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V
‘Shinobi-no-mono’. La sola mención de este nombre asustaba a los pobladores de Japón. Se decía que los Samurái eran mejores guerreros, que en un combate cuerpo a cuerpo los Shinobi no tenían oportunidad, pero estos no estaban sujetos a ningún código de honor: utilizaban cualquier estrategia que les permitiera eliminar a sus enemigos’ – AYUMI KOIZUMI, Cronista
Chieko recibió excelentes noticias de parte de Sumire: Su astuta agente había conseguido un contrato monumental que aseguraba una fortuna de euros para ambas. Además, halagó su avance calificándolo como: “Lo mejor que has escrito hasta hoy. No cabe duda que la raíz familiar de tus ancestros asesinos ha motivado tus máximas capacidades como escritora, guionista, investigadora porque, déjame decirte amiguita, que las referencias históricas harán gozar a los lectores. No te enamores por ahora. Terminemos esta obra maestra para tener el suficiente capital para retirarnos si así lo deseamos… Es broma, pero sí podríamos tomarnos uno o hasta dos años sabáticos, ¿te imaginas? Viajar a donde se nos pegue la gana, conocer celebridades, supervisar la adaptación de la serie de televisión; por supuesto, la película, la secuela del libro, los cómics, los audiolibros, DVDs… A trabajar, preciosa. Te extraño mucho, corazón, pero no quiero verte hasta que tengas listo todo el libro, lo cual será en octubre. Te adoro.”
Chieko decidió tomarse unos días de descanso. Aprovecharía aquella isla para relajarse e inspirarse con su aroma, su ritmo, su gente. Aquella esencia era la que le permitía navegar por los mares de la imaginación.
Lo que Chieko no sabía era que, en Tokio, su socia estaba por recibir una visita inesperada. Pero no sería en su lujosa oficina, sino en su departamento, ubicado en el oeste de la capital nipona, en el distrito de Meguro.
Cuando estacionó su Lexus en la cochera, cerca de las 10 de la noche, solamente pensaba en darse un baño de espumas, cenar algo ligero y tirarse a ver dos películas. Antes de siquiera poder cambiarse, volvió a tomar el avance del libro. Aunque ya lo había leído, decidió deleitarse con un pasaje que fue de sus favoritos.
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Mitsu e Hiraku llevaban semanas planeando la estrategia para ingresar al castillo del Shogun Rokuro Akiyama, señor de Hakodate, ubicado en la isla de Hokkaidō. Aquella sería una misión mojada: no había otra manera de llegar sino a través del río Toyoshira. Además, allá imperaba el clima húmedo, el invierno estaba cerca y en esa zona incluso nevaba, así que debían partir cuanto antes.
Tras estudiar toda la información proporcionada por los espías shinobi, comprendieron que la principal complicación era encontrar la zona de ingreso más viable. Una era la parte suroeste que atravesaba territorio de los Yezo, temibles cazadores que no permitían intrusos. La otra alternativa era al oeste y al sur, a través de las cadenas montañosas, intransitables por la nieve.
Un domingo por la madrugada, ambos presentaron el diseño de su plan al maestro Matsumoto quien, tras leerlo detenidamente, se quedó callado, con semblante serio. Casi de inmediato comenzó a reír. Estaba orgulloso de sus dos más avanzados alumnos.
Matsumoto les explicó que aquella misión los convertiría en los futuros líderes del clan. Reconoció que la estrategia elegida era fabulosa, impecable, muy inteligente. Así que juró que, cuando finiquitaran su misión, serían honrados a su regreso.
“Regresen sanos o mueran con honor” –sentenció el anciano líder.
El invierno sobre Hakodate fue uno de los más fuertes de los que se tiene registro. Fueron meses en los que la población entera de aquella zona padeció los efectos de un frío tan intenso que muchos fallecieron.
NOTA: Amada amiga, hasta aquí llegan los datos del pergamino del museo japonés de Barcelona. No se dan detalles de la misión, pero sabemos que fue exitoso porque en el relato de Mamá se menciona el retorno de ambos al refugio en las montañas donde los shinobis forjaron su dinastía. Aún no decido si suprimir este relato del libro o inventar alguna historia, aunque crearla sería un verdadero reto.
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El timbre de la puerta la sacó de aquella aventura para traerla de regreso a la actualidad, propiciando un insulto espontáneo, el único que ella se permitía cuando algo realmente la irritaba.
“¡Mierda!”
Observó por el monitor la imagen que la cámara de seguridad frontal le presentaba y no pudo evitar exclamar nuevamente la escatológica expresión.
“¡Mierda!”
¡Dos insultos en un solo día! Era un récord. Los anteriores los profirió semanas atrás, en días distantes.
Era Hiroshi, el ex novio de Chieko… ¿Qué demonios hacía ante su puerta?
Por el altavoz entabló comunicación con el inesperado invitado.
“¿Qué quieres, Hiroshi? Me mantuve cercana a ti fue mientras fuiste novio de Chieko. Me parece inapropiado que vengas a mi casa a esta hora de la noche. No eres bienvenido aquí. ¿De acuerdo? Así que, por favor, retírate. No tengo nada que hablar contigo.”
El sujeto se dio tiempo de analizar lo expresado, antes de plantear sus argumentos.
“Sumire, estoy aquí porque es muy importante. No solamente es importante, es urgente. Pude haberte llamado por teléfono –aunque bloqueaste mi número, recuerdo el tuyo–, pude enviarte un correo, o presentarme en tu oficina, pero preferí venir a decirte que el asunto que debo tratar contigo es de vida o muerte. Mañana, a las 10 de la mañana, llamaré a tu oficina y tú me dirás donde podremos vernos. Es todo. Buenas noches.”
Hiroshi se dio vuelta para retirarse, pero la voz de la propietaria de aquel lujoso predio lo detuvo.
“Si crees que no le diré esto a ella estás muy equivocado,” exclamó Surime con enojo.
“No lo harás. Nunca la interrumpes cuando ella escribe un libro. Buenas noches.”
“¿Cómo diablos sabes eso? Es un código secreto… ¿Acaso ella te lo dijo?… Hiroshi, desgraciado. ¿Entonces no te importa que Chieko lo sepa? No entiendo.”
“El asunto atañe a las dos. Mañana llamaré y tú me dirás dónde prefieres que nos encontremos. Entonces te contaré todo al detalle.”
Surime estaba perpleja. Cuando reaccionó, Hiroshi había desaparecido, al menos de la cámara frontal. Un alud de impaciencia cayó sobre ella. Su curiosidad innata era gigantesca y ahora, más allá de pensar en su seguridad, trataba simplemente de adivinar qué rayos tenía que decirle aquel patán.
Molesta, decidió dejar la lectura a un lado para discernir qué tipo de argumento plantearía Hiroshi que calificara en los parámetros de importante y urgente.
Posibilidad 1: Está arrepentido del daño que le causó a Chieko y le pedirá casarse con ella. ¿Pero está loco este hombre? ¿Cómo se atreve a pensar que ella aceptaría? Aunque si ella fue capaz de decirle nuestro código secreto de negocios, también podría tirar todo por la borda. Habrá que tomar medidas en caso de sea esta tontería la que esgrima en unas 10 horas…
Posibilidad 2: Es gay y me pedirá que sea su representante en su debut como estrella pop, o quizá actor de telenovelas. Un momento, ¿acaso el desgraciado ya sabe que firmé un contrato con Marvel por los derechos de la película? Seguramente querrá hacer el papel de Hiraku y que Chieko sea Mitsu. ¡Ja! Bastardo. ¿Acaso pensó que el simple hecho de tener un cuerpazo y ser extremadamente guapo tendría mayores posibilidades que Keanu Reeves? Habrá que tomar medidas en caso de que sea esta la tontería…
Posibilidad 3: Tiene una enfermedad terminal y quiere que yo le done parte de mi médula espinal. ¡Mierda! Hiroshi es un alienígena, viene de un planeta donde se alimentan de médula humana… No, esta teoría habría que descartarla.
Posibilidad 4, o nueva Posibilidad 3: Me dirá que en realidad está enamorado de mí y que todo su romance con Chieko fue una pantalla para estar cerca de la verdadera reina de sus más hermosos sentimientos, de todo tipo de sentimientos, lindos pero románticos, más bien, eróticos… Sentimientos…
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Ocho horas después, una refrescada Sumire llegó puntual al Kuriya, su restaurante favorito donde siempre encontraba su comida vegetariana.
El reloj marcaba un minuto para las 11 de la mañana cuando Hiroshi tomó asiento y la saludó con la cabeza, realizando una reverencia.
“¿En qué momento llegaste, hombre?” preguntó sorprendida.
El mancebo irradiaba carácter al momento de ordenar a la joven mesera su bebida, con un tono amable, pero firme. Sumire debió realizar un enorme esfuerzo para recuperar el orden de sus ideas ya que, más que su libido, finalmente pesaba más su ansiedad por saber cuáles serían los argumentos de ese adonis.
“Pues bien, ¿qué es lo urgente e importante que tienes que decirme?” disparó, tratando de sonar autoritaria, mientras se derretía observando los ojos de aquel príncipe.
“Sumire, tú y Chieko están en grave peligro, y todo es debido a ese libro que ella está escribiendo.”
“¡¿Qué?!” preguntó ella en un tono tan alto que todos los presentes en aquel comedor de Kabukichu, muy cercano al Museo del Samurái, voltearon hacía su mesa.
“Cálmate, Sumire. Si te vas a poner así, será mejor que charlemos en un sitio privado. Te dije que era importante por la dimensión de lo que te he dicho, pero también urgente porque quienes pondrán sus vidas en peligro llegarán a ustedes muy pronto.”
La agente editorial vio escapar por la ventana sus sueños románticos, pasionales, eróticos, envueltos en un torbellino. La incertidumbre y la sorpresa la tomaron. Finalmente, un miedo profundo latigueó su espalda con un escalofrío.
Su semblante adquirió un tono carmesí que la mesera que llegaba con la jarra de té de mandarina le preguntó si se sentía bien o si requería de algún medicamento.
Hiroshi la llevó a su casa. Esta vez ella lo invitó a pasar y, tras refrescar su cara con agua, logró calmarse para tratar de entender aquel giro del destino.
Hiroshi le contó que el legado de Chieko, aquellos relatos que su difunta madre Kumi le dejó, debieron ser exclusivos para su hija; le explicó que su exnovia no tenía derecho a revelar aquellos secretos milenarios que debían permanecer ocultos; le detalló cómo el éxito de aquellas sociedades shinobi había sido permanecer en las sombras, aparentar estar extintas para poder maniobrar sin ser jamás detectadas; cómo hasta ahora ellas no habían revelado aquellos planes más que a un cierto número de personas (algunos directivos, ejecutivos de compañías editoriales, televisivas y cinematográficas).
Existía la posibilidad de que todo pudiera solucionarse, pero también había un alto riesgo de que fuera demasiado tarde y que pronto se desatara la matanza de todos ellos, incluyendo sus respectivos asistentes. Lo harían de diferentes maneras impidiendo que pudieran relacionar sus decesos con aquellos relatos.
Por todo ello había que cancelar todo lo relacionado con el libro y sus diferentes adaptaciones.
Sumire estaba petrificada. Aquello significaba renunciar al negocio más importante de sus vidas, al contrato o contratos que encumbraría sus vidas, la de ella y la de Chieko, quien no tenía idea de aquella pesadilla relatada por aquella copia asiática de Apolo.
Si instinto mercantil la hizo desconfiar, analizando de manera relampagueante las razones que tendría aquel tipo de cuerpo esculpido para tratar de impedir su éxito.
“¿Cómo sé que dices la verdad y no eres alguna especie de esquizofrénico que imagina cosas y trata de crear empatía con sus víctimas fingiéndose héroe? O peor aún, ¿cómo sé que no quieres robarme a Chieko para ganarte tú la fortuna que ese libro representa?”
Hiroshi se le quedó mirando directamente a los ojos. Esta vez su mirada no tenía nada de seductora, era una expresión de frialdad que ella sintió se transformó en una angustia inmediata, en una aguda punzada en el estómago.
“Si quisiera eso bastaría con matarte, desaparecer tu cuerpo y acercarme a Chieko para consolarla por tu misteriosa partida, aprovecharme de su vulnerabilidad y disfrutar de todos esos beneficios que te deslumbran y nublan tu mente, tu buen juicio.”
“¿De qué diablos estás hablando? Fuiste tú quien dañó a Chieko, quien le rompió el corazón siendo un patán… Ahora vienes aquí a amenazarme, a asustarme, a contarme una historia absurda, tratando de seducirme para sacar provecho y robarte a mi cliente número 1, que además es mi amiga.”
Sumire se percató de lo que dijo y odió ruborizarse tanto ante aquel tosco varón que seguía en su modalidad de villano.
“Si quisiera eso ya estaríamos en la cama, donde te haría alcanzar las mayores cumbres de placer de la historia; sabría exactamente dónde tocarte, acariciarte, estimularte para hacerte tener la mayor cantidad de orgasmos de tu vida. Te volvería loca, te haría mi esclava y me firmarías cualquier poder que te diera, porque soy experto en sexo. Entenderás ahora por qué Chieko te presumía nuestros encuentros, aunque sé que sin darte detalles. Pero no quiero eso. Quiero protegerlas a ambas.”
La joven, pero astuta, empresaria no daba crédito a los contrastes emocionales que su corazón disparaba como una kalashnikov. Necesitaba saber, necesitaba entender.
“¿Quién demonios eres tú? ¿Cómo sabes todo esto? ¿Cómo diablos piensas protegernos? ¿De quiénes se supone que debes protegernos? ¿Realmente te llamas Hiroshi?”
El galán se puso de pie, se inclinó para saludar de nuevo a la asustada anfitriona, y le dijo:
“No me llamo Hirohisi, soy Hibiki Matsumoto. Soy un Shinobi-no-mono y he sido enviado para protegerlas.”
RICARDO PAT





























