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Letras – Desde Nicaragua

Parte 3
Marvin Calero
***
Pancho, Chepe y Alfonsino se habían hecho buenos amigos; de vez en cuando, en la semana, iban a la cantina de la «tía Rafaela». Lograron drenar el túnel de La Mestiza y míster Clayton estaba muy contento.
—¡Estar muy alegre yo! —dijo míster Clayton, mientras movía su anillo de oro del dedo medio de su mano derecha.
A Alfonsino le llamó mucho la atención el anillo, puesto que le quedaba un poco flojo y le pareció algún regalo de alguna persona importante en la vida del yanqui. Con mucho tacto le preguntó:
—Me disculpa, míster Clayton, que le haga esta pregunta —dijo Alfonsino, mientras sacudía su pecho por la tos constante que padecen los mineros—. ¿Dónde compró ese anillo?
Míster Clayton se quedó aletargado por un momento, como si aquella pregunta hubiese removido los recuerdos más tristes en su interior y en ellos guardara alguna historia tristísima de sus años de juventud.
—Ok, Alfonsino, contar my history. I´m ser una persona de Nueva York. Hace many años, my amigo John, ser mejor amigo de mí. Ir con poco dinero hasta Brasil porque decir que allá haber oro en Amazonas. Nos fuimos en Brasil, incursionar por many días, many semanas, many meses en el Amazonas, en busca de oro. Amigo John ser muy optimista.
Alfonsino se quedó en silencio, mientras míster Clayton narraba la historia de su juventud en el Amazonas; los ojos del yanqui se mojaron, como si una tristeza invadiera su corazón desde sus recuerdos. El porche del campamento, las lámparas de aceite y su luz clara daban un ambiente de nostalgia. Frente a ellos, las estrellas se expresaban infinitas e inalcanzables.
Míster Clayton continuó con su historia.
—Era finales del mes de octubre, el más lluvioso del Amazonas y amigo estar con fiebre amarilla; intentar llevarlo hasta civilización, pero el weather no permitir que yo ir con amigo fuera de la selva. Amigo morir, y antes de morir regalar su anillo y decir a mí que vender anillo para ir a otro lugar a buscar oro. Yo regresar a Nueva York muy desilusionado.
Alfonsino estaba calladito en la sala, escuchando la historia del yanqui; bebía, a sorbos pequeños, café en un pocillo.
Míster Clayton cruzó las piernas en su sillón de madera de coyote, con fondo de cuero de vaca.
—Años después, cuando yo ser arquitecto en Nueva York, mostrar piedra con oro de La Libertad, Chontales. Yo viajar hasta estar ahora como socio mayoritario de la mina con muchos trabajadores y mucho dinero en Nueva York. Ok, ser La Libertad mi hogar, al morir querer ser enterrado en esta mina Los Angeles
Míster Clayton había organizado a muchos trabajadores y los mantenía bajo planilla. En un inicio el proceso de separación del oro de la broza lo hacía en Nueva York; la ley, como se le conoce a la cantidad de oro por tonelada métrica de piedra, era tan alta que la rentabilidad era del 80%. Las primeras 40 toneladas las cargaron en 80 barriles con los que se obtuvo una ganancia de 450 000 dólares.
***
Pasó un tiempo y Alfonsino volvió a su obsesión de encontrar el hilo de oro y llegar hasta la veta que le cambiaría la vida a él y a su familia.
Una noche, Alfonsino se despertó. Había luna en cuarto menguante y sintió la necesidad de ir hasta su «Trabajo» (así se le conoce en el vocabulario de la minería al túnel de donde se extrae la broza para separarle el oro).
La Evangelina dormía cuando Alfonsino se levantó calladito, se tropezó con la bacinilla y se escapó de caer, buscó el candil y lo prendió. Se puso las botas de hule y su camisa, tomó el casco y prendió el candil de carburo, tomó sus herramientas y caminó por diez, veinte minutos. Una lechuza pasó volando cerca de él y cantó. Alfonsino pensó en cosas positivas antes que en las supersticiones que eran muy comunes entre la gente del campo.
Entró hasta el fondo del túnel y escuchó los grillos y su sonido infinito chillando en sus oídos. Calculó con el lucero de la mañana que eran aproximadamente las tres de la madrugada.
Luego de media hora, miró hacia atrás y observó la luz verde que meses atrás había encontrado en el túnel. Con poco menos que miedo, se quiso acercar a la misma. A medida que daba paso hacia ella, la luz se alejaba, se alejó tanto que salió del túnel. La luz se perdió al pie de un árbol de guayabas. Pensando en las palabras de “Teresina”, imaginó que la luz se había introducido en la tierra, en señal que la veta estaba cerca. Tomó sus herramientas y comenzó a cavar hasta que los rayos del sol se asomaron por la boca del hueco que calculó en tres metros.
Salió del hueco halando una manila que dejó atada del árbol de guayaba y sintió el coraje del tiempo. Pasó muy rápido por la posa de William, se zambulló en la posa con todo y ropa y fue directo a la casa. La Evangelina ya tenía el desayuno. Las niñas jugaban en el corredorcito de la casa, salieron hacia él y lo abrazaron. Desayunó y se fue a la mina, convencido de volver las veces que fuera necesario, pues sintió la esperanza de que al fin estaba cerca de la veta.
—Alfonsino, Alfonsino —le dijo Rogelio, sacudiéndolo del hombro.
—¡Ah qué pasó! —contestó Alfonsino.
—Te quedastes dormido.
Alfonsino sonrió en señal de pena.
—¡Sí, verdad!, ¡me quedé un ratito dormido! —dijo mientras bostezaba.
—Te toca bajar al túnel.
Alfonsino subió al palo sujeto a una manila y fue bajado lentamente mientras dos hombres le daban vuelta al malacate. El movimiento se detuvo cuando se escuchó en el fondo:
—¡Ya!
Alfonsino comenzó a cavar en la pared derecha del túnel. Mientras el segundo en el pozo llenaba una cubeta de metal con la broza, en la pared se podía ver el hilo de oro de al menos dos cuartas. Comenzó a imaginar todas las cosas que haría cuando estuviera sacando su propio oro…
Recordó por un momento el día que salió de Matiguás, por los años 1940, rumbo a La Libertad, con la esperanza de encontrar trabajo en las minas de La Esmeralda y obtener riquezas. Por un momento recordó a sus cinco hermanos.
Otilia Duarte se fue a Managua y llegó a ser cocinera de la casa presidencial, trabajando al mando de doña Hop Portocarrero de Somoza.
Rufino Duarte llegó a ser dueño de un comisariato en Matiguás hasta que un día llegaron los ladrones y lo mataron a balazos para robarle; murió al instante.
Calixto Duarte, al mirar el asesinato de su hermano, sintió tanto miedo que se fue a vivir a Managua; con doña Victoria tuvo siete hijos de los cuales recordaba a Consuelo, Victoria, Gladys, Israel, Ramón. Un día desapareció; cuentan que se marchó a San Carlos en busca de negocios.
Ventura Duarte es dueña de un negocio de comida móvil en el Mercado Oriental.
Alfonsino nunca supo más de sus padres; su papá había sido ebanista de los más finos del pueblo, hacía trabajos en la ermita y cobraba con vaquillas.
Alfonsino volvió en sí cuando un pedazo de piedra se desprendió con fuerza y fue a dar directo encima de su ceja. Se tocó y miró sus dedos con sangre, tomó el pañuelo de manta y apretó fuertemente la herida para impedir que saliera más sangre.
En la noche, luego de rezar el Rosario con toda la familia, Alfonsino salió al patio y se sentó en una piedra un poco chata. La Evangelina llegó y compartieron tabaco, melenqueando juntos.
—¿Qué te pasa, Alfonsino? —le dijo la Evangelina.
—¿De qué hablás, Evangelina?
—Te he notado callado últimamente.
—Son ideas tuyas.
—¡Ideay! Si siempre andas hablando de todo, ahora ni cuentos les contás a las chigüinas.
—Pero, Evangelina, si es que ha estado cansado el trabajo.
— Alfonsino, yo te conozco al derecho y al revés; contáme a ver, ¿qué te sucede?
Alfonsino observó el cielo y miró una estrella fugaz desvanecerse en la arboleda de mangas largas y guapinol.
—No sé si contarte, ya ves que vos sos bien fregada
—¡Contáme, hombre! Desahogáte.
—Es que mirá, Evangelina, tengo varios días de estar yendo al trabajo que tengo cerca de la quebrada y desde algunos meses de vez en cuando me sale una luz verde.
—¡Ave María Purísima!
La Evangelina se santiguó y se quedó mirando a los ojos a Alfonsino, pensando en todos los mitos y leyendas que le habían contado sus abuelos en Matagalpa.
—No será, Alfonsino, que algún espíritu de algún indio te está rondando; dicen que en estas tierras había muchos indios y que enterraban con sus muertos ídolos de oro.
—¡No sé, Evangelina, no sé! El otro día anduve donde la «Teresina» y me dijo que no tuviera miedo, que esa luz me iba a llevar derechito a la veta.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó la Evangelina—. Qué no has escuchado al padre en la misa que no hay que andar llegando donde brujos y adivinos, que eso es pecado mortal y es negar la voluntad de Dios.
—¡Hala, mujer! ¡Ves, por eso no te quería contar nada! Vamos a dormirnos mejor, que mañana va a llegar míster Clayton a supervisar el túnel de La Mestiza.
***
La noticia corrió en el pueblo que los bueyeros de don Carlos Morales Alemán tuvieron un accidente en «La subida del burro». Una pichinga de cianuro se derramó y esto ocasionó que las minas de La Esmeralda detuvieran sus labores por dos semanas, hasta la venida del siguiente embarque de cianuro desde Estados Unidos. En ese entonces se hacía el recorrido desde el puerto de Corinto a Granada en locomotora, y desde el puerto de Granada hasta el puerto de San Ubaldo en Acoyapa, haciendo un recorrido de cinco días hasta las minas de La Libertad.
Los trabajadores de la mina recibieron de míster Clayton un salario básico para sobrevivir en las dos semanas.
Alfonsino aprovechó el tiempo libre para ir más seguido a su trabajo de minería.
Continuará la próxima semana…





























