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Por José Juan Cervera
Los relatos tradicionales y las prácticas culturales relacionadas con ellos suelen ser vistos como una expresión ingenua de los grupos sociales que los recrean, y por ello pueden inspirar cierto aire de condescendencia en quienes se consideran espíritus refinados y de gran mundo. Esta actitud es, por supuesto, un signo de etnocentrismo, característico de aquellas personas que no logran desenmarañar la imponente cauda de prejuicios que les restan espontaneidad y empatía.
El panorama cambia cuando se busca desentrañar los probables y múltiples significados que trae consigo la tradición popular. Una prueba de esta índole se reservó Luis Rosado Vega (1873-1958) al escribir el libro Amerindmaya, con cuyo título se propuso transmitir una idea equilibrada del legado de un pueblo asentado en la parte intermedia de nuestro continente, admirable portador de una visión del mundo de la que pueden extraerse abundantes enseñanzas.
El autor previene a sus lectores del propósito de la obra, y describe también los recursos estilísticos con los cuales la desarrolla: “Terminamos advirtiendo que hemos sacrificado en muchas ocasiones la forma literaria en este trabajo con tal de apegarnos a la más firme claridad y sencillez de las narraciones, para exponerlas tal cual deben ser expuestas a nuestro entender; y en otras si bien creándoles el ambiente que les es propio en formas de dicción, con cierto dejo semirritual cuando es característico al asunto, siempre cuidamos hasta la minuciosidad de no alterar el contenido.”
Algunos capítulos acusan un paralelismo que evoca los enunciados usuales en los textos originarios de varios agrupamientos humanos, entre ellos los conocidos como de inspiración maya: “Ya no saquéis el pom, ustedes nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros nietos, que es el árbol de las oraciones. Ya no rasquéis la corteza del árbol de las oraciones. Que no salga el pom.”
Los recorridos que Rosado Vega emprendió alrededor de 1937 por varias partes de la península, y especialmente en el entonces territorio de Quintana Roo, como parte de la Expedición Científica Mexicana, lo pusieron en cercanía con informantes nativos que le confiaron historias y consejas orientadas a la preservación de su identidad grupal, pero en muchos pasajes del libro se advierte también su afán de indagar en fuentes escritas, y en la observación de vestigios arqueológicos con los que se había familiarizado desde que se le designó director del museo del ramo durante la corta gestión gubernamental de Felipe Carrillo Puerto.
Si bien puede reconocerse su intención de transmitir con fidelidad las versiones recogidas en las comunidades mayas que visitó, el escritor nacido en Chemax admite igualmente la dificultad que le causaba despojarse de sus puntos de vista habituales para concordar con apreciaciones ajenas a ellos. Asimismo, hace gala de un mesurado escepticismo que lo preserva de aceptar las distorsiones introducidas por los frailes en registros documentales como los llamados libros de Chilam Balam.
Aunque refiere el componente mítico de algunas de sus narraciones, como la que describe la apacible convivencia del ser humano con los animales silvestres en tiempos idílicos, con relatos en que las mismas serpientes le brindan su ayuda desinteresada, no son escasas las historias alusivas a hechos que perturban el orden social, cuyos principios funcionales no admiten transgresiones como el incesto o la deslealtad política, y señalan castigos cruentos como la decapitación y la tortura en calidad de pena para los adúlteros.
Amerindmaya contiene también variantes poco conocidas de leyendas como la de la Xtabay, transformada en mujer maléfica cuyas extremidades son conjuntos de cabello; creencias en torno a lo que se considera el grave pecado de pisar la sombra del prójimo; la veneración debida al agua como elemento purificador, y la santidad que encierra el cocimiento bajo tierra de los alimentos ofrendados a las ánimas, entre muchos temas de sumo interés.
Este libro tiene el acierto de sopesar el alcance de sus juicios y conciliarlos con el valor explicativo que la misma tradición autóctona atribuye a las concepciones que regulan su vida cotidiana, lejos de la arrogancia de quienes niegan la diversidad de interpretaciones que puede concitar la realidad.
Luis Rosado Vega, Amerindmaya. Proyecciones de la vieja Tierra del Mayab, de aquella que fue en su día tierra encantada de maravilla, de amor, de ensueño, de fe. México, Ediciones Botas, 1938, 448 pp.





























