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Editorial: ¿Bienestar para Todos?

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En los cotidianos eventos políticos, plenos de escenografía y textos alusivos, los funcionarios de los diversos niveles ejecutivos nos pregonan la idea de que cada acción gubernamental va orientada a elevar el bienestar de las familias y la sociedad.

El bienestar, o sea, estar bien es, sin embargo, una meta lejana para una población plagada de carencias y necesidades, requerimiento de servicios urgentes, atenciones aún insuficientes, esperanzas frustradas y situación económica crítica de la que tenemos muestras periodísticas eventuales en las notas de familias sin techo, carentes de agua y servicios de energía, transporte y ayudas oficiales para salir adelante.

La voluntad de los gobiernos – pensando de buena fe – es mucha, pero las acciones que disponen no resuelven problemas genéricos aunque a veces, excepcionalmente, mitigan situaciones de una u otra familia.

Los contrastes entre la población depauperada y aquella de niveles económicos elevados a la “n” potencia son abismales. Cada vez se ven más rostros y vestuarios en las páginas de revistas sociales impresas a colores y otras revistas intrascendentes a las que han sido afectos, desde siempre, los apellidos ilustres.

Fuera de esta pequeña zona privilegiada con ingresos y servicios, bienes, educación, modernidad, convive la gran mayoría de yucatecos que continúa a la expectativa de que ese prometido bienestar llegue hasta ellos, no únicamente en el machacón mensaje diario de los políticos y los medios de comunicación a su servicio, sino a través de obras y acciones trascendentes que mejoren y alegren la vida de los abandonados habitantes de municipios humildes, cinturones de miseria urbanos, y de los peregrinos aún sin techo, paracaidistas ambulantes.

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Las asociaciones civiles constituidas por almas cristianas generosas que gestionan redondeos en centros comerciales, o que reciben recursos a través de los eventos de caridad que llevan a cabo, no realizan sus acciones por lo general con recursos propios, sino con los que recaban del gobierno y particulares. Hay excepciones, desde luego.

Algo ocurre, pero no se ha hallado hasta ahora la ruta para llegar a un bienestar popular basado en la justicia social, no en dádivas ocasionales. Un bienestar duradero.

Más que declaraciones, elevar la calidad de vida de nuestros conciudadanos requiere de reflexión, capacidad de entender un pasado y trazar un camino viable al porvenir.

Declaraciones y buenos deseos no han faltado nunca, pero estos son tiempos de realidades, no de simples palabras.

El bienestar social es una exigencia. Entiéndase.

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