Recuerdos de Mi Infancia (XXIII) – Mis Inicios Con La Pluma y El Tintero, y Mi Afición Por La Lectura

By on septiembre 14, 2016

Recuerdos_portada

Recuerdos de Mi Infancia: 1935 – 1938

Hopelchén y Dzibalchén, Campeche

Mérida, Yucatán, México

CAPÍTULO 23

MIS INICIOS CON LA PLUMA Y EL TINTERO, Y MI AFICIÓN POR LA LECTURA

En la “Casa-Escuela” de Hopelchén cursé hasta el segundo año de la primaria. Así que cuando llegué a Dzibalchén, durante la última temporada que estuve allí antes de pasar a residir a la ciudad de Mérida, de inmediato los tíos José del Carmen Barrera Lara y María Concepción Baqueiro Lara me inscribieron en la escuela de ese lugar, a fin de que no pasase mi tiempo como un ocioso.

Aunque en aquellos tiempos no existían boletas de calificaciones ni certificados comprobatorios, al menos en los pueblos, como los que ahora existen, mi ingreso lo hice al tercer grado de la primaria. Era simplemente la palabra de los padres, o de los representantes en su caso, lo que se respetaba. Naturalmente, más adelante también influían los conocimientos que el propio alumno hubiese asimilado.

Afortunadamente, mis conocimientos eran bastante amplios y firmes, y en aquel grado me sostuve hasta el término del curso. No deseaba causarles una desilusión a los tíos José del Carmen y María Concepción, que tanto me querían, y sabía portarme como un buen estudiante en mi nueva escuela, una escuela que era un poco más reducida que la de Hopelchén, pero con la que bien pronto me encariñé, porque en ella comenzó una nueva fase en mis estudios.

Fue allí donde me inicié con la pluma y el tintero, porque eso era lo que se utilizaba en mis tiempos de estudiante de primaria, tiempos en que todavía no llegaban al pueblo las ventajas de las plumas fuentes con depósito cargable, ni mucho menos se soñaba con las actuales y fabulosas plumas atómicas, de cartuchos recargables. Era el palillo y el tintero lo que se cargaba a la escuela; aquel palillo que se tenía que estar introduciendo dentro de los tinteros después de cada tres o cuatro palabras, a lo máximo; aquel palillo que no tenía mucho que envidiarle a las plumas de ave con que escribían nuestros antepasados, y que solo se diferenciaba de ellas en que su construcción era de madera en lo que hacía el mango, y de metal lo que hacía la plumilla, pero de un metal tan fino y delgado que eran muchas y muchas las plumillas que habrían de quedar inutilizadas, al abrirse el corte que llevaban en la punta, antes de que alguien pudiese decir que ya había aprendido a escribir a tinta. Fue en esa forma como comencé a darme vuelo con el palillo y el tintero.

Fue en ese grado escolar en que me aficioné a la lectura. La biblioteca de la escuela contaba con muchos libros de cuentos a los que tenía acceso y me gustaba mucho leerlos; adoraba la lectura. Podía pasarme horas y horas leyendo sin que notase el paso del tiempo. Muchas veces prefería la compañía de un libro a la compañía de alguno de los tantos amigos que allí tenía.

[Continuará la próxima semana…]

Raúl Emiliano Lara Baqueiro

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