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Gertrudis Tenorio Zavala
Era una tarde del abril serena
y a las orillas de la mar paseaba
gustando de la flor de la ribera
el suavísimo aroma que exhalaba.
Era una tarde en que apacible el viento
jugaba con las olas cristalinas,
y alguna vez en los escollos negros
descansaban las aves peregrinas.
Y mientras ahí entre las negras rocas
formaba el agua misterioso ruido,
y tristes procelarias y gaviotas
exhalaban su tétrico gemido;
Escuché, contemplando la hermosura
que le brinda al mortal naturaleza,
divino cual las flores y la luna,
cánticos dulces de inmortal terneza.
Y allí en la soledad miré a lo lejos,
y una visión cruzaba en el espacio,
y vi una luz al percibir sus ecos
entre nubes de nácar y topacio.
Y oía la voz de un ángel misterioso
sin que apagar pudieran sus cantares,
ni el suave ruido de las secas hojas,
ni el gemido constante de los mares.
Y más hermoso que el primer ensueño
en sus cánticos dulces me decía:
“Elevaré mis votos al Eterno
para que puedas ser dichosa un día.
Si tu destino desgraciado lloras
¡oh tórtola infeliz! Y suspirando
cruzas la tierra, en su fatal congoja
ve la esperanza en el dolor soñando.”
Tan sentidos acentos me trajeron
las auras suaves de la tarde pura,
bellos como la flor del pensamiento,
dulces como la fuente que murmura.
¿Soñaba yo quizás? No que aún resuena
su tierna voz como la voz del cielo;
mas es un ángel que al cruzar la tierra
cubre su faz con misterioso velo.
Abril 28 de 1871.
La Siempreviva. Revista Quincenal. Órgano Oficial de la Sociedad de su Nombre. Bellas Artes, Ilustración, Recreo, Caridad. Mérida, año II, núm. 27, 19 de junio de 1871, pp. 1-2.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























