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Relatos de Navidad

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Natívita_1

José Juan Cervera

Los ciclos que rigen el crecimiento interior suelen ser menos perceptibles que los del calendario, inscritos en su inminencia categórica. Pero éste algunas veces sopla propicio para conducir a puerto acogedor fragmentos de un mundo afectivo que se insinúa en tenues soplos, como embarcaciones que tímidas se adentran en mar abierto. Así, las cartas de navegación valen lo mismo que la voz persuasiva de los mayores, pulida en la narración que evoca tiempos míticos empalmados en sucesos históricos.

Hay intervalos que concentran una inflexión caudalosa, marcas de Cronos, engranajes de una atmósfera que cobra nitidez al circundar el umbral de una fecha plena de significados, recia, ensanchadora de límites y portadora de esencias, engarzada en surcos que afinan canales receptivos.

Refiere Andrés Henestrosa en su libro Los hombres que dispersó la danza (1929), el cual constituye un recuento y una reinvención de tradiciones zapotecas que en diciembre –mes que acoge la sagrada atmósfera de Natívita (apropiación lingüística con que los lugareños nombran a la Navidad) – los niños escuchan atentamente, una serie de adaptaciones de pasajes bíblicos que asimila la cultura local, convirtiendo a los personajes de esa obra milenaria en protagonistas de su universo mágico, y éste ensaya nuevos prodigios en las mentes infantiles, nutriéndolas para crear con profusión e imaginar con gozo los múltiples afluentes y desembocaduras en que fluyen  relatos primigenios.

No es de extrañar entonces que Henestrosa afirme en otra sección de su libro: “Las fábulas indígenas, misteriosas y sutiles, se maridaron con los apólogos y los enxiemplos castellanos, y fue como si el río de la imaginación ibérica se vaciara en el río de la imaginación zapoteca. Y mezcladas sus aguas, sus arenas y sus astros, no se puede ahora separarlas, y también porque tienen curso subterráneo.” Y entonces los niños de su tierra oyen decir a los adultos que Jesucristo visitó estos rumbos, y por ello el Niño Dios es una presencia unificadora; quienes desarrollan esta sabiduría aseguran que la lengua nativa enmarcó las palabras del Salvador, pronunciándolas cuando convivió con los vecinos del lugar.

Noche de dones y misterios la del 24 de diciembre, que conjuga figuras sobrenaturales y vivencias extraordinarias que sólo el olvido impide reconstruir. Acaso lo más admirable de este contexto sea la descripción del papel regenerador de los relatos tradicionales que fecundan la capacidad infantil de proyectar nuevas historias, para vivirlas y compartirlas traducidas en tentaciones que habitan los mares, en floraciones prodigiosas, o bien en la encarnación de poderes elementales que remueven las piezas combinatorias de un paisaje exuberante de colores entretejidos bajo los rayos del sol y disipados entre los velos nocturnos.

Muy cerca de finalizar el año acaece el retorno del Niño Dios en los caminos de Oaxaca. Puede sentirse en el espíritu de la palabra que une a las familias y enlaza a la comunidad en el afán de narrar sucesos ejemplares y producir nuevas historias.

 

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