sepa Dios que suerte van a tener.

—No mujer, si nosotros enchiqueramos bien el hoyo, además que solo palo de agua usamos.

Cándida miró el escepticismo de su esposo. Esa noche no durmió con tranquilidad. Los gallos de la madrugada le avisaron el momento de levantarse y moler el maíz en máquina. Echó las tortillas en el comal que recibió como única herencia de su abuela.

—¡Qué rico que huele! —dijo Armando, mientras se abrochaba la camisa.

En la humilde mesa de laurel estaba servido el desayuno: tortillas calientes, cuajada, gallopinto y crema, acompañado por una taza de tibio con leche.

Ese día, Armando Lazo sintió que el estómago se le había aflojado, pero no puso mente, se fue a trabajar como ayudante en la zompopera.

—¿Qué tenés, Armando? —le dijo Roberto, su hermano—. Te miro verde y pálido.

—No sé, Roberto, toda la mañana he pasado así, y con unos movimientos en el estómago como si anduvieran corriendo una manada de mulas.

—Andáte temprano hoy, hombré, no vaya a ser y te cagués dentro del hoyo —le dijo Roberto a su hermano en tono de burla.

A las tres de la tarde, de ir y venir, el pobre Armando ya se miraba con ojos hundidos, y la diarrea nada de quitársele; salió a las cuatro del trabajo, venía solo, por el camino real, cuando le entraron fuertes ganas de hacer sus necesidades. Buscó una burra de monte y entró, mientras el retorcijón hacía de las suyas; para distraerse un poco, tomó un pedacito de madera que estaba tirado y lo hizo en forma de punta, comenzó a cavar algunas dos pulgadas y encontró un trozo de cascajo, lo arrancó con la punta de madera y se lo echó en la bolsa de la camisa, con el propósito de muestrearlo. Se fue para su casa y la Cándida le preparó una limonada para contenerle la diarrea.

Pasaron varios días en la cotidianeidad de sus vidas. Al fin recordó el pedacito de cascajo que había extraído, lo miró por varios minutos sin ponerle mucha mente, mientras escuchaba el juego de beisbol en la radio. Al fin, se decidió por ir a muestrearlo; sacó un cacho, un mazo y una pana de agua; tomó la piedra y la golpeó suave hasta convertirla en polvo, para luego depositarlo en el cacho que estaba partido por un lado en forma de canoa; comenzó a triturar el polvo con el dedo gordo de su mano derecha, y finalmente calculó el porcentaje de oro. Al instante se asustó, llamó a la Cándida.

—¡Cándida, Cándida, vení, ven, mujer!

La Cándida llegó asustada, pensando que algo malo le había ocurrido a su marido.

—¿Qué te sucede?

—Mirá la ley de esta muestra, mujer.

—Ve, pues, no miro nada.

—Mirá, mujer, paga doscientos gramos por tonelada, ya la hicimos y sin jodernos mucho. Anda rápido, llamá a Roberto.

+++++

Ese día, Armando y Roberto no pudieron dormir de la alegría. No esperaron a que el gallo cantara y se fueron a explorar el sitio: encontraron un hilo de oro rico que pagaba doscientos gramos. Al mes, trasladaron la broza a una arrastra en el pueblo de La Libertad, 10 toneladas de broza. Ahí estuvieron por cinco días, al destapar la arrastra, recogieron el mercurio y todo el oro, lo llevaron a refogar y a fundir. Sacaron 2000 gramos de oro de 18 kilates, les dieron un millón ochocientos mil córdobas. Aquellos pobres hermanos macheteros del pueblo, analfabetas, en poco tiempo eran los dueños de la finca donde nacieron como peones en la zona del río San Miguel.

El día de hoy, los hermanos Lazo son de los más ricos del pueblo, cada quien tiene su camioneta del año, sus motos, buenas casas en el centro del pueblo. Para más de las suertes, don Miguel Lazo González, el patrón, nunca se dio cuenta que en la finca pasaba una veta de oro al otro lado del río, toda la vida pasó sentado en oro, aguantando cada invierno el golpe de leche y el precio bajo del ganado. Parece que los hermanos Lazos tienen una habilidad extraordinaria para detectar minas de oro.

—No tener miedo es la clave del éxito.

—¿Cómo así?

—La gente abandona sus sueños cuando llegan las dificultades. Nosotros, por el contrario, bajamos diario a más de 50 pies de profundidad.

—La suerte no es para todos —me dijo la tarde que me contó su historia, sentado a la mesa en un sillón, en el corredor de la finca de la Virginia.

El aire traía humedad de brisa, las vacas pastaban en la plazuela.

Mientras nos tomábamos una sopa de albóndiga de gallina de patio, observaba la mina que recién comenzó a explotar al otro lado del río San Miguel.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.