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Hace poco más de siete años el que a la postre se volvió presidente de México, durante su campaña anunció a los cuatro vientos que a partir del primer día que tomara las riendas del país los criminales dejarían de serlo, se convertirían en personas de bien e incluso tomarían los aperos.
Siete años después, aquel mexicano que diga que esto sucedió posiblemente se haya convertido en ciudadano de ese México de ensueño que predicaba ese iluminado a sus fieles cada mañana, un país en el que la corrupción no existía, la violencia había sido controlada, la atención a la salud era la mejor del mundo (incluso mejor que en Dinamarca).
Ese presidente fue tan eficiente –dijo– en eso de erradicar la corrupción, tan eficiente en su manejo de los dineros, que a todos los mexicanos les comenzó a sobrar dinero, todos los malos mexicanos fueron a dar a la cárcel, sometidos al peso de la ley, y a nadie le preocupaba más la inseguridad, los secuestros, las desapariciones, el cobro de piso, o la salud.
Fue tan ejemplar su trabajo –como prueba enarbolaba altos niveles de aceptación en sus encuestas que claramente demostraban que los mexicanos estábamos felices, encantados con su estilo de gobierno– que el pueblo bueno, ese que recibe poco más de tres mil pesos mensuales (si es de la tercera juventud), más de ocho mil si es estudiante de educación superior o si es un nini, decidió continuar con ese estilo de administración tan exitoso, eligiendo a la actual presidenta cuya campaña tan solo consistió en que con ella se construiría “el segundo piso de la cuarta transformación”, que las pensiones continuarían, e incluso se crearían nuevas.
Todo eso pasa en ese México de fábula y ensueño en la imaginación del ahora expresidente y de muchos de sus acólitos, no nos queda la menor duda.
A juzgar por la expresión y actitud de la presidenta Sheinbaum en sus mañaneras, ella no vive en ese México. Siguiendo los pasos de su predecesor, abunda en las excusas y brillan por su ausencia las soluciones a las causas durante su gestión.
Penosamente, en el México que vivimos, ese pueblo bueno ahora no tiene acceso como en pasadas administraciones (corruptas e ineficientes, aunque al parecer no tanto como desde hace siete años) a programas de vacunación, medicinas, cirugías, atención de calidad en las instituciones públicas; ese pueblo bueno ve desaparecer familiares, eliminados o reclutados por el narco; ese pueblo bueno es extorsionado y asesinado por los mismos criminales que hace siete años nos dijeron desaparecerían; ese pueblo bueno ve cómo presidentes municipales, detractores de la “transformación”, luchadores sociales y ecologistas, y personajes que han levantado la voz contra la violencia y desatención estatal y federal, pierde la vida a manos de sicarios.
Ahora, jóvenes de la generación Z (aquellos nacidos en 1997), ante los siete años de este estilo de administración –que además en tan solo esos mismos siete ha duplicado la deuda pública acumulada en setenta años, llevándola de diez billones (millones de millones) a veinte billones de pesos– y como reacción a los recientes asesinatos de figuras prominentes de la administración pública y representantes de asociaciones de productores, han decidido manifestar su inconformidad y han convocado a una megamarcha el próximo 15 de noviembre, lo cual ha sido severamente cuestionado por la presidenta y sus seguidores, argumentando que están siendo manipulados.
Veamos si los jóvenes pelean por su futuro y si se avecinan tiempos de cambio…




























