Popol Vuh (XXIV)

By on octubre 18, 2018

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XXIV

Habiendo referido la muerte de Vucub Caquix y la de sus hijos Zipacná y Capracán, es bueno que se hable ahora del oficio que ejercían los gemelos. Así se hará en las páginas siguientes de esta crónica.

Después que hicieron lo que se ha referido, Hunahpú e Ixbalanqué pensaron que estaban obligados a mantener y a acrecentar su fama delante de Ixquic y de Ixmucané. Toda la noche discutieron sobre los planes que habrían de desarrollar en adelante. Cuando amaneció y las tortolitas dejaron oír su canto lastimero, vieron que era bueno cultivar la milpa que estaba cerca de la casa.  Con esta idea se acercaron a la viejecita y le dijeron:

–No estés triste, abuela; has de saber que nosotros sembraremos el solar que heredaste y que con lo que produzca te alimentaremos regaladamente. En tu presencia haremos nuestros juegos para que te diviertas al lado de Ixquic y tengas regocijo, y las horas de la tarde se te hagan cortas. De esta manera no echarás de menos a nuestros hermanos desaparecidos.

La abuela oyó en silencio estas palabras y, con dolor oculto, en voz baja les contestó:

–Sea así si esto es cierto y ésta es la voluntad de mis nietos.

Ixquic también dijo:

–Haced lo que deseáis, si es justo.

–Así lo haremos, porque así nos lo dicta nuestro corazón –contestaron los gemelos.

Entonces Hunahpú e Ixbalanqué se dispusieron a ir al campo. Tomaron sus hachas y sus azadas. Sobre el hombro llevaron sus cerbatanas.

A tiempo de salir dijeron a la abuela.

–Cuando veas que es mediodía, prepara nuestra comida, ponla en una jícara, junta algunas tortillas y tráenoslas al solar donde te estaremos esperando. Bajo la sombra de algún árbol comeremos.

La abuela compungida, sin levantar los ojos del suelo, contestó:

–Cumpliré vuestro mandato. Como queréis, al mediodía os llevaré la comida.

Y así los hermanos salieron al campo para labrar la tierra. En ella hicieron surcos y sembraron maíz, frijol, chayote y legumbres. Después cortaron ramas, bejucos, lianas y troncos. Removieron las trozas y las ataron para llevarlas a la casa. Con los troncos hicieron piras y con los bejucos hatos. En estos trajines estaban cuando vieron que una tórtola trepaba por los árboles y que con el pico hacía un nido en las partes más altas. La llamaron y le dijeron:

–Sube todavía más arriba y vigila. Cuando veas venir a la viejecita que ya conoces grita para que sepamos que se acerca. Así estaremos prevenidos. Tú sabes por qué queremos esto.

La tórtola, estirando la cabeza, contestó:

–No tengáis cuidado, sabré cumplir vuestro encargo.

Y los dos hermanos, confiados en el aviso que les daría la tórtola, abandonaron la labranza y se dedicaron a cazar pájaros.

Los cazaban con sus cerbatanas. Tenían que aguzar mucho la puntería porque había polvo. En efecto, el viento del sur cruzaba aquel lugar en ráfagas intermitentes, arrastrando briznas del suelo y rastrojos de las eras.

Cuando más entretenidos estaban en estos ejercicios, oyeron los gritos de la tórtola. Presurosos, recogieron sus azadas y simularon que trabajaban la tierra. Así, sudorosos y fatigados los encontró la viejecita. Con mimos le hicieron ver que estaban cansados y fatigados por el trabajo agrícola que sin interrupción habían hecho desde la mañana. La viejecita, en silencio, dejó sobre una laja la comida que había preparado. Los muchachos, en cuclillas, se pusieron a comer, llenos de gozo. La viejecita permaneció sin decir palabra, como si una pena profunda la agobiara. Tenía los ojos enjutos.

Cuando terminaron de comer y bebieron sorbos de agua con miel, la viejecita recogió el lec y el calabazo y regresó a su casa. Los gemelos tiraron al suelo las migajas que sobraron, a fin de que comieran los pájaros. Al verse solos, reanudaron el juego de la caza.

Al caer la tarde recogieron sus instrumentos de labranza. Cruzaron el monte en el instante en que se hundía el sol tras el lomerío y los luceros se prendían en el cielo. Al llegar a la casa dejaron sus instrumentos en un rincón, se sentaron en sus butacas, estiraron las piernas y los brazos, bostezaron con ruido y se restregaron los ojos. Luego, sin razón, para ello dijeron:

–De veras que estamos cansados.

–Entonces debéis estar quietos –les dijo la abuela.

Quedaron largo rato sin hablar, sumidos en somnolencia; luego, ya anocheciendo, se acercaron al fogón de la cocina, atizaron las brasas y soplaron la ceniza. Inundaron por un momento la oscuridad con multitud de chispas que estallaban en el aire y se apagaban pronto.

Afuera, tras las albarradas, se oían los alaridos y los gruñidos de los animales que corrían por el campo y rondaban la casa. Entre las sombras volaban murciélagos y vencejos. Parecían que estaban pendientes de un hilo y que se mecían sin cesar en la sombra. Se detenían a veces en las vigas de la casa y en las hamaqueras.

Con la cabeza apoyada en las manos, los gemelos se fueron quedando dormidos.

Cerca de ellos, sobre estera de algodón, dormían también la abuela y la madre.

El viento soplaba entre las rendijas de los carrizos de la casa. La noche se hizo completa. Todo quedó inmóvil. El viento y la sombra y el murmullo de los árboles y los ecos parecía que se habían aquietado.

}Al día siguiente, antes de que amaneciera, los gemelos se levantaron y volvieron a salir rumbo a la milpa. Sobre el hombro llevaban sus instrumentos de labranza.

Ermilo Abreu Gómez

Continuará la próxima semana…

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