La Encrucijada del Gobierno de AMLO

By on agosto 8, 2019

L.E. Pedro Escamilla Esquivel

Estamos viviendo en México momentos cruciales: el gobierno actual representa la antítesis de los gobiernos anteriores. Es más, durante la campaña de Andrés Manuel López Obrador se insistió en la necesidad del cambio de régimen, porque treinta y seis años de modelo neoliberal dejaron una lamentable estela de corrupción, distribución injusta de la riqueza y pobreza en gran parte de la población.

Reiteradamente se insistió en la necesidad de que el poder político se separara del poder económico, en virtud de que esta situación permitió el aprovechamiento de los recursos de la nación solo a la élite económica.

Se realizaron las elecciones, y la ciudadanía depositó su voto mayoritario por el cambio de régimen.

Estamos a nueve meses de un nuevo gobierno que tiene el apoyo de amplia mayoría de la ciudadanía y que ha pasado, en términos políticos, por una organización no partidaria en sus métodos, en su forma, venciendo a un sistema de partidos inoperante, caduco, que solo representaba los intereses de la élite de esas organizaciones.

Los partidos están sumidos actualmente en una crisis de proporciones fuera de lo normal y algunos de ellos, de no reestructurarse en función de las demandas de sus agremiados, desaparecerán.

En lo social, las organizaciones gremiales están pasando por una sacudida de grandes proporciones: los representantes sindicales serán electos por voto libre y secreto, con lo que tenderán a desaparecer los poderes de facto en esas organizaciones que tenían capacidad política y poder para presionar al gobierno y conseguir prebendas.

En lo económico, se pretende una separación clara entre las élites políticas y las económicas, buscando de esa manera darle al Estado una mayor maniobrabilidad para la toma de decisiones que beneficien a mayores estratos de la población, principalmente a la gente más desprotegida.

¿Qué acciones se han estado tomando para cumplir con lo antes planteado y conocer y valorar si existen las condiciones para su cumplimiento?

Es de tomar en cuenta que todo cambio genera resistencias y repercusiones, positivas y negativas.

Hay dos premisas que son la clave para el éxito del nuevo gobierno: la seguridad nacional y el crecimiento económico del país.

En lo que respecta a la seguridad nacional, hace doce años la declaración insensata de guerra de Felipe Calderón destapó la cloaca del narcotráfico y, por una fallida estrategia de solo perseguir a las cabezas de los carteles, propició que proliferara. Al día de hoy, las estadísticas señalan que este problema no ha disminuido.

En lo que se refiere a la situación económica –el talón de Aquiles de cualquier país–, la situación es compleja.

Durante treinta y seis años el modelo de crecimiento estructurado fue neoliberal, y este modelo le da primacía al mercado. Su principal principio es “dejar hacer, dejar pasar”, dejar que el mercado regule y ponga orden en las inestabilidades económicas. Se suponía que con ello el país crecería y que la riqueza se distribuiría. Nada más alejado de la realidad.

¿Qué fue lo que pasó? Si analizamos los indicadores macroeconómicos desde el sexenio de Miguel de la Madrid hasta el de Ernesto Zedillo, observamos que se han dado crisis internas con repercusiones para la población. Con Carlos Salinas de Gortari, además, se dio el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y el asesinato del candidato presidencial del PRI Luis Donaldo Colosio Murrieta.

De Fox, Calderón y Peña Nieto, aunque ya no se daban las crisis acostumbradas al final de cada sexenio, las condiciones de crecimiento se han mantenido raquíticas y lentas.

Los crecimientos del PIB han sido en términos de promedios anquilosados, y la distribución de la riqueza ha sido desigual. Según el CONEVAL, el 60% de la población actual está en pobreza.

En las más recientes elecciones federales, el pueblo, cansado y harto de las condiciones en que estaba el país, con altos niveles de corrupción y condiciones de impunidad alarmantes, inclinó la balanza a favor de una nueva organización comandada por un líder que había venido impulsando ideas frescas y, sobre todo, había sido el principal crítico de la situación existente. Fue entonces que el cambio de régimen se dio: Andrés Manuel López Obrador –AMLO– ganó las elecciones por amplio margen.

La teoría económica dice que, para que un pueblo pueda crecer, debe crear riqueza, producción material, servicios, empleos, ingresos, y que para poder hacerlo existen factores de la producción –tierra, trabajo y capital– que se deben de combinar de manera eficiente para dar respuesta oportuna a las necesidades de la población en condiciones más ventajosas. ¿Está cumpliendo nuestro país estas premisas?

La eficiencia consiste en producir al menor costo posible: si una empresa quiere incursionar en el mercado, debe producir a costos eficientes, bajos y a precios competitivos; una empresa en esas condiciones crecerá, producirá más y generará empleos.

Esta organización para la producción se inserta en el modelo capitalista cuya estructura es la empresa, y cualquier agrupación que incursione en un mercado tiene que sondear si hay las condiciones que le permitan producir ya que, siendo rentable, la ganancia es el motor para la generación de riqueza. Aquí ya entramos a situaciones más concretas que son las partes finas y que tienen que ver con la realidad actual. ¿Cómo está nuestro país en materia económica?

Con algunos ejemplos muy significativos, por ser representativos en el impacto social de la población, se nos permite dar respuesta a esa pregunta.

Hoy, el Sector Servicios es un área que opera como punta de lanza en la generación de riqueza: los grandes cambios en el crecimiento del valor agregado debidos a innovaciones tecnológicas que se da en ella; ejemplos son UBER, SPOTIFY, las aplicaciones móviles en el sector financiero.

Ahora bien ¿toda esa generación de riqueza se ha distribuido de la manera más equitativa? Todo parece indicar que no. En un trabajo titulado “Poder de Mercado y Bienestar social”, elaborado por la Comisión Federal de Competencia, se plantea que la desigualdad, pobreza y acceso limitado de la población a los bienes y servicios generados por la economía de un país son generados por un binomio: ingresos disponibles y el costo de los bienes y servicios.

La mejoría en los ingresos de la población ha sido siempre una postura de todos los gobiernos de diferentes orígenes, las políticas públicas de distribución del ingreso siempre se han esgrimido.

En contraposición, el costo de los bienes y servicios casi siempre ha sido una política pública menos visible, se ha dejado de lado y, sin embargo, es importante tomar en cuenta esta variable en la ecuación para la mejora en la calidad de vida de la población. Un ejemplo: si mejoran los salarios –mejorando en consecuencia los ingresos de los trabajadores–, pero el costo de los bienes y servicios sube en la misma proporción en que se mejoraron los salarios, la situación económica de ese sector no mejora. La situación empeora si el aumento de los precios de las mercancías y los servicios es mayor que el incremento de los salarios.

Como se ve, para lograr metas de mejoría en la población de un país no basta con tomar medidas unilaterales en una sola variable de la ecuación –los ingresos–, sino hay que contemplar en las políticas públicas la situación integral.

¿Qué es lo que ocasiona el encarecimiento de los bienes y servicios de una economía? Tradicionalmente se ha mencionado la inflación, el alza generalizada de precios, pero hay otro factor que casi no se menciona y que tiene una enorme importancia como efecto en el aumento de los precios: El Poder de Mercado de determinadas empresas.

En Microeconomía existe un tema llamado Estructuras de Mercados, que plantea las diferentes estructuras de la economía de un país. Tradicionalmente se mencionan cuatro   tipos de mercados: a) Competencia Perfecta, b) Competencia Monopolística, c) Oligopolio y, d) Monopolio. La importancia de conocer el funcionamiento de cada uno de estos tipos de mercados permite comprender el funcionamiento del encarecimiento de los bienes y servicios.

En un mercado de Competencia Perfecta existe gran número de compradores y vendedores –empresas– de un mismo bien y servicio; al existir gran número de empresas vendiendo el mismo o similar bien o servicio, ninguno de ellos puede influir en el precio por sí solo. En este tipo de mercado, los consumidores tienen cierto poder de mercado ya que, si alguna empresa pretende subir precios, es sustituida por otra que no lo hace y a la que conviene desplazar a la competencia.

En el extremo opuesto está el Monopolio, el “sueño dorado” de cualquier empresario: ser él el mercado, ser el único que vende la mercancía o el servicio. Es, por lo tanto, el que impone precios, la producción y la calidad del bien. Un monopolio en una economía es lesivo para el consumidor y, por lo tanto, empeora la desigualdad de un país, enriqueciendo solo al que domina el mercado a través del mecanismo de los precios.

Entre ambos extremos se encuentran la Competencia Monopolística y el Oligopolio; estos mercados se acercan más al Monopolio, aunque no se juntan.

El oligopolio se caracteriza por tener algunos vendedores –empresas–, que se pueden poner de acuerdo para fijar precios y cantidades a producir. A estas uniones se les denominan Carteles y, en consecuencia, no se caracterizan por beneficiar a los demandantes. En un mercado con una estructura dominante de este tipo, el mecanismo distributivo de la riqueza generada es desigual.

Por último, en la Competencia Monopolística existe un gran número de vendedores que tienen un cierto poder de mercado para influir en el precio; los productos y servicios que ofrecen las empresas tienen diferenciación y esta característica, el distintivo de este mercado, se apoya en la publicidad para influir en la diferenciación.

En un artículo mío previo, denominado “Carta al futuro Presidente”, mencioné la importancia de que el Estado plantee de manera transparente cómo va a lograr que la economía de nuestro país sea más competitiva internamente, ya que las empresas que dominan el mercado de bienes y servicios en nuestro país, en su mayoría, tienen poderosa concentración de mercado, lo que ocasiona que puedan imponer precios a los bienes y a los servicios de manera unilateral.

Actualmente, las estructuras de mercado que más predominan son monopolios, oligopolios y competencias monopolísticas. El caso de los bancos y las comisiones que cobran está inserto en un mercado de corte oligopólico; en México existen más de 50 bancos, pero los que tienen predominancia de mercado son pocos, y son los que controlan la participación del crédito. De ahí la posibilidad de imponer comisiones altas con respecto a los lugares de donde son originarios.

En el mercado de las telecomunicaciones, los líderes eran dos empresas: Televisa y TV Azteca. Actualmente existe una tercera –Grupo IMAGEN– aunque, gracias al internet, con el surgimiento de los youtubers se ha podido romper un poco la estructura sólida, monopólica.

Si seguimos analizando cuál es la realidad, nos toparemos con lo antes mencionado en la industria automotriz, en la comercialización del maíz para la elaboración de la tortilla alimento básico para el pueblo, y los dueños de esas empresas son los que detentan la gran concentración de la riqueza.

Ahora veamos la otra realidad, la de las micro, pequeñas y medianas empresas, que representan el mayor porcentaje de existencia con respecto al total de las empresas del país. Son en su mayoría de poca inversión de capital, de poca penetración en el mercado. Por esas mismas condiciones, están insertas en la estructura de mercado de competencia perfecta, por sus mismas condiciones no pueden influir en sus costos, precios y, por ende, son poco competitivos. Ejemplos: las “tienditas” de las esquinas de las colonias del país son tantas que ninguna puede influir en el precio de las mercancías y de los servicios, las tortillerías productoras de uno de los consumos más populares dependen actualmente del grupo MASECA que les vende la harina de maíz y así por el estilo.

El nuevo gobierno, el nuevo régimen que ha planteado separar al poder político del económico, que ha dicho Primero los Pobres, que pretende acabar con la impunidad y la corrupción, ¿ha bosquejado alguna política pública para democratizar la economía del país? ¿La Secretaría de Economía ha planteado algo sobre el tema?

Desde luego, no es fácil. Treinta y seis años de implantación del modelo neoliberal lograron enraizarse en la cultura del país y cambiar hábitos, costumbres y acciones, convirtiéndose en tradiciones en el quehacer económico y, lo más importante, se ha tejido toda una serie de intereses que se han vuelto un hueso duro de roer.

Sí: es importante que primero sean los pobres.

Sí: es importante que se mejoren los ingresos de ellos para que sean mayores consumidores. Sin embargo, si no se democratiza la economía, de nada servirá la mejoría de los ingresos de aquellos que más lo necesitan ya que, debido a los costos, la situación seguirá igual o peor.

En mercados de mayor competencia, el Bienestar Social se incrementa en la medida en que las empresas compiten ofreciendo menores precios y mejor calidad de producto, y en esa medida los precios, al tender a la baja, crean condiciones para una mejor distribución de la riqueza.

Un país económicamente más equitativo crece más que uno desigual.

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