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Ritual En Dos tiempos

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Los encontré en el mismo lugar de siempre: a la sombra y apoyados en la pared de la vetusta casona de los billares. En ese momento estaban hablando de lo mismo de siempre, recuperando por un instante la imagen, el recuerdo de los ausentes.

Son los amigos de mi padre. Les saludo. Sonreímos. Nos da gusto vernos otra vez.

Les acompaño unos minutos, mirando pasar a la gente en la procesión.

Escucho las palabras de costumbre: “¿te acuerdas de…?”, “¿dónde acabó…?”, “¿volverá…?”, “mucha gente…”, “el año pasado…”, “hace tres…”, “cinco…”, “vino más…”, “ya se casó”, “es hijo de los finados”, “le va bien”.

Es la fiesta patronal del Cristo, del pueblo. La plaza tiene una corona de palos, palmas, tablas, lengua de vaca, cartones. El ruedo. Puestos de láminas y trapos.

En las calles hay gente por todos lados, envases vacíos de cerveza, papeles quemados de hiladas, varillas de tajonal de los voladores, más gente y niños. En el aire se pasea, aún sin disiparse, un olor a pólvora y cera. Más gente por aquí y por allá.

Al poco rato, continuando con el ritual de cada año, se dirigirán a una cantina, tomarán unas «frías», platicarán, bromearán, y luego se retirarán a sus casas.

Otro día, otro año, otro siglo…

Desciendo del autobús.

Polvo, hierbas secas y sueltas, bolsas y papeles dan consistencia a un remolino, el ente que baila sobre un solo pie, que erráticamente atraviesa la plaza. Todo el espacio está vacío. La luz del sol de la media tarde cae con fuerza. Por ningún rincón se observa a los vecinos.

A lo lejos se escuchan cacareos de aves de patio, ladridos aislados, girones de música tropical liberados de una radio. Uno que otro pájaro atraviesa la desierta plaza y se posa en la calle por el lado de la sombra que proyectan las viejas viviendas de techos altos. Desde un ventanal del cuartel, formas humanas encuentran qué mirar, descansar su vista de tanta ausencia, llenando su visión con la presencia solitaria.

Me detengo y miro hacia el otro extremo de la plaza. Veo el edificio de la parroquia, cuya cara se ilumina con la sonrisa del sol, pared frontal con su campanario, portón y ventanas, conjunto que delinea un gesto de asombro.

 

Juan José Caamal Canul

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