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César Ramón González Rosado
Era el Día de Muertos…
Entonces cavaron un hoyo grande y profundo, pusieron leña verde en el fondo y piedras encima.
La resina de la madera ardió con lengüetadas de fuego, como si los mismos demonios hubieran abierto la puerta del infierno. Al consumirse la leña, quedaron las piedras al rojo vivo, y encima colocaron las latas con los mucbilpollos que taparon con hojas de plátano, pitas de henequén y paletadas de tierra encima, como si hubiesen enterrado a un muerto.
¿Te acuerdas…?
Algo raro pasó que esa vez no supieron calcular el tiempo, o fue que a lo mejor las piedras estaban demasiado calientes… y se quemaron los pibes. Cuando quitaron la tierra para ver si estaban cocidos, ¡oh sorpresa! ¡Todo estaba chamuscado, negro como el carbón!
La tía Mechita desesperaba: – “¡Los invitados difuntos llegarán pronto! ¡Hay que rezar el Rosario! ¿Qué van a comer nuestros difuntos si los pibes están quemados…?”–. Y se tronaba nerviosa los dedos…
“¡Ni modo de hacer otros con tan poco tiempo! ¡La masa y el kóol se han gastado, la manteca y el achiote también, de las hojas de plátano y del epazote no queda nada!”
La tía Mechita se puso a llorar como el diluvio y sus lágrimas formaron un gran charco junto a ella. Con ojos de tristeza pedía perdón a las santas ánimas: “¡Por lo menos quedan el tanchucuá, los izhuaes y los pibinales!”.
¿Te acuerdas…?
A don Pancho Ek, el retranquero de la estación del tren, le echaron la culpa: dijeron que no calculó bien el fuego de las piedras, que fue demasiado.
El Rosario transcurría: –“¡Ánimas del purgatorio…! ¡Rogad por ellas…! Que Dios las saque de pena y las lleve a descansar.” – Y la tía seguía llorando y sus lágrimas escurrían como un arroyo por el declive del piso.
Don Pancho, sintiéndose culpable por la quema de los pibes, apurado raspaba y raspaba con un cuchillo el hollín de algunos, con la esperanza de salvar algo.
Pero todo fue inútil…
“Arca de la Alianza… Rogad por ellas”, seguía el Rosario.
“¡Doña Mechita! ¡Doña Mechita!”, gritaron al mismo tiempo algunas mestizas del servicio. “¡Venga a ver! ¡El altar está lleno de pibes! No sabemos quién los trajo. A lo mejor fueron las vecinas, que supieron que se habían quemado los nuestros.”
Mechita se secó los ojos, brincó el charco de sus lágrimas para no mojarse los pies, y presurosa corrió a ver lo que parecía ser un milagro. Dijo: “¡Tendré que agradecer a mis vecinas su generosidad por regalarme tantos pibes para mis muertos!”
¿Te acuerdas, hermanito…?
Entonces sonreímos con picardía de muchachos y nos sentamos a la mesa con los abuelos, también difuntos.
La tía se puso feliz, aunque nunca supo lo que pasó, pues las vecinas negaron que ellas hubieran sido las autoras del milagro, pero sí que habían desaparecido en forma misteriosa algunos mucbilpollos de sus altares.
VOCABULARIO
Mucbilpollo: Pib






























Genial!
Muy al estilo de Rulfo o García Márquez