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Hilda y Makech

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Colonia Yucatán

Yo nací en Mérida, mi mamá se enfermó y, como no había quien la atienda, me trajeron. Estaba yo en tercer año de primaria cuando vine y me quedé, no volví a ir, me pescó este jejeje, dice Hilda, volteando la mirada y señalando a su esposo de toda la vida. En la Colonia nos casó el padre Andrés Lizama Ruiz en febrero de 1960, y desde que me casé no volví a la Colonia, aquí en la Sierra me quedé.

Yo vine en el ’47, nos trajo mi papá. Cuando vinimos todo estaba muy bonito, era pacífico, no se vendía aguardiente, estaba prohibido. Medina Vidiella era muy estricto. Eso es lo que hace falta acá ahora; ese señor era un chingón. Los directores tenían que seguirlo, cuando él venía traía su látigo, era muy estricto. Don Enrique Vales aquí la hizo también.

Así, de manera clara y fluida recuerdan Hilda María Corona Hernández y Jorge Aurelio Berzunza Rodríguez (“El Makech”) su vida en Colonia Yucatán, en amena charla una fresca tarde en su casa de la Sierra, de donde, dicen, no saldrán.

Recuerdo que nos fueron a buscar a X-pech (comunidad situada cerca de Tizimín) y como a las tres de la mañana llegamos acá, dice Hilda. Cuando me quité de ahí dije: ‘Siquiera vamos a dormir bien,’ porque en X-pech nos levantaban a las cuatro de la mañana a extender el almidón. Cuando nos fueron a buscar para venir acá dije: ‘Qué bueno, vamos a descansar un poco. ¡¡Quééééé, había un santo frío!! Más temprano nos levantábamos , comenta la hija de Asunción Corona Kim, el maistro Corona (+), nacido en Citincabchen, del municipio de Chapab de las Flores, de padres coreanos, y María de la Cruz Hernández Pérez, oriunda de León de los Aldama , Guanajuato.

Yo trabajé de chavito como mandadero en la casa de doña Rosita, dice Jorge, interviniendo en la plática. A las 4 de la mañana iba yo a buscar carne; si no ibas temprano (la vendía don Mauro Alcocer, el papá de Litos), a las seis de la mañana ya no había nada, igual con el que atendía el molino, porque tenía que chambear en el aserradero. No solo ahí trabajaba, tenía que llevarnos a la escuela de la Colonia, ahí donde estaba la casa del Ingeniero. Cerca de la iglesia había como seis cuartitos donde daban clase. Yo estudié hasta el 4º grado, no había más, y me “entregaron” al maistro el “Negro” Paredes. Mi mamá fue a hablar con él al taller; así era la costumbre: te “entregaban”. Al principio no nos pagaban nada porque estábamos aprendiendo, trabajaba de seis a seis, hasta que se implantó las ocho horas con la nueva ley. Muchos prosperaron con la nueva ley porque hacían extras y así… Como dos años no gané ni un peso, vendía yo pozole, panuchos y leña para tener unos centavos. 30 rajas un peso, que ahora son 50 pesos; limpiaba zapatos los sábados… Era una vida buena, comenta el papá del difunto Chico, mientras su esposa escucha atenta y mueve la cabeza, reafirmando lo que dice el Makech. Buena vida, humildes pero felices. Ahora todavía existe un poco de respeto: ve mis cosas, así amanecen, mis herramientas, la bicicleta; hay respeto todavía, solo cuando llegan extraños por acá desparecen algunas cosas… Jejejeeee.

Entrada a la Colonia Yucatán, fundada a inicios de los años 40 del siglo pasado por el Ingeniero Alfredo Medina Vidiella.

Años atrás sorprendieron a una persona que robó la soguilla de la cocinera, lo llevaron a Tizimín y lo sentenciaron: “¡No vuelvas a la Sierra!”

Yo trabajaba primer y segundo turnos en la secadora, retoma la plática la hermana de Rubén. Cuando no había trabajo, nos llevaban a las ensambladoras. Inés Salas (+), Yolanda Medina, Tachi Couoh, Lupita Arce eran mis compañeras en la fábrica, entrabamos a la una y salíamos a las nueve, nos daban media hora para comer, recuerda la eterna vecina de la Sierra.

A veces nos tocaba de jefe el “Pirata” -Nicolás González, el papá del Pato- y don Fernando Torres. Un día estaba acarreando chapa de caoba y esta Inés no me avisó, no se dio cuenta, y me botó el fardo que traía y me caí. Me lesioné: un mes estuve sin trabajar ya que no tenían fuerza mis pies; Inés no se fijó, fue un accidente.

Otro incidente que recuerdo me sucedió cuando trabajaba en la secadora, muy feo. Fue cuando se amputó la mano aquel que le decían el “Mutz” Adalio Montero. Como él me acompañaba a mi casa, era muy amigo mío. Esa noche, era como las nueve; estaba yo trabajando cuando me mandaron una caja de zapatos. ‘Ahí te mandan esto’ me dijeron; cuando lo abrí, vi la mano negra ensangrentada, con un anillo… ¡Uayy! ¡Qué susto me pegué! Era la mano de mi amigo Adalio. Esa noche no pude dormir. Vivíamos frente a la casa de “Tapón” (Miguel Tello (+)).

L.C.C. ARIEL LÓPEZ TEJERO

vicentelote63@gmail.com

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