Una voz desde mi corazón

By on mayo 26, 2016

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Para Liliana, que me escucha con los ojos y me lee con el corazón

En el año de 1979 mi madre me envió por vez primera a esperar el hielo. Muchos años después el abuelo, hastiado por la espera impaciente, decidió comprar el refrigerador.

Los refrigeradores eran artículos de lujo, tal como para esos años lo eran la televisión en blanco y negro y las consolas. Fueron parte del mobiliario de las casas con posibilidades, como las salas, los comedores, las estufas con horno y no digamos el antecomedor.

Al regresar de la escuela, asentaba mi sabucán con libros y libretas, mi madre me entregaba otro sabucán, tres pesos y me enviaba a la estación de trenes. Esperábamos a que el camión de redilas, que trasportaba el hielo desde Izamal, se detuviera y nos entregara el bloque sólido de agua congelada.

El camión hacía un amplio recorrido por el pueblo, deteniéndose en las esquinas acostumbradas: el Cabo, la Estación, Santa Rosa, Salsipuedes, la plaza. Dependiendo de la economía y necesidades de cada persona, despachaban un octavo, un cuarto, media marqueta y una marqueta en los hogares, los puestos de comida, las refresquerías y las cantinas.

Cuando alguien no alcanzaba al camión en el Cabo, realizaba un largo periplo por el pueblo a ver dónde lo visualizaba y alcanzaba, impulsado por el agobio y la desesperación del calor

“Se fue a Santa Rosa”

“Está por Salsipuedes”

Todos veían al camión, excepto los que lo buscaban.

Desorientados y fatigados por el movimiento continuo del camión repartidor, optaban por retornar de nuevo a la salida del pueblo, a esperar y guardar, con estoicismo y voluntad, menguadas esperanzas de poder alcanzar algún pedazo.

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Casi todos los años, en los meses de altas temperaturas, en verano nos juntábamos hasta sesenta personas en la estación. Ahí los adultos conversaban a la sombra de los aleros de láminas carcomidas de la estación de trenes, los muchachos corrían o jugaban en los andenes, o se armaban los torneos de beisbol en La Placita.

“El tonelero” lanzaba hacia arriba la bola con la mano derecha y, con la palma de la mano izquierda, la golpeaba con fuerza, siempre buscando esa tierra de nadie, ese espacio descuidado con o sin receptor, pero sin cubrir debidamente, buscando el “hueco” para hacer un jonrón, batear un hit o mandar la pelota de hilo de cáñamo más allá de la albarrada o la mata de anona.

Otros, los más pequeños, se la pasaban saltando o corriendo con juegos acordes a sus ímpetus. Recuerdo que en esa época las paredes de la estación de trenes estaban cubiertas de grafitis, escritura con letra menuda y pequeña donde se podían leer los sobrenombres antiguos, nuevos y futuros, y las biografías públicas y privadas del vecindario.

Había días en que el sol era intenso. La luz que se proyectaba y rodeaba nuestra sombra era roja, y en el ambiente flotaba una liviana neblina azulada: el humo de las quemas. Se sentía el aroma de la vegetación montuna chamuscada. Eran esos días de quemas, parte de un sistema ancestral para la preparación del terreno cultivable.

Entonces el abuelo acudía y me relevaba: “Anda a comer, ve a hacer tu tarea”, me indicaba. Retornaba a la casa y el abuelo, armándose de férrea paciencia, esperaba algunas horas más.

Siempre surgían bromas entre los adultos, personas serias y graves casi todas, quizá por la dureza agreste con que habían vivido. Alguien venía y decía: “Hoy no habrá hielo. Se quemó la fábrica y todo el hielo.”

Cuando llegaba el camión del hielo se formaba a toda prisa la interminable columna de cabezas oscuras, algunas con cachuchas y otros con sombreros; algunos sabían el lugar que les correspondía, y no faltaba quien sacara de la fila a los más pequeños. Entre los adultos siempre se daban incipientes combates verbales para aclarar si se estaba antes o después de. Tampoco faltaban los organizadores espontáneos. Nunca se extrañaron las discusiones inútiles, o el infaltable público, divirtiéndose a expensas de los desesperados al sol casi líquido que se vertía sobre nosotros a esas horas de la tarde.

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En la cama del camión estaba las marquetas estibadas, cubiertas con lona. Uno de los dos operarios las deslizaba con unas pinzas oscuras de acero y con un punzón cromado, picando siempre en medio, a lo largo o a lo ancho, desprendía bloques más pequeños. Entregabas el dinero y a cambio te otorgaban el pedazo que te correspondía. A unos se los depositaban directamente en el interior del sabucán. A otros en el pavimento, para amarrarlo con soga y transportarlo. Recuerdo, por la impresión que me causaban, las manos de aquel que nos entregaba el hielo: callosas, toda la mano era un callo enorme. Recuerdo también que los vehículos eran paulatinamente invadidos por la herrumbre. “Las sales”, me decían, “carcomen el metal.”

En 1983 cursaba el segundo año de secundaria. Mi padre le comentó a mi madre que para las vacaciones me enviaría a casa de mis padrinos en Mérida, para que me colocaran en algún trabajo, comercio o residencia, de mozo o diligenciero, que era hora de que yo empezara a conocer lo que era el trabajo y a ganarme algunos pesos para mi gastada.

Aun cuando en la casa hacía los mandados, desyerbaba, barría con el chilibmis las hojas de los árboles, daba agua a las mulas, cerraba los gallineros, cambiaba la manguera, abría, retrancaba y cerraba la veleta, regaba el jardín o el espacio de los sembrados y las macetas – siempre me referí a ese espacio frente a la casa como jardín, como los abuelos nos decían, pero tenía algunos vecinos que se carcajeaban y burlaban que a ese minúsculo espacio de seis metros cuadrados lo llamásemos jardín, ¿por qué no? El mundo cabe en la palma de la mano, o la vida puede ser un pañuelo.

Mi padre, para reforzar sus palabras, argumentaba que no podía llevarme a su trabajo, porque era una labor peligrosa. Estaba a cargo de un potrero. Había que entrar al zacatal por pasto, soltar a las reses por la mañana, e irlas a buscar para encerrarlas por la tarde. Cuando se perdía alguna, rastrearla o andar por los lugares que frecuentaban, o poner atención para escuchar el cencerro o, si era un ternero, escuchar sus mugidos tristes y lastimeros e ir por él o ellos. Todo esto en la más remota profundidad del monte, donde había serpientes, tábanos, moscos. Si me acontecía algo, ¿qué explicación o cómo se justificaría ante mamá? Además, él era empleado, por lo que el patrón no daría ni a él ni a mí un peso más. Al contrario, si pudiera nos cobraría por dejarme trabajar en su propiedad.

Mamá comentó la decisión de mi padre y la fecha para tal suceso: el domingo 26 de junio, cuando vinieran los padrinos al cumpleaños de mi hermana. Volvería a la casa a finales de agosto, el 21, poco antes de la fiesta del pueblo y del reinicio del curso escolar.

En el rostro de mi madre se asomaban la angustia, la infelicidad y una profunda tristeza: no soportaba la idea de dejarme ir. Conforme al rol que le había asignado su condición civil, la vida y ante la autoridad de mi padre, no se opuso, ni se rebeló. En su mente, en su corazón, la desesperación sembraba las dagas de la inconfundible pena. Tal como somos la etnia maya, tenemos pensamientos fatalistas, pensamos en lo peor, aunque las cosas siempre sean diferentes y resulten mejor de las esperadas.

Meses antes el abuelo, en marzo de ese mismo año, tomó la decisión, relevante para él y para la familia, de comprar un “frigorífico”, como él le llamaba. Para ello viajó a mediados de mayo a Mérida, se paseó por las principales casas comerciales del centro y consideró que el modelo y el color del aparato de línea blanca que le gustó estaba en una empresa llamada Casa Juanes. Pagó en efectivo y fijó la fecha para llevárselo: el 26 de junio. Entonces comisionó a mi padre a que encontrara el medio, y pactara un flete para ir a recogerlo y traerlo hasta la casa.

¿Qué había empujado al abuelo a tomar aquella decisión? Simplemente ya no tenía el humor para seguir padeciendo las largas esperas en la estación, y solo hasta que llegara el hielo beberse, según fuera, su jícara de refresco de cola, su limonada o su avena con trozos de hielo. La jícara así era metáfora del océano, del Atlántico Norte, donde vagan silentes y peligrosos los témpanos de hielo.

Además, observaba que mi abuela y mi madre se esforzaban por siempre tener y retener al máximo un pedazo de hielo para que hubiera agua fresca, conservar alimentos, tener a una temperatura agradable los postres – atropellado, flanes, gelatinas, cremitas, nance, ciricote, guayaba, etc. – que elaboraban concienzudamente alguna tarde.

Cuando llegaba el hielo, mamá preparaba granizados. Nunca entenderían lo que significó en mi calle, en mi rumbo, la posesión de un cepillo para raspar el hielo, para elaborar granizados.

En la casa había árboles frutales – zapotes, mamey, naranja, tamarindos, mangos –; abuela y mamá, diligentes como eran, elaboraban los jarabes. Los vecinos podían comprar hielo, pero en la casa se les ofertaba granizados. En ese tiempo no se disponía de vasos de plástico, pero sí de bolsitas; en ellas se servían los granizados.

En el pueblo casi no había refrigeradores, pero sí neveras de madera revestidas en su interior con lámina galvanizada y un tubo de cobre soldado que hacía de desagüe. La tapa tenía bisagras y un tirador para abrir y cerrar la puerta. Estos artículos tenían poca demanda. Los vecinos más humildes, para conservar su preciado hielo, lo envolvían con pitas de hilo de henequén.

Mamá hizo que mi padre le comprara una. La carpintería donde lo hicieron ya no existe. El maestro era una persona ingeniosa y creativa. Hacía burros de planchar, mariconas de madera, baúles para guardar ropa, cunas y corrales para los bebés, ¿Donde residía el ingenio? Todos sus trabajos tenían un sistema para plegarlos y hacerlos prácticos, para que no ocuparan mucho espacio. En lo personal, me parece que estaba adelantado al tiempo que le tocó vivir. El problema de estas neveras era que el hielo se comía el metal y la madera. Tenían poca durabilidad.

Todo esto empujó a mi abuelo a tomar la decisión.

Abuelo regresaba de misa con un comal en la mano que le encargó la abuela. Lo sostenía con un pedazo de periódico, pues el metal estaba engrasado para evitar que se oxidara. De lejos observé que venía como trastabillando. Me acerqué a él y me extendió el comal. Me dijo dos veces “sostén esto.” El tono de su voz era de impaciencia. Tomé el comal y le tomé del brazo. Entonces sentí y vi que sudaba copiosamente, el sudor le había empapado toda la camisa. “Me siento mal”, dijo.

Entramos a la casa y como pudo se acostó en la hamaca. Abuela le vio y se espantó. Le dijo a mamá, y con ella salieron a buscar al único doctor del pueblo. “Vamos a aventurar, quizá aún no se haya ido”, comentó mi madre. El facultativo fue a la casa, le auscultó, y dijo que el ritmo del corazón era irregular, que temía lo peor, que le pudiera dar un infarto. Si había posibilidades, era mejor llevárselo a Mérida.

Abuela salió despavorida a la calle llamando a gritos a mi tía: “Norbertaaaa, tu padre se muereeeeee”, quizá esperando que su voz llegara antes que ella. La tía visitaba a una comadre en una casa cercana.

En ese momento Papá entró con otros señores con el refrigerador a cuestas. Yo me encontraba cerca de una de las ventanas, mirando la tonalidad de la luz solar, las copas de los árboles que eran movidas por el viento, una bandada de pájaros que atravesaba mi campo visual. La vida seguía igual, menos en casa, algo amenazaba con detenerse y cambiar el curso de nuestras vidas.

No sabiendo bien qué hacer, me puse a llorar: porque ir a Mérida no iba a ser posible, porque el abuelo se debatía entre la vida y la muerte, porque mi hermana lloraba por que el almuerzo del cumpleaños ya era historia, por la ilusión inútil del refrigerador que quedó abandonado en medio del cuarto, y por el aire denso de tristeza y angustia que lo invadía todo.

En el vehículo donde trajeron el refrigerador subieron al abuelo; se lo llevarían a Mérida. En esos preparativos estaban cuando un amigo del abuelo se acercó, saludó a todos y le dijo: “Te vas a Mérida sin despedirte. Buen viaje, amigo. Vuelve pronto.” Todos nos quedamos petrificados.

Los abuelos cada tarde acudían a conversar con unos vecinos. Los señores, ya mayores de edad, atendían una de las pocas tiendas del rumbo. Las personas de las estancias cercanas acudían a abastecerse de mercancías. Todo era fiado. La señora llevaba varias libretas de pasta dura donde apuntaba lo que cada familia adquiría. A la siguiente semana liquidaban y generaban otro crédito. Para cerrar la cuenta semanal, los clientes pedían sus sidras, un octavo de galletas, o una bolsa de charritos y un peso de chile jalapeño, que consumían a pie de mostrador, conversando sabrosamente con doña Rosa o don Raúl.

Los señores abrían la tienda anexa a su domicilio a las tres de la tarde, poco antes de que pasara uno de los dos trenes, porque a esa hora acudían algunos vecinos a consumir una gaseosa de cola bien helada.

Abuelo iba a las cinco y, cuando cerraba la tienda a las seis, pasaba al frente de la casa a continuar con la plática, hasta las siete u ocho de la noche. Abuela casi se llevaba de regreso a casa al abuelo a regaños: “Ya vámonos, que los señores tienen que dormir. Nosotros también tenemos que dormir. Este señor casi no habla, pero cuando lo hace no hay quien lo pare.”

El abuelo empezaba otro tema y don Raúl le seguía el hilo de la conversación ¿De qué hablaban? Abuelo y don Raúl tenían la misma edad, ochenta y cinco años; quizá de ochenta años de recuerdos, vivencias y personas que cruzaron trasversalmente épocas y situaciones diversas. Por eso cuando don Raúl abrió el postigo de la puerta y vio que mi abuelo era trepado al vehículo, se puso la camisa, tomó su bastón y salió sin avisar, a despedirse de su mejor amigo.

Abuelo vivió algunos años más, gozó de su refrigerador, sus aguas de sabor y refrescos helados.

Pero hay dos cosas que no se me borran nunca de ese día y los que siguieron. Las sueño, o las recuerdo cada vez con mayor insistencia.

Al salir de la casa, dirigió su mirada hasta mi madre en el único lugar donde podía estar en esa hora: en la cocina. La luz de las tres de la tarde que entraba por la ventana le iluminaba el rostro y Abuelo, en el umbral de la puerta a contraluz, le decía: “Hija, te quedas en tu casa.”

La otra es su voz, el Abuelo me nombraba con su voz imperativa. Escuchaba con total nitidez su voz que me convocaba. Yo desyerbaba, cerraba la veleta, cambiaba la manguera de un árbol a otro, cerraba los gallineros, cuidaba de la veleta, cerraba el corral de las mulas y de algún lado, de la espesura de las arboles, por el estanque, por el corral, por la vieja cocina, escuchaba su voz. Su presencia estaba en todas partes de la casa y del terreno, pero la voz provenía de un lugar más profundo y misterioso: mi corazón.

Juan José Caamal Canul

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