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José Juan Cervera
Los amores postizos exhiben en su fuego la llama burlona del artificio. Los libros sin alma vagan en el limbo de los placeres nunca invocados.
Las letras acarician los sentidos y encienden la flama de sus artes nobles. Sincronizan los movimientos del cuerpo, exhalando en su vuelo la suavidad del aroma que propaga la flor del universo.
La unión sabia y gozosa de los cuerpos cuaja en armonía vital cuando la palabra explora los veneros del manantial amado.
La expresión literaria y la vida amorosa nutren su esencia sin exigir condecoraciones. Las colma, en justa frugalidad, el disfrute espontáneo del mundo en prueba del tiempo sosegado.
Un buen libro desata la seducción que puede conducir al lecho. La intimidad apetecida escribe páginas memorables en los contornos de su reino.
La fuerza de la costumbre fija ruta en brújula ajena. A su influjo, el encuentro íntimo y la invocación de la palabra postulan el lastimoso ardid de sacar a flote despojos de naufragios interiores.
Los libros y la vida amorosa aumentan su calidad intrínseca cuando rehúyen la aridez del camino, labrando el espíritu del arte en los detalles de la forma.
La literatura erótica presidirá una comunión de letras cuando los lechos se instalen victoriosos entre los anaqueles de una biblioteca.
Como en la calidez suprema que acoge sus retozos, Eros anida en páginas que destilan la gracia de su fragante plenitud.
La palabra es tan precaria como la pluma que ciñe sus fulgores, como el acto amoroso que oscila en el recuerdo.




























