Cilo y el Cinema Lido, presencia que rememoramos y ausencia que imaginamos

By on febrero 15, 2019

Vista panorámica. Plaza principal. (Tekantó, 1987)

Vista panorámica. Plaza principal. (Tekantó, 1987)

Juan José Caamal Canul

Desde el balcón-marquesina del Cinema Lido, el espectro de Cilo contempla el devenir de los tiempos. Levantas la mirada y ahí lo ves. Más que ver, lo imaginas con el respaldo del taburete recostado en la pared.

El muro asciende y luce las tres figuras geométricas a modo de decoración del frontis, un rombo en medio y a los lados dos figuras circulares concéntricas; cada uno de tres aros, cada una conteniendo la menor.

Desde las cuatro suena la música guapachosa, cumbanchera, ranchera, bachatera, en el local del Cinema. Hay –existen todas– muchas posibilidades de que haya función de cine. Puede ser también que a las siete de la noche el local cierre las puertas y la frustración sea general, unánime, de amplitudes e implicaciones comunitarias.

Pero ahí está él, Cilo, fiel cumplidor de sus horarios y trabajo. Es el proyeccionista del cine. El encargado del local del cinema. Pega y quita los carteles de películas que anhelamos mirar y quizá nunca veremos. Acude a la estación de trenes a por los rollos de películas que llegan de la capital. Barre incansablemente las cáscaras de semillas de calabaza y cacahuates –golosinas y distracción universal de este pueblo– en el patio de butacas. Vende, acotado por las tablas talladas y cristales esmerilados –cilindro hexagonal– de la taquilla, boletos para la única función de la noche de sábado.

El espejo de marco dorado preside el vestíbulo del cine. Espejo en el que se duplicaba el recibidor, y se atisbaban fragmentos como de otro espejo: la calle, la plaza, el pueblo entero. Plantados ante el espejo, nos permitía imaginar que había otro pueblo inverso, que la vida se prolongaba a su propio ritmo o contenía la vida que se reflejaba, o que nosotros éramos el reflejo del espejo de la vida, sin saber qué entreveíamos de este o de aquel lado. Espejo que era cinturón y embudo –acceso– a la subjetividad de acá o de allá. La luna profunda del espejo que amplificaba las posibilidades de la vida que trascurría o estaba por hacerlo y donde quizá aún podíamos atisbar el paso de los que ya no estaban. Tal vez hallaríamos una tarde a los abuelos y las abuelas, a nuestros padres, a nuestros amigos; hallaríamos el mundo que un día encontramos en el despertar de nuestra vida. Un espejo como nunca habíamos visto, que nos toleraba y permitía soñar.

También en el foyer estaba el retrato, en blanco y negro, ya amarillento por los soles intensos que se colaban de la calle, con el ojo avizor, el dueño de recio bigote, como acechando también el paso de todas las personas al interior del cine.

A Cilo, los sucesivos arrendatarios del cine le emplean.

La música en el tiempo llega a nuestros oídos y levantamos la mirada. Ahí vemos a Cilo, o eso nos parece.

Pero también Cilo habrá de preguntarse qué espera ese muchacho sentado desde las primeras horas de la tarde en la banca de cemento con recubrimiento verde imitación granito y contra su espalda en bajo relieve la leyenda: Tienda El Gallito. Familia Reyes.

¿Qué puede esperar? ¿Cuál es el interés de estar mirando hacia acá?

Pasa horas en la alameda, paseo con andadores en doble fila con bancas –casuarinas por un extremo y lluvia de oro por el otro– en la cual se miraba el mar, el profundo mar de penumbras de la plaza, un contenedor de tinieblas que un día fue iluminado y adquirió la dimensión de pecera, porque pareció todavía más pequeña que la que siempre guardamos en los recuerdos. En la memoria de esos años permaneció como una represa de oscuridades.

El muchacho, mientras tanto, asciende con la imaginación la escalera. Sube sigilosamente, cuidando que sus alpargatas, o sus sandalias de hule, no resuenen ni rechinen en los escalones. Mantiene la mirada fija en el descanso final de la escalera, como esperando el momento en que se asome el encargado, que Cilo escuche quién rasga y perturba los sonidos vespertinos y, por su parte, que el muchacho vislumbre la cara del encargado y éste lo despida.

Sube, llega a la planta alta y mira un viejo florero adosado a la pared y al piso, que ahora cumple la labor de depósito donde se apilan cientos de carteles empolvados y tiras, decenas de metros de tiras, de cortes de película. Toma uno con la mano y los va pasando cuadro por cuadro, veinticuatro cuadros para un solo gesto, o donde intuye alguno, ahora palabra silente o ahogada en la imagen.

Vista parcial de la plaza, del paseo y del Cinema Lido. (Tekantó, 1987.)

Vista parcial de la plaza, del paseo y del Cinema Lido. (Tekantó, 1987)

Se detiene a mirar y pone en práctica aquel dicho, para no perderse en la emoción de mirar los fotogramas, para también mirar la luz que deja pasar la hoja de la puerta que da al balcón-marquesina, por si se distorsiona o perturba con alguna leve sombra, la que imagina y ahora recuerda del encargado, que escucha las melodías del tocadiscos y mira los cuatro rumbos de la plaza o quizá duerme en este momento.

Pero Cilo antes miró el desfile de hormigas y el motivo de tanta actividad en el ángulo que hacen la pared y el piso del balcón: llevan entre muchas un insecto, un chimes, pero se han pasado mucho tiempo y no hallan la manera de trasportarlo verticalmente, empresa irracional si se quiere. En un primer momento es el augurio de que lloverá, pero la intensidad del azul del cielo y la inexistencia de un solo girón de nube le dicta lo contrario. Quién sabe mañana.

Sin embargo, las hormigas están concentradas en levantar y siguen sin cesar. Llegará la noche y él se irá. Las hormigas continuarán en un ejercicio de relevos. Mañana y lo que sea –¿El tiempo de las hormigas? – hasta lograr quizá el fin en su labor; porque es parte de su carácter y su sino, el tiempo por lo tanto juega su parte y el insecto comenzará desprenderse, a fragmentarse, y entonces el trabajo será más fácil. Esto solo puede hacerse con la intervención y colaboración del factor tiempo, que nos favorece o nos perjudica dada las particulares circunstancias.

El muchacho sigue mirando cuadro por cuadro y decide llevar alguno. Pero están las serpentinas de película enredadas y majadas por kilos de carteles y más carteles. Extraerlo necesariamente va a producir algún rumor, algún ruido extraño del acostumbrado al oído del encargado en cualquier otra tarde plácida. Al enrollar piensa que quizá ese pedazo no tiene fin, que es un pedazo de cinta interminable.

Mientras enrolla lo más rápido posible, piensa también que le gustaría alguna noche subir para mirar alguna película desde la planta alta. Desde aquí se vería distinto el patio de butacas, lo sabe porque los ha visto desde la oscuridad: aquí solo suben los hijos de la dueña, ponen sus sillas de tijera y miran, cenan, beben refrescos, y en algún momento de la proyección abandonan sus lugares, bajan a la calle, suben, miran. No están sujetos a sus sillas por el precio de sus entradas, boletos intransmisibles.

El cinema no tiene dulcería. Ni lo tendrá: enfrente del cinema, bajo la mirada velada de tezontle, piedra volcánica oscura, de Felipe Carrillo Puerto, hay algunos vecinos vendiendo bolsas de semillas de calabaza, pepitas y cacahuates, pastillas de goma de mascar, chicle celofán, naranjas dulces, golosinas. Entonces solo antes del inicio de la función tendrá la oportunidad de adquirir y acceder con alguna bolsa de cacahuates.

Mira que las butacas de madera ahora son menos que hace algunos años. Butacas que fortalecen el abucheo cuando se corta alguna película, cuando se suspende la proyección, mediante chiflidos y golpes a los respaldos y asientos, escandalera que acabará tan pronto y tan rápido se reanude la proyección de la película.

La gran sala de exhibición es más oscura y calurosa de noche. Cuando alguna vez –muy pocas veces– hubo funciones de matinée, la luz del día se filtraba por los cientos de resquicios de los cientos de agujeros de las paredes de láminas galvanizadas que se reflejaban en el cielo raso de tela; flores de humedad con corazones luminosos, porque las láminas del techo están picadas, dejan al patio de butacas con una luz blanquecina, como ese instante entre la oscuridad de la madrugada y la salida del sol, funciones en los cuales nunca iba a cuajar la oscuridad para una mejor proyección.

El muchacho imagina que baja de las escaleras, que Cilo sigue en el balcón y no sabe que está siendo imaginada su presencia.

Sale del Cinema, se detiene ante la entrada, toca el marco de la puerta. Ante él se abren una sala de fiestas, un bar restaurante, una fonda, el lote baldío, las desvencijadas puertas. Solo queda el frontis. Sabe que ya que no vio muchas películas anunciadas en los cuadros, que ahora yacen en el fondo del macetero, que tantos recortes de película representan menos butacas. En cambio, mira otro filme, el del futuro donde habrá que rememorar, imaginar, todo de nuevo, y no siempre de la manera más fidedigna.

En Mérida, 13 de febrero de 2019.

 

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