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Letras

VI
Con esa figura de tenor italiano que se gastaba, así de enorme y guapote, bien podríamos haberlo llamado Vittorio; pero, contraviniendo a su anatomía, a todos nos brotaba decirle Chapita a Víctor Hugo Chapa Martínez porque, inadvertidamente, solemos pronunciar en diminutivo el nombre de la persona por la que sentimos cariño.
Cercano a nuestra familia desde adolescente, se adentró en nuestros corazones de manera fácil, no sabría decir si por su prematura madurez, por su imborrable sonrisa, por su pulcritud en el vestir, o por la ráfaga de agua de colonia fina que testimoniaba su presencia.
Sus amigos simplemente le querían: Gabriel Martínez, Guillermo y Luis Emilio Fernández de Jáuregui, Roberto Ramírez, Víctor de Anda, Francisco Mortera, Santiago Sáenz, Luis Alfredo Buerón, Juan Leonardo Sánchez Bello. Todos ellos, conscientes de las condiciones de salud de Chapita, adoptaban el rol de hermanos mayores cuando salían de viaje en sus vacaciones. Antes de organizar cualquier plan de paseos, imprimían un mapa con la ruta trazada del hotel donde se hospedarían hasta el hospital autorizado por su médico, para aplicarle el tratamiento de diálisis en fechas indicadas. En esas ocasiones, cada uno, por turno, permanecía a su lado, pendiente de su reposo, y a la mañana siguiente salían a divertirse como los felices chamacos que fueron.
Emocionado, un día Chapita comunicó que había quedado en lista de espera para un trasplante y con mucha ilusión presumió, adaptado al cinto, el beeper que daría la señal de la donación, momento para el cual deberían de estar prestos a llevarlo inmediatamente al hospital, en Laredo, Texas. Fue pasando el tiempo, los amigos se graduaron, comenzaron a trabajar y algunos se casaron pronto.
La familia Chapa-Martínez estableció su residencia definitiva en Laredo, donde él continuó sus estudios universitarios por etapas, pues había semestres en que su salud mermaba y otros en los que reponía materias con renovado optimismo, sin asomo jamás de velo alguno que ensombreciera su juventud.
El beeper sonó una tarde. Familiares, amigos, conocidos, se movilizaron a establecer cadenas de oración para que la intervención quirúrgica resultara un éxito, y así fue. Su restablecimiento fue asombroso y después de un tiempo prudente comenzó a trabajar. Su habilidad en los negocios y su agradable carácter contribuyeron para hacer de él un ejecutivo de éxito durante varios años.
Tengo la impresión de no haber conocido antes padres y hermanos más amorosos que los Chapa, ni muchacho que inspirara tanta admiración por los sentimientos generosos que prodigaba en cualquier circunstancia, por adversa que ésta fuera. Cuando disfrutaba ya de magnífica salud, tuvo la desdicha de perder a su madre, pero en medio de las tribulaciones no demostró quebrantamiento de ánimo pues decía haber adquirido mayor responsabilidad como compañero de su padre.
Considerado el más formal del grupo, Chapita convocaba a las reuniones anuales. Hace dos semanas convocó de nuevo a los amigos, con el llamado de su repentino fallecimiento. Internado para un chequeo de rutina, con su buen humor acostumbrado dio las buenas noches y sin más, se retiró a dormir el sueño de los justos.
En el velorio se percibió solidaridad y afecto. El cortejo partió hacia la iglesia de San Martín de Porres a las once de la mañana. Cuando llegamos, don Javier estaba en el jardín, bajo la sombra de un árbol. Nos acercamos a abrazarlo y con entereza comentó: «Aunque Juanleo no haya podido estar presente, asentamos en el álbum su nombre como padrino.» Nos apresuramos a informarle que nuestro hijo y Luis Emilio se habían reunido en Dallas para hacer el viaje juntos y que habían llegado en la madrugada para estar presentes en la misa. En ese momento Juanleo se acercó a darle el pésame. «Sabía que no le fallarías a Víctor y te anotamos para que, con los demás muchachos de la prepa, carguen el ataúd» dijo don Javier, dando muestras de agradecimiento y, desprendiéndose de su clavel blanco, lo colocó en la solapa del saco de Juan.
En tantos años de asistir a misas de réquiem, jamás había escuchado un redoblar de campanas en señal de duelo. Gemían largamente, con gravedad, marcando dolorosas pausas en tanto las pisadas de los veteranos de la Orden Caballeros de Colón, arrastraban un pesar envuelto con capas, bonetes y plumas. Un redoble, los Caballeros formando valla; otro redoble, los Caballeros elevando sus espadas a la altura de la frente; otro redoble y aquellos lejanos adolescentes hacían el recorrido hasta el altar, sosteniendo una vez más, pero en forma diferente, a su entrañable amigo.
La misa fue concelebrada por cuatro sacerdotes quienes se expresaron con mucho respeto de Víctor Hugo Chapa Martínez, treinta y seis años, al que hacía poco habían otorgado grado en la hermandad colombina, de la que era el miembro más joven. Terminada la liturgia nos encaminamos al panteón, donde se pronunciaron palabras de despedida. Los «muchachos de la prepa» depositaron sus claveles sobre el féretro y se alejaron a otro sector de los jardines, para dejar a Chapita únicamente con su papá y sus hermanos.
Gabriel, Memo, Lúe, Robe, Víctor, Panchito, Chago, Freddy y Juanleo, conmocionados ante la repentina pérdida y acatando las debidas normas después de los honores tributados a su compañero, se abstuvieron de manifestar algo que hoy dejo por escrito en nombre de ellos: ¡A la bio, a la bao, a la bim, bom, bao, Chapita, Chapita, ra, ra, raaaaa!
Paloma Bello
Continuará la próxima semana…





























