Testimonios, Cuentos, Relatos y Otros Temas (XI) – En El Albergue Infantil Margarita Maza de Juárez

By on septiembre 8, 2016

Testimonios, Cuentos, Relatos y Otros Temas

XI

EN EL ALBERGUE INFANTIL MARGARITA MAZA DE JUÁREZ

Testimoniosxi_1

Doña Margarita Maza de Juárez

Fotografía actual de la entrada de lo que fue el Albergue Infantil Margarita Maza de Juárez (1971), hoy albergue para mujeres, mujeres con niños, y deportivo con el mismo nombre.

Fotografía actual de la entrada de lo que fue el Albergue Infantil Margarita Maza de Juárez (1971), hoy albergue para mujeres, mujeres con niños, y deportivo con el mismo nombre.

Después de mi estancia en Mérida como director de la Escuela de Educación Especial Yucatán, ya en la ciudad de México se me otorgó nombramiento como Profesor de Educación Especial en una escuela de la SEP de la que era director el Lic. en Psicología y Profesor Humberto Lorenzana Basilio. Me desempeñé en el ejercicio directo de la docencia con un grupo de niños con retardo mental durante algunos meses, hasta que la Profra. Mayagoitia me invitó a hacerme cargo del departamento técnico de la Dirección General de Educación Especial, de reciente creación, y de la que Odalmira fue la primera titular. También ejercí la cátedra en la Escuela Normal de Especialización -mi alma mater- y después fui nombrado Director General del “Albergue Infantil Margarita Maza de Juárez” del Departamento Central.  Transcurría el año de 1971.

El albergue infantil M. M. de J. (1971) es – era – una Institución que albergaba a niños de 5 a 12 años, desamparados por diversas circunstancias, sin padres, abandonados, y a los que el Estado proporcionaba techo, educación y sustento. Cuando me hice cargo de la dirección, había unos 800 internos, atendidos por aproximadamente 150 empleados en diversos servicios: Tutores, trabajadoras sociales, vigilantes, personal de limpieza, de cocina, administrativos, y algunos profesores de manualidades en turno vespertino. Por la mañana, los niños asistían a las escuelas públicas, con muchos inconvenientes como la incomprensión de los maestros y padres de familia que los señalaban como los niños del albergue – los pelones de hospicio –, situación que propiciaba la deserción de la escuela y también del propio albergue.

Plaza cívica del Albergue Infantil Margarita Maza de Juárez y dormitorios.

Plaza cívica del Albergue Infantil Margarita Maza de Juárez y dormitorios.

Patio de juegos del albergue infantil Margarita Maza de Juárez, y el gran comedor al fondo.

Patio de juegos del albergue infantil Margarita Maza de Juárez, y el gran comedor al fondo.

Las instalaciones del albergue eran nuevas, recién inauguradas, con instalaciones modernas en un área de 6 hectáreas aproximadamente. Contaba con confortables dormitorios y con baños modernos con agua caliente. Amplia cocina y comedor en el que se comía abundante y sazonado. También tenía la Institución una gran plaza cívica, patios con numerosos juegos infantiles, alberca olímpica, gimnasio y contaba además con todas las instalaciones para los diversos servicios. Una escuela nueva, aún sin profesores. La idea era que la Dirección General de Educación Especial se encargara de la educación de los niños, razón por la que fui nombrado Director General del albergue.

La atención que recibían los niños antes de que Educación Especial interviniera era de mucho rigor y a veces cruel: en alguna ocasión, al principio de mi gestión, a eso de la 12 de la noche, en una visita nocturna sorpresiva que solía yo hacer para detectar irregularidades, encontré a cuatro niños en trusa nada más, parados en cada una de las esquinas de la plaza cívica, castigados por el tutor que investigaba un robo. Cada media hora, el tutor pasaba y preguntaba quién era el culpable. Los niños permanecían en silencio, el principio del secreto en ellos era invulnerable, o el temor a los mayores les impedía hablar. Entonces los golpeaba en los pies con un zapato. Por supuesto, en forma inmediata sancioné al tutor, que por otra parte no era totalmente culpable, pues él había crecido ahí mismo y así lo habían tratado: entendía que esa era la forma de tratar a sus hermanitos para que se portaran bien.

Los baños de agua fría a las 5 de la mañana también eran frecuentes por no portarse bien.  Un profesor de apellido Abacuc, en otro albergue, pensaba que el aseo tempranero con agua fría templaba los nervios y que era el más moderno procedimiento “pedagógico” para la disciplina. Las prácticas homosexuales en los dormitorios eran cosa frecuente en la que los adolescentes abusaban de los menores, sin que los tutores se molestaran en evitarlo. Eso y otros castigos crueles recibían los niños internos.

Junto conmigo llegó un grupo de 15 profesores de Educación Especial, para reorganizar sobre bases psicopedagógicas el albergue. Pusimos a funcionar la escuela de acuerdo con el sistema de la SEP y, desde luego, con los principios que rigen la Educación Especial. Con la asesoría de la Psicóloga Lore Aresti, se organizó y funcionó un sistema llamado “Economía de fichas” para el fortalecimiento de conductas adecuadas y convenientes, que tiene base en la psicología conductista de Skiner. El departamento médico fue reorganizado, lo mismo que los servicios de trabajo social y de psicología.

Algunas maestras y maestros especializados aceptaron ser tutores y quedarse con los niños en los dormitorios y fue necesario establecer un reglamento para su mejor funcionamiento. Las cosas mejoraron. Sin embargo, una noche en que me presenté para un recorrido de supervisión, unas maestras estaban bañando a los niños con el beneplácito y algarabía de éstos, pues la ropa mojada transparentaba los atributos femeninos de las jóvenes mentoras. En el sentido sexual, los niños del albergue eran ya muy precoces. Suspendí la recreación y les expliqué a las tutoras que no eran sus funciones ayudar a bañar a los niños, y que únicamente debían de supervisar el momento. Así, con otras fallas más, sobre la marcha, poco a poco, fuimos conjuntamente mejorando el aspecto psicopedagógico y práctico del albergue.

La práctica de la natación era muy frecuente y apreciada por los niños. Contaba el albergue con alberca olímpica, mantenimiento constante, y profesores de educación física que atendían este aspecto. En lo personal, siendo ese mi deporte favorito, participaba gustoso con mis alumnos.  Una noche, como a las 8, me fueron a avisar que un niño se había ahogado. Aunque la alberca estaba cubierta a esa hora, algunos niños, burlando la vigilancia nocturna, la descubrieron en un extremo y se echaron a nadar. Uno de ellos avanzó en nado subacuático hasta la parte que no había sido descubierta y, al querer salir, se topó con la lona. Pidió auxilio, pero nadie pudo socorrerlo de inmediato. Afortunadamente para todos el “Huachico”, un adolescente interno desde la niñez con fama de delincuente juvenil, estaba cerca; acudió a los gritos desesperados, se lanzó a la alberca y rescató del fondo a su compañero. Con respiración artificial, y la oportuna llegada de la ambulancia con los paramédicos del Hospital de Zona de Atzcapotzalco, se pudo revivirlo. Desde luego que no se salvó de la neumonía típica de los ahogados: estuvo hospitalizado quince días y regresó sonriente con nosotros, listo para la próxima travesura. Al “Huachico” le hicimos un reconocimiento público por su heroísmo, mejoró su autoestima y su desempeño y, cuando cumplió la mayoría de edad, se le otorgó un empleo del Departamento Central.

Don Alfonso Martínez Domínguez, regente de la ciudad de México, nos visitaba con alguna frecuencia. A eso de las 11 de la noche se presentaba sorpresivamente, acompañado únicamente de un ayudante y recorría el albergue. Lo caracterizaba un sentido humanista: se preocupaba por esos niños abandonados por sus padres y familiares a los que el estado brindaba protección, los hijos de la Ciudad de México. Don Alfonso también visitaba La Cascada, el albergue de niñas. Platicaba con ellos, les preguntaba cómo se sentían en el albergue. Los niños se quejaban: no todo estaba perfecto. El Regente hacía las recomendaciones pertinentes, fijaba fecha para que se solucionaran los problemas, y posteriormente verificaba el cumplimiento de sus disposiciones.

Don Alfonso Martínez Domínguez

Don Alfonso Martínez Domínguez

Periódicamente era necesario acudir a la oficina del Registro Civil con los niños que aún no estaban registrados y carecían de acta de nacimiento. Después de un largo período de estancia en el albergue, y agotados todos los recursos para encontrar a los padres, los jueces tutelares resolvían el registro legal con los nombres y apellidos que ellos mismos escogieran. Las trabajadoras sociales hacían algunas sugerencias, por ejemplo, el del director de la institución, es decir, el mío, y también el de la trabajadora social como apellido materno. Aunque por lo general, llamándose el albergue “Margarita Maza de Juárez”, adoptaban esos apelativos como si fueran hijos de Don Benito y de Dña. Margarita. ¡Qué mejor derecho que los niños protegidos por el estado adoptaran esos ilustres patronímicos!

Era un problema grande tener concentrados en una sola institución 800 niños. Se dificultaba el control: las trabajadoras sociales reportaban con frecuencia diferencias de número entre los que dormían por la noche y los que estaban a la hora de pasar la lista de presentes por la mañana, y es que desde muy temprano algunos niños se nos escapaban, a pesar de la vigilancia.  La Lic. María Elena Nieto Cruz, jefe de trabajo social, reportaba: “¡Director, no me sale la población!” Niños de la calle al fin, algunos preferían sus aventuras citadinas a primera hora, en vez de la escuela, y saltaban la barda para después regresar a tiempo para la comida, o bien hasta la noche. La Dirección de Acción Social tomó la decisión de subir los muros en todo el perímetro del campus. A pesar de nuestra de opinión contraria para no dar imagen de encierro al albergue, decidieron que las medidas prácticas era lo conveniente; de nada sirvió, los niños cavaban túneles como topos por debajo de los muros, que disimulaban con matorrales, y por ahí salían y entraban a su antojo. Posteriormente se llegó a la conclusión de era excesivo el número de los internos, por lo que se tomó la decisión de repartirlos en forma homogénea, por rangos de edades, en otras instituciones similares – La Coruña y Azcapotzalco – del Departamento Central, y con programas educativos también de Educación Especial. A partir de entonces, los progresos educativos se hicieron más notables y se pudo controlar sin mayores dificultades la presencia de los internos.

Zona de juegos infantiles y la escuela al fondo.

Zona de juegos infantiles y la escuela al fondo.

Niña Rosa Carolina González De la Torre, hija del director, que compartía sus alegrías infantiles con los niños del albergue.

Niña Rosa Carolina González De la Torre, hija del director, que compartía sus alegrías infantiles con los niños del albergue.

En esta labor de Educación Especial me acompañaron las Profras. Nelly Torres de Trejo, yucateca, que fue la directora de la escuela, al frente de sus profesores especializados; Profra. Gloria Pérez, a quien los niños llamaban “ la seño higiene” por la actividad que dirigía y que prodigaba un gran afecto maternal a los niños; la Lic. María Elena Nieto Cruz, ya mencionada, que realizaba una importante labor conjuntamente con sus trabajadoras sociales; la Dra. Gloria Zanata de Tocavén, jefa del Depto. de Psicología;  la Sra. Juana Farro, encargada de los asuntos operativos de la administración; los médicos que con celo profesional velaban por la salud de los menores, y tantos otros empleados cuya lista de nombres no recuerdo, pero cuyas imágenes evoco con afecto y estimación. A ellos, muchas gracias.

Profra. Odalmira Mayagoitia de Toulet

Profra. Odalmira Mayagoitia de Toulet

Todos estos logros en el Margarita Maza de Juárez no hubieran sido posibles sin el apoyo y entusiasmo de nuestros jefes superiores, que fueron quienes acordaron la reorganización de los albergues infantiles del Departamento Central del D.F. con base en la Psicopedagogía Especializada: Nuestra querida e inolvidable maestra Odalmira Mayagoitia de Toulet, Directora General de Educación Especial de la SEP; el Lic. Juan José Durán, Director General de Acción Social del Departamento Central; y el Capitán Pedro García Reta, Jefe de Protección Social, que recomendaba una moderada  formación militar. En lo que fue procedente, y cuidando la congruencia con nuestros procedimientos, tuvimos en cuenta sus recomendaciones. El Capitán García Reta siempre proyectó un gran afecto paternal a los niños del albergue, y ellos lo querían mucho. Lamentablemente, falleció en un accidente de carretera al poco tiempo de terminada su gestión en Protección Social. Descanse en paz, lo recordamos con afecto.

Los conflictos políticos suelen impactar a las instituciones y sus protagonistas en forma negativa. Se dieron los acontecimientos de Jueves de Corpus en junio de 1971. Renunció el Regente Don Alfonso Martínez Domínguez, amigo de los niños del albergue a quienes visitaba; después los demás jefes, y posteriormente yo, después de dos años de gestión, cuando la hostilidad de las nuevas autoridades se hizo manifiesta. Sin embargo, el cambio estaba en marcha y continuó con los profesores que permanecieron: la inercia era ya muy fuerte, además de que la Maestra Mayagoitia siguió pendiente de la Institución, desde la SEP, en lo que le correspondía. El que esto escribe continuó trabajando en la Dirección General de Educación Especial con Odalmira por un tiempo más, para después incorporarme al Instituto Politécnico Nacional.

[Continuará la próxima semana]

César Ramón González Rosado

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