Popol Vuh (XXIX)

By on noviembre 22, 2018

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XXIX

Entonces de la boca del sapo salió abundante saliva, y entre ella se escurrió el piojo. Los muchachos dijeron al bicho que se deslizaba sobre una laja:

–Explica tú, si puedes, lo que hay de cierto.

El piojo, deteniéndose, balbuceó:

–La abuela me dijo: anda y di a los muchachos, que ahora se divierten en la Plaza del Juego, que han venido unos mensajeros de Xibalbá, los cuales dijeron que dentro de siete días deben ir a jugar con Hun Camé y Vucub Camé.

–¿Es verdad lo que dices?

–Es verdad lo que digo y no digo más porque eso es todo. La abuela os lo confirmará.

Entonces Hunahpú e Ixbalanqué abandonaron el lugar y partieron de prisa. Desolados, cruzaron el monte para ganar camino. Cuando llegaron a su casa, dijeron a la abuela que impaciente les esperaba junto al fogón de la cocina:

–Un piojo nos dio tu mandado; por eso hemos venido. Iremos donde están los señores de Xibalbá. Pero antes de partir sembraremos una caña en el centro de nuestra casa. Si al cabo de un tiempo ves que sus tallos se marchitan, será señal de que hemos muerto, pero si reverdece y retoña, entenderás que vivimos. Este es el signo de nuestra palabra; no lo olvides y haz también que lo tenga presente nuestra madre. Es justo que así sea.

Sin tardanza, hicieron en el centro de la casa un hoyo y en él sembraron una caña recia que tenía varias hojas amarillas y moradas.

Después de hacer lo anterior –sin despedirse de la abuela ni de la madre, por no causarles pena–, partieron rumbo a Xibalbá.

Tomaron el camino grande. Sobre sus cabezas volaban, en círculos, bandadas de pájaros. Más adelante cruzaron un río, y enseguida otro. Después de días y de noches, llegaron a un lugar donde la senda, inclinándose, entró por la hendidura de una piedra gigantesca, blanquecina y áspera. El camino siguió por debajo de la tierra. Caminando así, entre las tinieblas húmedas de un túnel, llegaron frente a una barranca. La cruzaron pisando sobre un puente de troncos de plátanos y continuaron por un lugar llano, iluminado gracias a la luz de unos cocuyos. Así llegaron a un lago de aguas quietas y negras como pizarra. Sobre unos bejucos entretejidos navegaron batiendo el agua con los pies, sin sufrir daño ni contratiempo.

Al llegar a la orilla opuesta, siguieron caminando hasta que tropezaron con una selva. Caminaron junto a ella sin cruzarla, hasta que llegaron a un lugar en que cuatro sendas se cruzaban en una ancha plaza tenebrosa, se apartaban luego de otras y por rumbos opuestos. Allí se detuvieron.

Una como música que no sabían de dónde provenía llenaba el espacio. Azorados, y al mismo tiempo valerosos, permanecieron quietos en aquel lugar. Se creyeron perdidos. No sabían qué hacer.

Poco a poco fueron recuperando el gobierno de sus sentidos; sus ojos vieron mejor en medio de aquella oscuridad y descubrieron que una senda era roja, otra negra, otra blanca y otra amarilla. Se quedaron indecisos frente a esta diversidad de colores, sin entender su significado. Estaban contemplándolos, discurriendo acerca de su misterio, cuando oyeron una voz que dijo:

–Soy el camino de los señores.

La voz había partido del camino que ellos sabían. Entonces, sin esperar más, siguieron la ruta que se abría delante de ellos. caminaron por ella aturdidos por las voces que se oían en el viento. Iban tan absortos que ni siquiera se dieron cuenta de que caminaban de prisa hacia el lugar de su destino. Así llegaron frente a las puertas de Xibalbá.

Entonces enviaron una avispa para que observara lo que allí sucedía, tanto en la tierra como entre sus gentes. Antes de soltarla le dijeron:

–Anda, entra y mira lo que allí existe, y pica a los señores que encuentres, porque desde ahora para ti será la sangre de los hombres. Pícalos, porque la sangre será tu único alimento.

La avispa movió las alas y se fue volando. Siguió una senda y se alejó hasta perderse en la oscuridad y en Xibalbá. Sus gentes estaban reunidas en Consejo. Todas parecían interesadas en algo grave. Hablaban unas y manoteaban otras. La avispa se adelantó hacia ellas; sin ser vista ni sentida por nadie, buscó a los señores principales, a quienes reconoció por la cimera de plumas que llevaban en la cabeza, y tras ellos se escurrió. Cuando los vio más entretenidos en la discusión que sostenían, empezó a picarles con un pelo de la pierna de Hunahpú. Primero picó a Hun Camé. Este dio un grito.

–¿Qué te sucede, Hun Camé, quién te picó? –preguntó Vucub Camé.

–No sé, solo oí un ruido de alas detrás de mí –contestó el aludido.

En seguida gritó, a su vez, Vucub Camé.

–¿Qué tienes, Vucub Camé, quien te pico? –le preguntaron los señores que estaban cerca de él.

Después gritó Xiquiripa. Vucub Camé le preguntó:

–¿También a ti te picaron, Xiquiripa?

Luego, uno tras otro, gritaron los demás señores que allí estaban. Los gritos fueron tan agudos que se oyeron en toda la rueda de la plaza. La avispa les picó para que cada uno de dichos señores, al ser preguntado, fuera diciendo su nombre.

Cuando la avispa hubo oído los nombres que se dicen, volvió rauda al lado de Hunahpú e Ixbalanqué que la esperaban. La avispa les informó de lo que había hecho, oído y visto.

Entonces los hermanos fueron acercándose al pueblo de Xibalbá. Conociendo ya los nombres de las gentes, se sintieron con más seguridad y confianza. Así penetraron por sus primeras callejas y veredas. Franquearon los umbrales del centro y avanzaron.

Al pasar por las huertas que bordean las casas principales, encontraron unos muñecos de madera, los cuales estaban adornados como si fueran gente de carne y hueso. Parecía que se burlaban dejando ver sus dientes hechos con granos de maíz amarillo. No los saludaron ni les hicieron reverencia alguna, porque sabían que no eran sino figuras de engaño para provocar la curiosidad de los que pasaban. Avanzaron más y delante de las nuevas gentes que encontraron, dijeron:

–Salud, Hun Camé; Salud, Vucub Camé; Salud, Xiquiripa.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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