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Cruces, cruces y solo algunos lloros

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CRUCES, CRUCES Y SOLO ALGUNOS LLOROS

Tanto decir “Esa es tu cruz, cárgala”, le tiene asqueado. Cada mañana, Jorge da gracias por seguir vivo. Reza las fórmulas mágicas que le enseñaron en el seminario, y su fervor puede arrancarle lágrimas.

Lee la prensa mientras toma un rico y nutriente desayuno, para acabar con el café sin azúcar. Su fe le reafirma lo correcto del camino elegido. No. Él no había elegido el camino, se sabía un instrumento.

“El párroco fue inteligente”, piensa: la confesión es frente a frente, con el sacerdote en una cabina de vidrio que no permite escapar los sonidos, las pláticas, la maraña de pecados, las culpas y las reprimendas.

Los días siempre son diferentes, a veces atroces, a veces peor; desde que se pone la estola, sabe que su fe tendrá que mantenerse poderosa para poder escuchar. “No somos sicólogos, y todo lo que te dicen, lo tienes que tragar solo”. Nunca se estará preparado para esto, no hay forma.

Alguna niña no le contó a su madre que reprobó las materias. Alguien siempre le esculca los bolsillos a su esposo cuando está borracho –“¿Es robo eso, padre?” –. Aquella chica ha sido violada constantemente por su abuelo. El hermano de esa otra violó a una vecina con síndrome de Down y ella fue testigo. Ese niño odia a su madre, no soporta verla, “ella se acuesta con cualquier tipo con tal de que le inviten un trago, tengo deseos de matarla”. “Me masturbé, padre”. “Él dice que por el ano es mejor, y solo así hemos hecho el amor, soy una virgen que lleva casada tres años”. “Tuve que robar, padre, mis jefes me tenían ahorcado con las deudas y sus malos tratos; no fue mucho, apenas para pagar colegiaturas y deudas”. “Me gusta mucho el esposo de mi hermana”. “Creo que, borracha, hice el amor con mi primo, despertamos desnudos, pero no recuerdo nada”. “Odio a mi anciana madre, quisiera que ya muriera, es un estorbo, siento que lo es, me desespera”. “Otra vez engañé a mi esposa”. “Me gusta mucho mi sobrina, me excito cuando la veo y no logro evitarlo, estoy seguro que ella se viste para mí, para que yo la vea, ni siquiera es mayor de edad”. “Quiero quemar la iglesia, padre, tengo miedo, el diablo es quien me habla por las noches, se mete a mi cuerpo, creo que soy la esposa del diablo, pero tengo que ser varón como quieren mis padres”.

A las doce del día despide a los que siguen en la fila y se quita la estola; lleno de reflexiones, sube a la casa cural para tomar el almuerzo; mira un poco la tele mientras espera que la comida se enfríe; se lava las manos, cambia los ornamentos y da gracias por la comida; descorcha una botella de vino tinto…y trata de olvidarlo todo.

Adán Echeverría

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