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Carlos Duarte Moreno
Exclusivo para el Diario del Sureste
En el cerebro humano –estómago y sexo–, gracias a la complicación de la vida y a la gama de las situaciones con que es necesario permanecer a flote sobre la tempestad de los días, lo álgido de las condiciones económicas ha hecho que el sátiro se aduerma y que se levante en batalla fiera el Shylock avariento que a veces alarga su barbilla hasta convertirla en trompa de marrano…
Sobre esta provincia nuestra encerrada en el grillete de su machacar monocultor, las dificultades diarias, el dolor con que hay que extraer el peso para el pan cotidiano; el desgaste de las energías en la batalla de siempre sin sorprender en el confín de las fatigas el clarear del nuevo día redentor, han circundado al hombre con la neblina impía del abatimiento y han hecho caer al espíritu en el desgano más cruel, encostrándolo de paso hasta hacerlo insensible a todos los soplos que antes fueron capaces de levantar el ánimo y de hacer estallar en un aplauso los entusiasmos fervorosos… ¿Qué podrá, pues, levantar en el alma total de nuestra hora, el afán del rector de nuestra Universidad Nacional del Sureste…? ¡Seguirán las novelas de moda, la llegada del actor favorito, la canción cursi, tragando la palpitación de las gentes, absorbiendo su atención…! Para el esfuerzo vigoroso, para el querer que sean realidad las cosas que representa la suerte, la salud, la vida de los demás, apenas quedará una minoría escasa que a duras penas se salva de ser arrollada por el ulular moderno en que Shylock embiste, con la barbilla a veces alargada en forma de trompa, y en que el sátiro también asoma de cuando en cuando cortando con las pezuñas filosas, rosas de encanto y maravilla… ¡Porque el sátiro, aunque dominado por el estómago en el cerebro humano, no ha muerto!
¡El doctor Efraín Gutiérrez Rivas ha dado un tajo sobre el cansado devenir de la vida yucateca y, por el claro abierto por su acometida, nos ha enseñado el panorama de las conquistas posibles que trata de alcanzar! He ido hasta la universidad a encontrar en su palabra esa transmisión viva y directa que infunde el verbo pronunciado frente a frente. Y el doctor Gutiérrez, mientras el profesor Augusto Molina Ramos, secretario de la universidad, me saluda desde un rincón en que funde su alma con un libro sonriente y plácido, con llaneza fina y digerible, habla y dice con fluidez y claridad de concepto lo que trata de realizar. Yo escucho y quiero, con los ojos, hundirme en los ojos de él para llegar a su mundo interior y experimentar ese temblor que el ansia prende en el alma de los hombres…
He llegado a la redacción. ¡En el camino mi pensamiento ha girado con un ímpetu de aspa de molino al viento; y sobre el estío de mis decepciones –contagio del medio– una sucesión de puntos verdes –resurrección de las siembras de esperanza– han semejado una pradera que revive del invierno!
El doctor Gutiérrez no quiere que la Escuela de Medicina siga esa marcha cansada y deficiente que ha seguido viviendo. Reclama el anfiteatro para la vivisección que hoy se efectúa en el departamento de cadáveres del Hospital O’Horán; urge la creación del gabinete de fisiología ¡de que hoy carece la escuela!; señala la deficiencia de la biblioteca y se detiene con cuidado, verdaderamente redentor, en este punto: debe estatuirse ampliamente la enseñanza de la patología tropical que hoy no tiene preponderancia en los estudios, porque esto capacitaría mejor al médico para cumplir su misión, teniendo en cuenta que, en nuestros campos tan necesitado de bases higiénicas y en donde las aguas no son potables, el paludismo, la anquilostomiasis, la tuberculosis y la disentería amebiana hacen verdaderos estragos en nuestras clases campesinas.
Todavía mientras escribo estos renglones tan llenos de pecado veo pasar, en un desfile por mis surcos entrañables, a esos niños indios que en la ciudad y en el campo pasan enfermizos y exangües en brazos de madres exangües y enfermizas también por culpa de las aguas que toman y que provocan la parasitosis; por culpa de la falta de bases de higiene, y porque el médico, limitado en sus conocimientos de patología tropical, no puede, con la amplitud que quisiera, tenderse en ayuda de los demás…
De nada sirve –ha dicho nuestro rector– modificar las condiciones económicas de nuestros campesinos si no cuidamos su salud; ¡la salud del campesino que hoy es hombre y la del que es niño todavía pero que formará mañana la base de nuestra nacionalidad! ¡Palabras estas que parecen huecas al señor pudiente que corta, ahogado por su grasa corporal, la grasa de la lonja de un jamón mientras se desayuna!; conceptos sin savia de fructificación social estos conceptos para el prestamista que, ganando un peso, le importa que muera una población entera; tentativas sin significación parecerán las tentativas de nuestro rector a tantos zafios que llevan a cuestas un título de capacidad que lo incapacita.
Pero para esa minoría a quien no aturde ni la canción cursi de moda, ni la película fastuosa, ni el arribo de la estrella favorita, el afán del doctor Efraín Gutiérrez se ha producido como un emulativo empuje que lleva en su esencia la redención ajena, entregando al médico, mejor armado, al conglomerado social, para que llene su función más eficazmente en las clases que han menester de su ayuda; las clases en cuyo nombre se reclaman tantas cosas personales; las clases que forman el tronco de nuestra existencia aturdida de jazz y de cláxones: las clases campesinas.
El último, pero no el menos sincero y entusiasta, entre los que aplauden este querer luminoso, ¡yo tiendo mis manos entusiasmadas y, con la locura cuerda de mi juventud no arrepentida, efusivamente saludo y aplaudo el tajo maestro del rector!
Mérida, 2 de octubre de 1934.
Diario del Sureste. Mérida, 6 de octubre de 1934, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























