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Precursores De La Arqueología Maya: John Lloyd Stephens Y Frederick Catherwood

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A principios de los años cuarenta del siglo XIX, John Lloyd Stephens, con la ayuda de Frederick Catherwood – hábil arquitecto y artista que lo acompañaba – produjo cuatro volúmenes descriptivos e ilustrados sobre los vestigios mayas que exploraron y que fueron de la preferencia del público de esa época, que se interesaba en los libros de viajes sobre las antiguas culturas de América. Cubrieron más territorio y examinaron más sitios mayas – 40 en total – que ningún arqueólogo anterior.

John Lloyd Stephens. Retrato realizado por Catherwood.
John Lloyd Stephens. Retrato realizado por Catherwood.

La calidad de su aportación fue de gran relevancia. Aún hoy en día es fuente de consulta sobre temas arqueológicos: ofreció descripciones y medidas exactas de las estructuras, admiró los logros de los antiguos mayas sin caer en especulaciones desmedidas sobre el origen de la cultura, y su estudio siempre estuvo guiado por un meticuloso razonamiento que lo llevó a la conclusión de que la civilización maya era una creación puramente autóctona, refutando con ello las afirmaciones de algunos de sus antecesores de que esta cultura tenía sus orígenes en Asia o en Egipto, en la misteriosa Atlántida, o en las tribus perdidas de Israel.

Stephens escribió varios libros sobre sus viajes y exploraciones: Incidentes de viaje en Egipto, Arabia Pétrea y Tierra Santa (1837), Incidentes de viaje en Grecia, Turquía, Rusia y Polonia (1838), Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán, Vols. 1 y 2 (1841), traducido al español por Justo Sierra O’ Reilly, e Incidentes de viaje en Yucatán, Vols. 1 y 2 (1843).

John Lloyd Stephens (28 de noviembre de 1805 – 13 de octubre de 1852) nació en Shrewsbury, Nueva Jersey. Fue el segundo hijo de un exitoso comerciante de Nueva Jersey. Asistió a escuelas privadas en Nueva York, en las que recibió instrucción sobre los Clásicos; a los 13 años se enroló para estudiar en el Columbia College, graduándose como el mejor de su clase cuatro años después. Posteriormente, estudió Derecho en Litchfield, Connecticut y, después de graduarse, obedeciendo a sus impulsos aventureros, realizó un extenso viaje por el Oeste Norteamericano. A su regreso a Nueva York, abrió un despacho en 67 Wall Street para ejercer la abogacía. Durante los nueve años que ejerció la profesión, también se interesó en la política, participando en el movimiento Jacksoniano de 1828. Pronunció discursos a favor de los demócratas, hasta que enfermó de la garganta. Su médico le aconsejó un viaje por Europa – era costumbre en esa época que los médicos recetaran viajes como tratamiento – que Stephens realizó gustosamente durante dos años, recorriendo no solamente la región acostumbrada por los norteamericanos – Inglaterra, Francia e Italia –, sino que también visitó Grecia, Turquía, Rusia y Polonia. Recorrió el Nilo explorando las pirámides de Egipto. Cruzó el desierto en camello y, vestido a la usanza árabe, llegó a Petra y Palestina. Durante su viaje escribió en extensas notas los pormenores de sus observaciones arqueológicas y anécdotas.

De regreso a Nueva York, trabajó de nuevo como abogado y continuó su participación en la política de su país. Casualmente, y por un comentario en la Editorial Harper’s, se enteró de que los libros más demandados eran los de viajes, por lo que se le ocurrió publicar las experiencias de sus recientes visitas a esas antiguas culturas con tal éxito que le dio a ganar considerable dinero, el cual le serviría en buena parte para financiar sus viajes a Centroamérica y Yucatán. Tenía entonces 32 años de edad.

En las visitas que realizaba a su editorial encontró el folio de Jean-Fréderic Waldeck, quien había explorado los vestigios mayas, despertando su interés por conocer las antiguas culturas mesoamericanas. Leyó las obras de otros exploradores anteriores a él, como Antonio de Río, Dupaix, Zavala, Galindo y Humboldt. Así supo de Palenque por Del Río y Dupaix, de Uxmal por Zavala, y de Copán por Galindo.

En el año de 1836, cuando Stephens había terminado su gira médica por Europa y se preparaba para regresar a Nueva York, conoció a Frederick Catherwood, que era 6 años mayor que él, y desde entonces se hicieron amigos. Platicaron sobre el informe de Antonio del Río, el primer explorador de Palenque, y sobre el reporte de Juan Galindo sobre Copán, acordando hacer un viaje hacia los lugares de los vestigios de la cultura maya en Centroamérica y Yucatán. Quiso el destino reunir a estos dos grandes talentos, uno el teórico, otro el artista, para que se realizara las más importante obra sobre arqueología maya de su tiempo.

Frederick Catherwood, circa 1840.
Frederick Catherwood, circa 1840.

Frederick Catherwood (27 febrero 1799 – 27 Septiembre 1854) nació en Charles Square, un suburbio de Londres. Sus padres disfrutaron de una situación privilegiada, pese a que no pertenecían a la aristocracia. Nathaniel, su padre, era de origen escocés: el apellido Catherwood al parecer se deriva de Calder, nombre de un río cercano a Edimburgo. Su madre, Elizabeth, era de ascendencia irlandesa.

Catherwood había estudiado arquitectura y también, como Stephens, viajó por las antiguas civilizaciones de Grecia y Roma durante tres años, adquiriendo un conocimiento directo sobre las culturas clásicas de la antigüedad. Después viajó por Egipto, en donde realizó dibujos sobre los sitios arqueológicos a lo largo del Nilo. Dejó Londres y se instaló en Nueva York, en donde puso un despacho de Arquitectura en Wall Street y pronto abrió una galería con sus obras de Jerusalén, Tebas y Baalbek.

No se conoce con exactitud cómo era Catherwood. Su único y auténtico autorretrato, inserto en uno de sus lienzos (Panorama de Jerusalén), desapareció desafortunadamente. De Catherwood queda solamente una figura menuda, tomada de su obra “Views of Ancient Monuments in Central America, Chiapas and Yucatan”. Fue amigo de muchas celebridades de su época que no dejaron referencias, si acaso escasas, sobre su personalidad. Stephens lo menciona en sus libros como Mr. Catherwood. En realidad, su desconcertante anonimato se debe en gran medida al mismo personaje cuya modestia pudo haber sido hasta patológica, aunque dentro de este silencio habitaba el gran artista.

Litografía de Frederick Catherwood, Casa del Gobernador en Uxmal, Yucatán.
Litografía de Frederick Catherwood, Casa del Gobernador en Uxmal, Yucatán.
Litografía del libro Incidents of Travel in Central America, Chiapas, and Yucatán realizada por Frederick Catherwood, compañero de viaje de Stephens.
Litografía del libro Incidents of Travel in Central America, Chiapas, and Yucatán realizada por Frederick Catherwood, compañero de viaje de Stephens.


El Arco de Labná, Frederick Catherwood.
El Arco de Labná, Frederick Catherwood.

A principios de octubre de 1839, los dos hombres zarparon de Nueva York en el Mary Ann. Al llegar a Belice, Stephens buscó el medio más rápido para trasladarse a Copán. Navegaron hacia Punta Gorda, luego hacia Livingston, navegaron por el Río Dulce hasta el lago de Izabal, de donde se dirigieron por tierra a Copán, pasando por Chiquimula y Esquipulas, en un viaje lleno de incidentes que aún hoy en día no es fácil de realizar.

Durante el trayecto, Stephens registraba sus experiencias directas en notas detalladas: incidentes de viaje, personajes curiosos y, desde luego, las ruinas. En tanto, Catherwood dibujaba los edificios y templos de los sitios seleccionados por su amigo y compañero de viaje.

Un día de 1839, estos dos intrépidos exploradores subieron los escalones en ruinas de los templos y palacios de la ciudad maya de Copán. Éstos habían sido cubiertos por la selva, y sus orígenes olvidados por los habitantes de la región. Ambos eran los primeros occidentales en valorar lo que ante sí veían, mientras exploraban las inmensas terrazas y palacios que habían sido abandonados misteriosamente siglos atrás. Invadidos por la emoción, examinaron las inscripciones incomprensibles, pasaron sus manos sobre relieves y estucos creados con sorprendente destreza, y exploraron las obscuras habitaciones con ayuda de lámparas de aceite.

Una exuberante vegetación tropical borraba sus rasgos acrecentando su misterio: “Subimos por unos grandes escalones de piedra…” – escribió Stephens – “y llegamos a una terraza. Nuestro guía abría camino con un machete. Abriéndonos paso entre la espesura, encontramos una columna de piedra rectangular, esculpida en relieve muy alto, y por los cuatro costados, de la base a la parte superior. El frente era la figura de un hombre curiosa y ricamente ataviado…la parte posterior tenía otros dibujos, distintos a todo lo que habíamos visto hasta entonces, con los lados cubiertos de jeroglíficos”. Se trataba de una de las famosas estelas que han hecho famoso a Copán.

Al poner manos a la obra en Copán, Stephens observaba: “Era un campo enteramente nuevo: no había manuales ni guías, todo era tierra virgen. No podíamos ver 10 m. adelante y nunca sabíamos con qué toparíamos a continuación. En una ocasión nos detuvimos a cortar las ramas y las lianas que ocultaban el frente de un monumento, para luego cavar alrededor y desenterrar un fragmento que asomaba de la tierra. Me incliné con ansiedad que me cortaba la respiración, mientras los indios trabajaban y desenterraban un ojo, una oreja, un pie o una mano; y cuando el machete resonó contra la piedra cincelada, aparté a los indios y quité la tierra suelta con mis propias manos. La belleza de la escultura, la solemne quietud de la selva, perturbada sólo por el alborozo de los monos y el parloteo de los loros, la desolación de la ciudad, y el misterio que la cubría, todo creó un interés mayor, de ser posible, que el que había sentido hasta entonces entre las ruinas del viejo mundo. (Stephens. Incidents of Travel in Yucatán. 2 vols., 1843)

Uxmal. Frederick Catherwood
Uxmal. Frederick Catherwood

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Más tarde, Stephens y Catherwood exploraron también las ruinas de Palenque, Uxmal, Chichén Itzá, Kabah, Sabacché, Sayil, Labná, Tulum, Izamal, Mayapán, y otras muchas más en Yucatán, que con realismo y prudencia en las interpretaciones documentó John Lloyd Stephens, y con magistral arte dibujó Frederick Catherwood. Su obra se considera la más valiosa aportación del siglo XIX al estudio de la cultura maya.

César Ramón González Rosado

Bibliografía:

  • Robert L. Brunhouse. EN BUSCA DE LOS MAYAS. Los primeros arqueólogos. Fondo de Cultura Económica. 1989.
  • José Alcina Franch. Guillermo Dupaix y los orígenes de la Arqueología en México. Conferencia. Publicaciones UNAM.
  • Las Ciudades Perdidas de los Mayas. Vida, Obra y Descubrimientos de Frederick Catherwood. Texto de Fabio Bourbon. Artes de México
  • Incidentes de viaje en Yucatán, Vols. 1 y 2 (1843) traducido al español por Justo Sierra O’Reilly. Folletos. Biblioteca virtual de Yucatán.
  • John Lloyd Stephens. En busca de los Mayas. Viajes a Yucatán. Traducción de Justo Sierra O’Reilly. Dante. 1984

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