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Cuando Llegaron Las Visitas

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Cuando Llegaron Las Visitas

-Hanal pixán

Era el día de difuntos.

Pisita me dijo: “Ve a casa de doña Conchita y compras cuatro hojas de plátano, de las tiernas, que sean grandes y que no estén rotas.”

La vecina cortó del platanar las hojas que aún escurrían gotas brillantes de rocío mañanero. Pagué tres pesos. Cuando regresé, mi madre había mandado traer ya la masa, el achiote, la carne de puerco y de gallina, el xpelón, la manteca, y todas las demás cosas que se requieren para hacer los pibes. El kóol ya se estaba cociendo.

“¡Qué bueno que volviste pronto!” dijo ella. “La hoja de plátano es lo único que me faltaba para preparar los mucbipollos. Pronto llegarán las visitas. Ayúdame a poner la mesa. A las dos debemos estar listos para comer con ellos.”

Siguiendo sus indicaciones, puse un mantel que la abuela había tejido. Aunque era muy anciana, le había vuelto la vista y nunca perdió su habilidad para tejer hermosas prendas.

“Ahora que chichí venga de visita a la casa en este día,” continuó Pisita mientras preparaba los pibes, “seguramente le dará mucho gusto ver su preciosa obra engalanando la mesa.”

Las latas con los mucbipollos fueron colocadas en un gran hoyo en la tierra con leña encendida y piedras calcinadas para su cocimiento, cubiertas con hojas y pitas de henequén y tierra encima para conservar el calor. Así, después de tres horas, fueron sacadas.

El altar lucía adornado con flores de x’kanlol, con papel de china recortado en figurillas, y objetos de barro pintados de colores. Algunas antiguas fotografías de los parientes difuntos y cosas que les habían pertenecido evocaban el tiempo que les tocó vivir. Los pibes y las otras viandas fueron colocados al pie de la ofrenda.

Los incensarios emanaban sueños, las velas encendidas parpadeaban fantasmas en la penumbra de la ofrenda. Rezamos el rosario: “Que Dios los saque de penas y los lleve a descansar, amén,” repetíamos en coro para el perdón de los pecados de las ánimas del purgatorio.

Se colocaron sillas alrededor de la mesa para recibir a las visitas.

Pisita me dijo: “Espera en la puerta, tú vas a recibir a los abuelos, y a la tía Felipa que viene con ellos.”

La tía Felipa fue persona muy querida de toda la familia. Trabajaba como comadrona en el pueblo; cobraba por los partos doce pesos por niña, y quince si era niño, pero a sus sobrinas las atendía sin cobrarles un centavo. Así que cuando nacimos mis hermanos y yo, no se le pagó dinero alguno.

A las dos de la tarde llegó el tatarabuelo don Tomás, que había sido coronel del ejército yucateco cuando la Guerra de Castas. Dicen que encabezó la defensa del pueblo contra varios ataques de los insurgentes mayas y otras hazañas militares. Vestía uniforme de la época, lucía sus medallas en el pecho, portaba una gran espada y una pistola antigua. En el pueblo aún es considerado un héroe, junto con los otros quince oficiales de la guarnición militar de entonces, y en su homenaje hay un obelisco con sus nombres enfrente de la iglesia.

Poco después llegaron Don Nicanor y doña Benigna, los bisabuelos, que fueran patrones de una próspera hacienda ganadera llamada Dzitox, cercana al pueblo, en la que también se producía maíz, caña de azúcar y miel.  Él vestía de pantalón y filipina blancos, y también blanco sombrero de palma fina. Ella, un vestido negro y largo, con adornos, muy elegante, como las damas antiguas que vestían a la moda europea. Al poco rato, Don Bibiano y Remigita, los abuelos, llegaron acompañados del tío Beto y de la tía Felipa.

Avisé a mi madre que habían llegado las visitas, mencionando sus nombres y describiendo sus atuendos.

“¿Y cómo sabes tú quién es quién, acaso los conoces?” preguntó Pisita.

“Sí,” respondí, “por las fotografías que cuelgan en las paredes de la sala. Chichí un día me dijo quién era cada uno de ellos. También me contó sus historias.”

El bisabuelo Nicanor me preguntó: “¿Cómo te llamas? Ya son tantos mis bisnietos que no me acuerdo de sus nombres,” comentó.

“Soy Ramón,” respondí.

Me acarició la cabeza, revolviéndome el pelo con su mano, pero no la sentí.

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Muy hacendosa, mi madre sirvió los mucbipollos, las horchatas, el tanchucuá, los pibinales, el atole nuevo, el pan de elote y otras deliciosas comidas, propias del día, a toda la familia. Las visitas comían, pero no lo hacían: los dedos de sus manos blancas se fundían con los objetos al tocarlos, se inclinaban sobre las viandas y aspiraban los olores. De vez en cuando sus pálidos rostros nos miraban y luego se miraban entre ellos, como si platicaran algo de nosotros.

Pisita recordó con alegría los gratos años de su niñez que pasó en Dzitox con sus abuelos y sus padres. También a sus amigas, las niñas de la hacienda, compañeras de sus juegos infantiles. Así, habló de las cosas buenas de todos ellos quienes, al sentirse recordados, sonreían con beneplácito.

Después de un tiempo, la comida llegó a su fin. Vino la despedida. Amorosos, nos abrazaron como si una neblina nos envolviera. Me atreví a preguntar si volverían para el “bix.

Les dije adiós con la mano, y sus figuras se disolvieron en la media luz del atardecer.

“¡Los familiares se han marchado! ¡Miren los platos y los vasos! ¡Comieron bien, bebieron bien y se fueron contentos!” dije con alegría y tristeza a la vez.

Estupefactos, todos miraron: Los mucbipollos habían reducido su tamaño, de las horchatas y del atole nuevo quedaba tan sólo el agua, de los pibinales los bacales, las jícamas estaban enjutas, las copas de xtabentún vacías…

Entonces Pisita exclamó emocionada, con los ojos llenos de lágrimas: “¡Nuestros familiares difuntos han disfrutado ‘la esencia’ de las viandas!”

César Ramón González Rosado

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