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Yucatán, horizonte esotérico y camino de olor

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Punto de Panorama

Carlos Duarte Moreno

Aquí, allá, más al fondo de la vida y del tiempo, los hombres confrontan ansiedades y peligros y sudan en la cruz del ansia y se desangran en la iniquidad de las esperanzas que no se cumplen. Y así un día y otro día, en la epopeya del vivir diario haciéndose, cada quien, por desgaste de las horas y por pérdida de aliento, menos joven y más viejo: o, lo que es lo mismo, perdiendo vigor y ganando sabiduría. Es, entonces, sobre la habitualidad de las cosas y de las emociones, péndulos en una misma trayectoria de banda a banda del reloj inexorable de la vida igual, que el espíritu trata de encontrar un remanso generoso, un recodo cordial, un refugio emotivo en donde lave sus heridas y sus tiznes, y de donde vuelva un poco menos amargado y un algo casi nuevo. Aquí, allá, más al fondo de la vida y del tiempo… ¡Lo mismo en todas partes, idénticamente en la latitud del norte que en la latitud del sur!

En el lejano Mayab lleno de piedras heráldicas, de cenotes rumorosos, de pájaros simbólicos, de flores místicas y de hierbas taumaturgas, los hombres que vivimos en él –arcilla al fin, en forma humana, con un soplo azul– luchamos y caemos y tendemos las manos temblorosas de ansiedad a lo posible y a lo ingrato del destino, y, en la senda irremediable vamos dejando el aliento y el propósito. Pero como Yucatán es horizonte esotérico y camino de olor, salimos a este horizonte y nos internamos por este camino, y, en ellos, el alma se lava y se transparenta y el corazón toma nueva fuerza de emoción y de eternidad. Pero esto que parece tan fácil y tan conquistable, se vuelve imposible si para gozar de su laudable y salvadora potencia, la sangre no se hace dócil en las venas, y el deseo no se vuelve humilde y candoroso. Porque la curiosidad es lo peor que puede acompañar al que busca por primera vez el olor grato y el sosiego que brota de la tierra maya. Y decimos la primera vez, porque una vez hallados estos dones, la curiosidad no puede asomar nunca en el espíritu sediento de quien ya recibió la entrega, porque la entrega misma capacita y afina y prepara para el deleite de estas cosas, y, en consecuencia, la curiosidad se borra bajo el efluvio, como huella en arena, bajo el agua del mar. Y, en esta comprensión y con este ánimo, cada vez que caemos, cada vez que nos duele la vida y nos pesa el suspiro, nos internamos por los vericuetos de la tierra nuestra –nuestra no por propiedad de nacimiento, sino por afinidad y preparación de espíritu– en donde hay fuentes impalpables y aromas que vienen de lejos, de tan lejos, que están más allá de la historia y más allá también del horizonte que podemos descifrar…

¿Qué hierba mete la raíz y saca la hoja y el bejuco en la encantada tierra yucateca, que basta arrancarla y darse con ella en las rodillas y en los tobillos para que el cansancio del camino cese y el vigor vuelva al músculo y la jornada se acorte en apariencia? ¿Por qué en el campo abierto, cabe la noche, los ecos de la vida se hacen tan expresivos y tan personales que nos convencen, por la frase de los indios, que los dueños del monte vigilan con su insomnio? ¿De dónde brota ese olor fecundo y contagioso que, a pesar de la lejanía de las rosas señoriales y de las flores silvestres, invade al caminante cuando cruza la tierra poblada de henequén? ¡Dones de lo impalpable, daciones del misterio de los mundos que dan la vida y la muerte! Y ya que hablamos de estos puntos de transformaciones ¿por qué los viejos mayas creen que el que muere –la esencia que es el yo, y no la forma– no se marcha en seguida del mundo amado, del cuarto en que expiró su cuerpo y que queda algunos días después flotando en el ambiente de la casa y del pueblo, a grado tal que nunca, antes de pasados siete días, barren la casita de paja porque tienen miedo de atropellar al espíritu del que se fue a lo hondo del misterio?

Todas estas expresiones y estas fuerzas que laten en el viejo Mayab, en realidad dan aliento y hacen vivir, y tonifican el ánimo porque el ser se siente en medio de una realidad que asombra a sus sentidos habituados a la densidad de la existencia corriente. Y de este modo, el que sorprende la fuerza y el olor que vibran en los horizontes magos, vuelve a la vida habitual con la certeza de que en el hombre hay un punto que lo imanta a lo infinito y que tiene un camino afinado en su propia personalidad que, de tenderlo hacia la distancia que ansía, como puente de gracia, le servirá para recibir el mensaje sabio, azul y tibio que siempre está escrito en lo impalpable y, a la vez, está pronto para llegar a quien lo busca con humildad sin mancha y a quien lo recibe con hambre de esas cosas que para que nutran no es preciso mascarlas…

Cuando estos aspectos de la aureola nuestra se escriben y se sienten con mano y con corazón yucatecos, parece que de la entraña de lo tratado se alza un vaho de vanidad espesa; pero con serenidad y conocimiento de las saturaciones que traemos los yucatecos todos desde que comenzamos a llorar sobre la senda, se comprenderá que al hablar de las virtudes de nuestra propia tierra, lo hacemos –porque no otra cosa exigen la grandeza y la emoción que les conciernen– con candor humano de hallazgo y de pertenencia sosegados, y lo mostramos con el orgullo natural y emotivo con que una muchacha campesina enseña su rebozo nuevo, con el mismo afán sin malicia y sin pecado con que un niño habla, en un corro, de su tren de cuerda. Únicamente los que no nos comprenden, y más aún, no nos quieren comprender, por quién sabe qué recónditos rezagos y complejos de distancia, son incapaces de valorizar nuestra sangre, nuestra realidad de historia, nuestros ensueños, nuestra auténtica herencia y nuestra gloria alta. Yucatán es una mano abierta y una casa sin puertas al buen entendimiento del acogimiento cordial y de la voz hermana. Agua y pan, lecho y sal, afecto y lámpara en todos los momentos, en la tierra fecunda de los venados y de los faisanes. Hombres de todas las razas y de todos los credos han pasado por sus caminos, atraídos por la historia y magnetizados por la leyenda, aunque en un sentido esotérico clarificado, bien puede decirse que la leyenda es la historia de Yucatán. Y todos los viajeros que llegaron a las latitudes yucatecas con el alma en pregunta y el corazón con una respuesta, hallaron abiertas las sendas y escritas las paredes y escritas las almas con signos dóciles, domables únicamente por la fuerza de la dulzura; porque en Yucatán la fuerza, tal como la concebimos, es una debilidad que puede romper las piedras y las almas, pero no las conquista ni las hace hablar, ni menos logra volverlas fraternales. La fuerza que ablanda a los jeroglíficos y los incita cordialmente a sonar sus dinastías y sus linajes de siglos, es la misma que sirve para anudar las disposiciones y los afectos, las permanencias y los futuros: la dulzura, es decir, la suave intención, la sed interior, el ansia que no mancha, la tentativa que no puede ennegrecer las manos, la palabra que no tiene de qué avergonzarse, ni por qué avergonzarse en ningún momento dado… Así es la verdad yucateca, el punto de panorama que nos dio la vida para nacer y para soñar, para luchar y para defender. No hay aldabones en nuestros caminos. El que quiera puede venir por ellos hasta donde mora nuestro corazón. Hay caminos de tierra amarilla, de tierra negra, de tierra blanca, de tierra roja… Todos ellos tienen un hondo sentido cuya esencia cardinal florece en las letras del Chilam Balam. Por esos caminos han llegado muchos hombres. Por esos caminos se han ido muchos hombres… El Mayab ha permanecido en el tiempo, viendo pasar hombres. Es, aparentemente, un destino de eternidades. Sabiduría y fuerza laten a cada instante, interminablemente, en los horizontes yucatecos. Y fuente inagotable como es la tierra nuestra, esa fuerza y esa sabiduría es para el que quiera tomarlas y oírlas y conversar con ellas. Solamente que, de un modo extraño y poderoso y salvador y humano, no hace falta, para esta cosecha y esta percepción, ser letrado ni príncipe. Un hombre sencillo de noble corazón puede lograrlas, porque para ponerse en contacto con ellas hacen falta virtudes de entraña y de fondo que no enseñan los libros y que no se aprenden en la escuela…

 

Mérida, Yucatán, noviembre de 1950.

 

Frente a la Selva. México, núm. 1, 1 de enero de 1951, pp. 17-18.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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